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'Contra el rebaño digital' de Jaron Lanier

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Todavía se me dibuja una sonrisa en los labios cuando recuerdo aquella escena de El dormilón. Cuando Woody Allen, tras descubrir que se ha pasado doscientos años durmiendo, suspira y explica apesadumbrado que, de haberse pasado todo ese tiempo yendo a terapia, ahora ya casi estaría curado. Casi.

Y es que estamos condenados a arrostrar todos nuestros líos mentales de por vida, por mucho que acudamos al terapeuta o al confesor. Y si logramos arreglar uno de esos líos (sea lo que sea lo que signifique eso), entonces generaremos otros nudos, como al intentar desenredar el cable de unos auriculares que han permanecido demasiados días dentro de nuestro macuto.

Con el advenimiento de la tecnología, enseguida saltaron a la palestra las voces agoreras que defenestran cualquier novedad (los mismos que, disfrazados de luditas, tiraban piedras a los telares mecánicos; los mismos que creían que el horno microondas producía cáncer). Dijeron que las nuevas tecnologías de la comunicación nos convertirían en seres alienados, apáticos y autistas. Aún me estoy riendo.

Y es que las nuevas tecnologías han demostrado en un tiempo récord justo lo contrario: ahora nos comunicamos más con los demás, también quedamos más en persona con los demás, e incluso los mundos alternativos como los de Second Life o World of Warcraft se han revelado como estupendos terapeutas para arreglar nudos mentales.

Pero una cosa es una cosa y otras cosas es otra cosa. Es decir, las nuevas tecnologías son el despiporre. Estamos inmersos en una revolución sociocultural de la que no entenderemos las cósmicas consecuencias hasta pasadas algunas décadas, o siglos. Pronto dejaremos de ser Homo Sapiens para ser Homo Super Sapiens. Y sin embargo…

Y sin embargo no deberíamos dejarnos llevar por un optimismo excesivo. Sin ánimo de parecer el pitufo gruñón o el pelmazo de toda fiesta, tal vez las nuevas tecnologías tengan unos efectos secundarios nocivos que las primeras voces no supieron diagnosticar y las voces entusiastas subsiguientes están eclipsando con una falacia lógica imparable: si criticas de cualquier forma un ordenador, Internet o un bit, eres un neoludita o un analfabeto digital.

Pero no todo es blanco o negro. En las nuevas tecnologías hay una infinita gama de grises, valga el topicazo. Y el tipo que lo afirma, el autor del presente libro, Contra el rebaño digital, no es precisamente un ludita. Jaron Lanier es experto en informática, músico, artista gráfico y autor. Una de las cien personalidades más influyentes del mundo en 2011 según la revista Time, es muy conocido en el campo de la informática por sus trabajos sobre la realidad virtual (expresión acuñada por él), que le valieron el galardón al Lifetime Career del IEEE en 2009. En un artículo en la revista Wired se le define como “la primera figura de la tecnología que ha logrado el estrellato en la cultura contemporánea". Ha trabajado tanto en entornos académicos, sobre todo en relación con Internet2, como en el sector privado, participando en la creación de empresas que acabaron compradas por Oracle, Adobe y Google. Obtuvo un doctorado Honoris Causa del Instituto de Tecnología de New Jersey en 2006. En la actualidad trabaja en Microsoft en proyectos aún secretos. La Enciclopedia Británica le ha incluido en la lista de los trescientos inventores más importantes de la historia.

Con este currículo os podéis imaginar que Contra el rebaño expone una serie de argumentos muy convincentes sobre los peligros que entrañan las nuevas tecnologías. Un libro de obligada lectura para los que sean adictos a Internet y a lo digital, que se viene a sumar a otro reciente e igualmente bien documentado (e incluso más) titulado Superficiales, de Nicholas Carr, que también reseñé hace poco.

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