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‘La queja: de los pequeños lamentos a las protestas reivindicativas’ de Julian Baggini

‘La queja: de los pequeños lamentos a las protestas reivindicativas’ de Julian Baggini
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Quejarse, patalear, pitar y, en definitiva, incordiar, siempre ha estado mal visto, y más de un tiempo a esta parte, en la que cualquiera puede ampararse en el “usted me está ofendiendo” para acallar una voz discordante.

Sin embargo, quejarse de lo que consideramos injusto es mucho más necesario de lo que parece. Antes de la Guerra Civil americana, por ejemplo, Samuel A. Cartwright, médico de Luisiana, publicó un artículo describiendo un nuevo trastorno mental llamado drapetomanía. En pocas palabras, esta enfermedad incidía en los esclavos que decidían fugarse, rebelarse de su condición. No en vano, drapetomanía procede del griego “drapetos” (huir) y “mania” (enfermedad).

Pero hubo gente que se quejó de que los esclavos no pudieran fugarse (quejarse) para reinvindicar un trato igualitario. Como que quejó Rosa Parks que se negó a ceder el asiento a un blanco y moverse a la parte de atrás del autobús del sur de Estados Unidos, en 1965, y su queja finalmente cambió las leyes, las costumbres y hasta lo que creíamos que estaba bien.

La queja, bien orientada, bien fundamentada, independientemente de su virulencia, puede ser un arma muy poderosa para remover el statuo quo. Sabedor de ello, el popular filósofo Julian Baggini, del que ya hemos reseñado por aquí sus pertinentes obras El cerdo que quería ser jamón o ¿Se creen que somos tontos?, propone en su última obra, La queja, un estudio profundo de los tipos de queja que existen, así como un método para diferenciar las quejas estériles o las contraproducentes.

Y lo hace con una claridad expositiva de la deberían tomar buena nota muchos filósofos.

En definitiva, una lectura muy necesaria en estos tiempos en los que el ejercicio de la queja casi parece un crimen y que los algodones de la corección política pretenden amortiguar las notas discordantes. Y que me reafirma en una máxima que yo intento seguir: sólo respeto aquello que me permiten pitar, quemar, burlar o incluso insultar (me refiero, claro está, a opiniones, no a personas; quienes asocien su persona a una opinión, entonces tampoco merecen respeto). El resto, lo que tanto apela a la parte menos civilizada de nuestra mente, es esencialmente basura que, irónicamente, es la que más merece ser pitada.

En el origen de toda queja yace la sensación de que las cosas no deberían ser de esta manera. Quejarse es denunciarlo, y podemos hacerlo con irritación, agresivamente, con calma, sin motivo o de forma constructiva. Ni siquiera importa si estamos realmente molestos por aquello que percibimos como erróneo. Mucha gente nunca es tan feliz como cuando tiene la oportunidad de quejarse, mientras que otros se muestran profundamente infelices con el estado de las cosas, pero lo aceptan. La queja tiene lugar cuando nos negamos a aceptar que las cosas sigan mal e intentamos hacer algo al respecto, aun cuando ese algo no sea más que verbalizar el fallo.

Editorial Paidós
Colección Contextos
192 páginas
ISBN: 978-84-493-2741-4

Sitio Oficial | Ficha en PlanetadeLibros

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