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‘El fin de la fe’ de Sam Harris: religión, terror y el futuro de la razón

‘El fin de la fe’ de Sam Harris: religión, terror y el futuro de la razón
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A mi juicio, existen dos clases de críticas literarias. La que se fundan en cuestiones técnicas, en valoraciones más o menos estandarizadas sobre lo que es el ritmo o la belleza de un texto. Y las que se basan en lo que simplemente ha causado en nuestras entrañas la lectura del libro.

Lo que ha causado en mis entrañas El fin de la fe del filósofo y doctor en neurociencias Sam Harris es un cataclismo. De modo que soy incapaz de dedicar espacio a la aparente prosa sencilla y asequible de Harris o en su extraordinaria capacidad para apuntalar justo la objeción que te viene a la mente tras leer uno de sus incendiaros párrafos.

Sólo puedo hablar de este libro desde la fe. Una fe que en nada se parece a la fe religiosa. Pero que, como ésta, nace de un punto de vista subjetivo, sentimental, personal. El fin de la fe es uno de los libros más bellos, bien explicados y fundamentados y más necesarios que he tenido la oportunidad de leer en mucho tiempo (a pesar de que esta edición contiene no pocas erratas tipográficas, una pena).

No importa si tienes fe en las cosas que Harris critica salvajemente, no importa que rindas culto a Jesús, a Baal o a Zeus. Seas o no un racionalista, ateo, creyente o agnóstico (a juicio de Harris, la peor lacra social que pueda existir en la discusión sobre la religión). Lo cierto es que El fin de la fe demuestra de una forma tan apodíctica lo peligrosas y absurdas que son las religiones organizadas (y lo poco que merecen nuestro respeto sus seguidores), que a cualquier lector le parecerá que está leyendo la Biblia.

Estoy convencido que hasta el lector que no esté de acuerdo con Harris, no podrá obviar la fuerza de su análisis. No en vano, en un país tan religioso como EEUU, donde el presidente no puede llegar a tal si se declara ateo, este libro recibió el prestigioso premio PEN/Martha Albrand de ensayo en el año 2005.

Haced la prueba. No es necesario que leáis la obra entera. Basta con las primeras 30 páginas. Sólo 30 páginas son suficientes para que yo admita que Harris construye una argumentación que está entre lo mejor que he leído en mucho tiempo sobre lo que son las creencias, por qué la religión es peligrosa o la razón de que sea perjudicial para todos que sigamos considerando respetable que alguien se declare abiertamente creyente o agnóstico. Como resume excelentemente otro gran autor, Christopher Hitchens, en una sola frase: “Lo que puede ser afirmado sin pruebas, también puede ser descartado sin pruebas” (recemos para que miles de millones de nosotros estemos de acuerdo con él).

Esas 30 primeras páginas de El fin de la fe son de una simplicidad y una coherencia tal que recuerdan a una operación matemática por fin bien resuelta. El 90 % de la población mundial sería incapaz de contradecir las palabras de Harris: es decir, esa gran mayoría que no ha dedicado varios años de su vida a estudiar diversas disciplinas (de letras y de ciencias) para justificar su fe, qué es Dios o los entresijos de los textos neotestamentarios.

Dicho de un modo más brusco: Sam Harris tiene razón, los indocumentados de este mundo (la gran mayoría), no.

Pero si después de superar la prueba de las 30 páginas os atrevéis a zambulliros a pulmón libre en el resto del libro, entonces descubriréis que Harris no se contenta con tener razón. Quiere explicar detalladamente por qué la tiene. Para ello se pone a analizar los fundamentos neurológicos acerca de cómo se construyen las creencias y cuán fácil es que seamos incoherentes con nuestro propio sistema de creencias. Aquí Harris ni siquiera opina, sólo expone lo que están demostrando sistemáticamente todos los científicos del planeta.

Pero Harris no sólo es un experto en neurociencia, también se graduó en Filosofía en la Universidad de Stanford y ha dedicado más de 20 años a investigar las tradiciones religiosas tanto de Oriente como de Occidente. Así que os podéis imaginar que el resto del libro tampoco deja títere con cabeza desde el punto de vista de las disciplinas humanistas. incluso ofreciendo análisis políticos que dejan en ridículo las tesis de Chosmky acerca de los motivos del terrorismo musulmán en tierra americana.

Por si fuera poco, en la parte final de esta edición, el autor recoge las mejores preguntas y objeciones que recibió a raíz de la publicación de la primera edición del libro, dedicándose a contestarlas una a una (aunque, claro está, obviando las preguntas más ultrajantemente estúpidas).

Recordad. 30 páginas. Y ya no podréis dejar de leer.

Según la agencia Gallup, el 35 por ciento de los norteamericanos cree que la Biblia es la palabra literal e infalible del Creador del Universo. Un 48 por ciento cree que es la palabra “inspirada” por Dios, igualmente infalible, aunque algunos de sus pasajes deban interpretarse de forma simbólica para que su verdad se haga pública. Sólo el 17 por ciento dudamos de que existiera una personificación de Dios que, en su infinita sabiduría, se molestó en redactar este texto, o que, ya puestos, crease la Tierra con sus 250.000 especies de escarabajos. Un 46 por ciento de los norteamericanos dan por válida una visión literal de la creación (el 40 por ciento creen que Dios ha guiado la creación a lo largo de millones de años). Esto significa que hay 120 millones de personas que sitúan en Big Bang unos 2.500 años después de que babilonios y sumerios aprendieran a fermentar la cerveza. Si aceptamos las encuestas, casi 230 millones de americanos creen que un libro que no evidencia unidad de estilo o coherencia interna alguna fue escrito por una deidad omnisciente, omnipotente y omnipresente. Seguramente, una encuesta entre los hindúes, musulmanes o judíos del mundo arrojaría resultados similares, revelándonos que nuestros mitos nos han intoxicado a medida que crecíamos como especie.

Editorial Paradigma (2007)
416 págs.
EAN 9788493604813

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