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‘La necesidad humana del sinsentido. Una apuesta contra el cientificismo imperante’ de Álvaro Arbonés

‘La necesidad humana del sinsentido. Una apuesta contra el cientificismo imperante’ de Álvaro Arbonés
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El ensayo del estudiante de Filosofía en la Universidad de Zaragoza Álvaro Arbonés (Zaragoza, 1988), recogido en el libro Los nuevos inquilinos, que publica a los ganadores del Premio Jóvenes blogueros convocado por Editorial Ariel (que ya reseñé), merece un comentario aparte porque pone en evidencia la tendencia de la los intelectuales de humanidades a rechazar el conocimiento científico o incluso a presentarlo como una visión cuadriculada de la realidad.

Así que vamos allá, pero con dos advertencias. La primera: mis observaciones son solo eso, observaciones, y por tanto están sujetas a crítica. Y la segunda: las críticas no pretenden tanto cargar contra los razonamientos del Álvaro Arbonés como ajustarle las cuentas a una parte de la filosofía que refrenda sus ideas, y de la que cada vez más filósofos se desvinculan, afortunadamente (Daniel C. Dennett, Julian Baggini, Susan Churchland, Sam Harris o Christopher Hitchens son una buena muestra de ello).

La crítica principal sería la siguiente: sin la incorporación de los últimos descubrimientos científicos, sobre todo en el ámbito de la neurociencia, es imposible hacer buena filosofía, máxime si trata de radiografiar al ser humano y sus pulsiones.

Sin embargo, la tesis de Arbonés es que la ciencia no alcanza a escrutar en el ser humano; y la herramienta alternativa que propone para hacerlo con más eficacia es, nada menos, que la metáfora, la retórica, la literatura, el subjetivismo. Estamos, pues, ante una postura fuertemente posmodernista y, a mi juicio, perniciosa.

Para introducir su argumento, Arbonés pone un ejemplo: un hombre que se despierta con cabeza de águila y la ciencia no sabe explicar la razón. Dado que tal hecho es real pero la ciencia no puede explicarlo (es un milagro), entonces Arbonés se carga de un plumazo la investigación científica. Sin embargo, el objetivo de la ciencia es enfrentarse precisamente a lo que ignora. Tampoco se conocía la razón de que una persona contrajera un constipado, pero se acabó dilucidando el proceso. Entonces, según Arbonés, hemos de entender que el constipado es un sinsentido y, por tanto, debemos evitar el cientificismo imperante. Sin duda, la ciencia no habría prosperado como lo ha hecho si se hubiera detenido en “esto es un milagro”. Porque la simple catalogación de milagro a un hecho dado no es más que añadir más oscuridad a la propia oscuridad: ignoro cómo se produce, ignoro si conseguiré explicarlo, ignoro si es un proceso que escapa a las leyes del Universo… por tanto, es un milagro. Cuando, en realidad, milagro sólo significa: no sé “aún” lo que es.

El propio Arbonés intenta definir lo que es un “sinsentido” pero sin demasiado éxito. Dice textualmente que es “todas aquellas cosas que están más allá de lo que el hombre puede entender por la explicación científica porque de hecho está más allá de ser sucesos mesurables en tanto procesos naturales.” Esa definición no tiene ningún sentido, porque es imposible determinar que un hecho está más allá de una explicación científica. A no ser que seas Dios, como mínimo. Así que, quizá lo que Arbonés quiso decir es que un sinsentido es todo aquel hecho que TODAVÍA no puede ser explicado científicamente. En tal caso, todo lo que descubre la ciencia son fenómenos de esa índole. Y, por tanto, tildar a la ciencia de ineficaz para explicar sinsentidos no tiene, valga la redundancia, sentido: es precisamente lo que hace sistemáticamente.

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No me imagino a Wilhelm Rontgen cuando descubrió los rayos X afirmar: “bueno, puedo ver a través de las cosas, es un sinsentido, voy dejar de investigar el fenómeno porque escapa de la explicación científica.”. Pero como expliqué en La diferencia entre un buen investigador y un mal investigador, eso distó mucho de ser así, afortunadamente.

Más tarde, Abornés, para ilustrar mejor que lo es un sinsentido, pone el siguiente ejemplo: “Un acontecimiento sin sentido se produciría si digo que la vida de los cerdos es sagrada e intento convencer a un amigo de que esto no es así.” Aquí Arbonés confunde un fenómeno que no tiene explicación con una opinión subjetiva (irónicamente lo que él defiende como sustituto de la investigación científica para determinados hechos oscuros). Si yo afirmo que soy Dios, es de nuevo una opinión. Opinar tonterías que no pueden ser impugnadas científicamente (de hecho, el que afirma un hecho es el que debe demostrarlo y no a la inversa), obviamente no cabe en el magisterio de la ciencia. Pero eso no nos dice nada a propósito del cientificismo imperante. Más al contrario: la ciencia acepta que no entra en sus competencias determinar la falsedad de opiniones subjetivas.

Más tarde, Arbonés afirma:

Un milagro es aquel acontecimiento que afecta a un hecho de la naturaleza misma y, por tanto, desafía a la ciencia; un ejemplo sería la homeopatía: es imposible demostrar que funciona, por lo cual científicamente no tiene valor alguno, pero de hecho hay gente que afirma que le funciona: esto es un milagro.

Este argumento equivale a afirmar que si una persona o un grupo de personas señala que Alejandro Magno se pasea cada tarde por Barcelona rodeado de querubines que tocan el arpa es un milagro: la ciencia no puede demostrar lo contrario, pero de hecho hay personas que afirman que es así. Afortunadamente, la ciencia no depende de lo que dice la gente, sino de superar duros controles de verificación: ensayos clínicos, doble ciego, aleatoriedad, tamaño muestral destacable, meta-análisis, etc. Siguiendo el ejemplo de Arbonés, la homeopatía no funciona, y además no tiene una teoría válida que la respalde. Y si hay gente que dice que le funciona, en efecto, no se trata de un milagro sino de algo tan cotidiano como el efecto placebo (o una remisión espontánea).

Pero Arbonés se introduce en el que considera el tema principal para defender que hay fenómenos que no pueden ser explicados por la ciencia (nunca) y que, en consecuencia, es mejor que los expliquemos con metáforas: el amor. Y afirma, nada más empezar:

un ejemplo evidente sería el amor, puesto que no tiene un sentido real o útil para la naturaleza, pero de hecho algunas personas aman a otras personas sin que podamos saber por qué de forma empírica.

A decir verdad, la ciencia sí que ha respondido a las motivaciones que conducen a los seres humanos a amar a otros sujetos: lo explica la genética, la psicología evolutiva, la neurociencia y otras disciplinas. Tal vez, y reinterpretando a Arbonés, lo que se señala es que no se explica de forma lo suficientemente satisfactoria (para Arbonés). En ese caso, volvemos a la casilla número uno: ¿cómo osa afirmar que mañana no podría ser explicado?

Páginas más tarde, Arbonés parece contradecirse: se lamenta de las ansias de la ciencia por invadir competencias de la metáfora y, de repente, presenta un estudio de neurociencia para avalar que las metáforas tienen más miga de lo que parece:

la neuroestética ha conseguido demostrar, estudiando la fisiología del cerebro, que la metáfora es algo que acontece de forma literal y metafórica al tiempo, ya que ante una metáfora el cerebro se activa de tal modo que interpreta como similares dos cosas que son diferentes entre sí. (…) De este modo podríamos afirmar que, de hecho, hay una base científica que atestigua que la metáfora acontece en sí como un evento en el cual se encuentra lo similar en lo disímil, pero la metáfora en sí no puede ser analizada mediante un método científico porque no hay modo de traducir el pensamiento a una verdad objetiva.

Por si fuera poco, el estudio referido es solo un estudio, y la neuroimagen, a estas alturas, es un campo que está reculando a pasos agigantados como sistema para decirnos algo sobre lo que acontece en nuestro cráneo. Arbonés, sin embargo, introduce un estudio de neuroimagen: parece que la ciencia le interesa al fin (aunque sea para confirmar sus suposiciones). ¿Por qué la metáfora no es un sinsentido? Y si lo es, como parece sugerirse al final de su párrafo, ¿por qué saca a colación un estudio científico?

Finalmente, Arbonés afirma que la ciencia no nos dice cómo se enamora el ser humano porque la ciencia solo aporta un catálogo de sustancias químicas cerebrales que se producen cuando ya estamos enamorados: es decir, la ciencia sabe del efecto del amor pero no de la causa. Esto, obviamente, no es cierto. La ciencia habla de los efectos, pero también de las causas del amor: basta echar un vistazo a manuales de biología al respecto. Incluso podríamos trenzar una precisa cadena causal hasta el instante mismo en que se produce la chispa del amor (los fotones rebotando en las formas de un cuerpo humano que tiene una serie universalmente deseables por todas las culturas, impactando luego en nuestro ojo, desencadenando una tormenta química que implica determinados circuitos, etc.). Lo único que puede aducir Arbonés es que, a su juicio, esa cadena causal no tiene la suficiente precisión para definir el amor.

no es sólo un juego de hormonas que nos incitan a mantener sexo: es una serie de implicaciones emocionales de carácter netamente humanista”.

Es irónico que Arbonés se atreva a delimitar qué es una hormona y qué es una emoción y en qué momento ambos conceptos ya no están ligados (cuando no hay ninguna evidencia científica de que eso sea así).

Bien, podemos estar de acuerdo en ello, aunque dudar de que la ciencia obtendrá toda la precisión requerida es hacer un ejercicio de prospectiva condenado al fracaso: todo el que ha asegurado que no se conseguiría algo (desde volar hasta llegar al espacio) lo afirmaba desde su propio marco de ignorancia científica. Por otro lado, definir el amor es una tarea compleja en tanto en cuanto ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo previamente en determinar qué es el amor. Una vez establecidos los términos, la ciencia podrá abordarlos y radiografiarlos. La alternativa de Arbonés (usar la metáfora) no me parece, por tanto, una solución sino un inconveniente: como no consensuamos qué es el amor, voy a emplear metáforas para intentar que el otro sienta la empatía necesaria para “entender” lo que yo siento, que para el otro puede que no sea amor sino, por ejemplo, una enfermedad mental peligrosa.

A esos niveles de ambigüedad, por supuesto, la ciencia no tiene competencias. Pero la ciencia admite tal cosa sin problemas (no ha cientificismo, pues). Y, en cualquier caso, resulta obvio que si empleamos más imágenes para explicar qué es algo a otra persona, esa persona podrá entender mejor a qué nos referimos. Pero entender a qué nos referimos tampoco nos dice nada acerca de lo que es lo referido, pues damos por sentado que el sujeto entiende lo que siente o que le sucede: un error, si tenemos en cuenta que nuestro cerebro es tan imperfecto como para producir el efecto placebo y hacernos creer que nos hemos curado tras tomar una dosis homeopática. Pero volvamos al amor: ¿cómo sabe el sujeto que está sintiendo amor y no una patología mental?

Arbonés presenta el amor de Romeo y Julieta como paradigma de que cada cultura entiende el amor de una forma. De nuevo, estamos huérfanos porque ni siquiera sabemos qué es el amor: lo de Romeo y Julieta podría ser una obsesión patológica (o quizá tal cosa también sea amor). La ciencia, por supuesto, no puede decir nada acerca de eso: solo puede radiografiar neuroquímicamente lo que experimentan Romeo y Julieta, hacer un mapa de su cerebro, compararlo con otros mapas neuronales, y establecer puntuaciones y variables que acaben por construir un organigrama sobre la multiplicidad de formas neuronales que las metáforas engloban en el término “amor”. Pero eso no parece suficiente para Arbonés, que prefiere usar las metáforas para enfrentarse a lo que siente una pareja de adolescentes. Entiende que así se salvarán las diferencias culturales. Pero es evidente que de forma bastante ineficaz, si lo comparamos con el intento de clasificar instantes neuronales en cerebros enamorados y buscar patrones de repetición sensitivo, cultural y hasta idiosincrásico. Tal grado de precisión todavía no ha llegado, pero no hay ninguna razón para argüir que no llegará.

Además de legos, sus ejemplos sobre el funcionamiento del amor y del cerebro también son torticeros, porque ningún científico respetable afirmaría jamás que el amor es exclusivamente neuroquímico, sino que se desarrolla en un marco cultural. Y, en consecuencia, el estudio del amor implica una imbricación de diversas disciplinas científicas: neurociencia, antropología, etc. Es decir, lo que proponía Edward O. Wilson en Consilience. Y eso es ciencia. Ciencia perfectamente interconectada. De modo que reducir la ciencia a la afirmación de que el amor es un puñado de neurotransmisores es presentar a la ciencia como lo que no es.

Pero no siempre será así: llegará un punto que neuroquímicamente se podrá llegar a explicar incluso las diferencias de los marcos culturales concretos (tal vez con nuevas disciplinas consilientes que unan química, física y biología. J. B. S. Haldane, antes de que yo mismo hubiera nacido, ya soltabn perlas (aún inmaduras) como: “Si mis opiniones son el resultado de procesos químicos que se producen en mi cerebro, están determinadas por las leyes de la química, no de la lógica”. Y Edward O. Wilson ya hace décadas que propone la consiliencia, la hibridación de las diversas ramas científicas para explicar fenómenos complejos. Antes de que acabe este siglo, los avances en neurociencias y el desarrollo de tecnología de exploración como la tomografía por emisión de positrones permitirán que atisbemos los mecanismos que producen los cambios mentales, incluidos los afectos, hasta niveles insospechados. Arbonés posiblemente siga prefiriendo las metáforas.

Pero buscar unos patrones básicos en sentimientos complejos es el objetivo de la ciencia a fin de articular leyes o principios (es decir, reduccionismo en el buen sentido de la palabra). Resulta irrelevante si tales patrones existen o no, la cuestión es que esa búsqueda podría reportarnos un conocimiento más sistemático del amor. Es decir, si cabe la posibilidad. Y la respuesta es sí, que al menos cabe. Y, por tanto, rechazar el cientificisco es como adelantarse a la posible respuesta de la ciencia en los próximos mil años (por decir una cifra).

La parte final del texto de Arbonés deja en evidencia, entonces, una precaria comprensión de lo que es la ciencia, que entronca precisamente con la visión más posmodernista de Derrida o Deleuze (que el propio Arbonés cita, por cierto):

Cuando una persona pretende decirnos que el amor puede ser reducido a meros datos científicos, está pretendiendo eliminar cualquier diferencia, cualquier posibilidad de interpretación que no pase por reducir toda existencia a una actividad mecánica intepretable.

Bueno, yo lo he hecho, y en ningún momento he pretendido uniformizar las experiencias: más bien tenerlas en cuenta en una profundidad a la que no puede llegar ninguna metáfora: hasta las diferencias incluso moleculares. Por otro lado, el ser humano es una máquina biológica: no hay evidencia alguna de que todos los procesos del ser humano no sean una sucesión de pasos mecánicos. Los videojuegos pueden ser reducidos a meros datos (ceros y unos, más mecánico imposible), pero no por ello hay uniformidad en los videojuegos. La ciencia no persigue la uniformización sino la búsqueda de patrones. Y los patrones existen, aunque las metáforas traten de evidenciar lo contrario con retórica bonita.

Si los científicos deciden por consenso” (…) Los límites del conocimiento no están escritos en piedra y pueden variar de forma notable con el paso del tiempo.

El método científico parte precisamente del supuesto que los límites del conocimiento no están escritos en piedra: por eso siempre persigue nuevos finisterres y no le duelen prendas en rectificar y autoevaluar continuamente sus asertos. Asertos, por cierto, que no se establecen porque un grupo de científicos esté de acuerdo. Se establecen cuando superan protocolos estrictos de verificación y cuando se ponen a prueba en cualquier momento por cualquier científico del mundo. En cuando alguien descubre una inconsistencia, el aserto se anula y se busca uno mejor. Si eso no es humildad y evitar en todo momento escribir algo en piedra, no me imagino qué diablos quiere Arbonés.

Toda esta colección de tópicos posmodernistas, además de perniciosos porque ponen en peligro los conocimientos establecidos o el sistema para reestablecerlos (el estricto método científico), también ponen en evidencia que Arbonés no tiene una comprensión profunda de cómo funciona la ciencia moderna, ni cómo son los estudios serios, ni qué requisitos deben cumplir. Desde aquí le dice otro filósofo que si tiene una mínima curiosidad por saberlo, empiece con “Mala Ciencia“ de Ben Goldacre y “Más allá de las imposturas intelectuales“ de Alan Sokal.

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