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'El Rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres'

'El Rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres'
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Déjenme decirles los dos puntos fuertes de mi debilidad por la editorial Impedimenta. Primero, la selección de obras: pequeñas delicatessen poco difundidas de autores consagrados, hallazgos no divulgados en lengua castellana y, también, alguna que otra rareza de las letras. Segundo, el cuidado diseño de sus colecciones que logra que sus libros, al margen de su calidad literaria, sean bellos como objetos. Ambos aspectos, por supuesto, se cumplen en el presente título que inaugura ‘El panteón portátil de Impedimenta’.

La primera noticia que tuve de este libro fue hace unos meses; en ella sólo se daba cuenta de su preparación, pero el título y la temática fueron más que suficientes para despertar mi curiosidad. El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres. Con este título, cómo no va a llamar la atención, como no va a ser tentador. Una selección de textos (variopintos en estilo, carácter y época) sobre la creación de vida artificial a manos del hombre. El ser humano creador y Creador. En la mitología griega, Prometeo fue quien robó el fuego a los dioses y, en consecuencia, fue castigado; como introductor del fuego entre los seres humanos e inventor del sacrifico, se lo considera protector de la civilización. En psicoanálisis, el complejo de Prometeo hace referencia a la búsqueda perpetua del conocimiento.

La obra se organiza en cuatro apartados, cada uno de los cuales está compuesto por cuatro o cinco fragmentos extraídos de otras obras y que comparten un mismo espíritu.

Comencemos por el principio. El interés por la criatura mecánica surge con fuerza de las ideas filosóficas de los siglos XVII y XVIII. Durante la Ilustración, Dios es visto como el Gran Relojero que ha puesto en marcha el mecanismo de la Creación. Si el universo es comparado con un módulo mecánico, ¿por qué no también los seres vivos? Durante esta época los autómatas son fruto del avance en el conocimiento de las ciencias naturales.

Así, en Las máquinas filosóficas o A la felicidad por la mecánica partimos de la polémica (censurada en su momento) visión de Descartes sobre el cuerpo humano y la definición de “androide” en la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, a uno de los primeros y más famosos autómatas: El Pato de Vaucanson. Años atrás Vaucanson había inventado El Flautista (un pastor de tamaño natural que tocaba la flauta y el tambor), que Voltaire y de La Mettrie habían rebautizado como ‘Rival de Prometeo’. Según el folleto que lo anunciaba, El Pato de cobre podía comer, beber, graznar, chapotear y digerir de la misma manera que lo haría un pato vivo. Desgraciadamente, la trampa sobre esta última acción fue descubierta por un mago en la Exposición Universal de París de 1844. Junto al invento, nos queda la irónica sentencia de Voltaire: Si no fuera por el pato cagón, ¡nadie recordaría la gloria de Francia!

El segundo apartado se dedica en exclusiva a un autómata todavía más popular que El Pato: El Turco o El hombre que siempre ganaba. Inventado por Wolfgang von Kempelen, El Turco era una figura de madera, adornada al modo oriental, que jugaba al ajedrez como un auténtico maestro. Originalmente se construyó como divertimento para la emperatriz María Teresa de Viena, pero su éxito se extendió en el tiempo y pasó de país a país. Jugó y venció a Benjamin Franklin, a Philidor (el ajedrecista más famoso del XVIII) y al mismísimo Napoleón. El desafío que implicaba El Turco no era ya la imitación de un ser humano, sino la generación de pensamiento. Muchos escribieron sobre su veracidad (como el artículo de E. A. Poe que aquí se incluye) y muchos más aprovecharon la inspiración para sus cuentos (como Ambrose Bierce). Como ocurrió con El Pato, no todo era tan diáfano en El Turco: ¡el “mecanismo pensante” no era ni más ni menos que un jugador de carne y hueso escondido en el aparato!

Las máquinas fatales o ¡Baila, muñequita de madera! se articula en un texto de carácter psicoanalítico, escrito por Freud, y tres relatos: ‘El hombre de arena’ de E. T. A. Hoffman, ‘La Eva futura’ de Villiers de L’Isle Adam y un fragmento de ‘Metrópolis’ de Thea von Harbou. Lo que en todos estos escritos queda puesto de manifiesto es: la creación de autómatas femeninos, en una especie de búsqueda de una imagen deseada; la pretensión divina de crear vida, aunque sea artificial, y la adquisición de pensamiento por parte del androide, que se convierte en amenaza.

De ahí pasamos al capítulo final, sin duda el más denso por el contenido filosófico que implica: A mí me hizo J. F. Sebastian. El temor de que las máquinas obtengan autonomía y raciocinio desemboca en uno de los tópicos literarios más frecuentes de los últimos años: la rebelión de los autómatas y la sustitución del ser humano, derrotado por un doble superior. En este marco se inscriben, por ejemplo, las ‘Tres Leyes de la Robótica’ de Asimov, y la reflexión de Turing sobre la capacidad de pensamiento de una máquina.

En suma, un libro más que interesante, destinado a mentes curiosas y que reabre el debate ético sobre los límites de la tecnología. Como escribe Patrick J. Gyger en el prólogo:

El androide, instrumento de ficción formidable gracias a su fuerza metafórica, nos permite entablar una investigación metafísica que nos recuerda que el ser humano no ha hecho más que interrogarse a sí mismo al sacarle brillo a su propio reflejo.

Editorial Impedimenta Edición de Sonia Bueno-Tejedor y Marta Peirano 400 páginas ISBN: 978-84-936550-7-5

Más información | Ficha en Impedimenta

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