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'La soledad del juzgador', de Elisa Beni

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La investigación y el juicio a los atentados del 11-M en Madrid han propiciado una variopinta y rentable producción editorial en la que, literalmente, se puede encontrar de todo. La obra más reciente sobre el proceso, La soledad del juzgador. Gómez Bermúdez y el 11-M introduce una variación peculiar y es que su autora Elisa Beni inaugura un género que podríamos definir como crónica judicial sentimental. Al que yo personalmente veo muy poco recorrido.

Elisa Beni es la directora de comunicación del Tribunal Superior de Madrid y la mujer del juez Javier Gómez Bermúdez, el presidente del tribunal del juicio al 11-M al que su peculiar carisma procesal catapultó al estrellato mediático. El gancho de este libro, según Beni, es el de poder dar una visión privilegiada y humana desde la cercanía. Según afirma literalmente, su condición de amante esposa no le impide hacer un trabajo periodístico riguroso. Quizás ella lo crea así, pero los vidrios tintados que el amor nos pone en los ojos la están engañando.

Porque este libro quiere ser a la vez una crónica judicial y una carta de amor. El protagonista absoluto, hasta límites aberrantes, de este relato aparece tanto como el juez Bermúdez como Javier como "tu marido" como mi amor en la dedicatoria. Parece un detalle nimio, pero es un síntoma de cómo la autora confunde (en el sentido etimológico de la palabra) el proceso judicial con la esfera privada de su hogar. Tienen en común que ambas gravitan entorno a Bermúdez pero no se acaba de percibir el encaje de contunidad, el interés de los detalles íntimos que revela Beni. Peor aún, algunas situaciones son tan forzadas que rozan el ridículo.

Como por ejemplo, cuándo cuenta que mientras Bermúdez realizaba personalmente las gestiones para que los acusados del 11-M tuvieran comida caliente (esa comida caliente que luego rechazarían al ponerse en huelga de hambre, no sin disculparse al juez - según la autora - por tamaña ingratitud), el propio almuerzo del magistrado se enfriaba ante los ojos de su estoica esposa. O cómo la asistenta del matrimonio, superviviente del atentado, colaboró con el desempeño de la justicia planchando con especial primor las camisas blancas que irían bajo la toga.

Todo el libro está concebido como una vindicación triunfal de Bermúdez (e indirectamente de Beni, que adopta en la narración el papel de descanso del guerrero). Leyendo el libro uno descubre a un superhombre y superjuez que estuvo en todas partes, acertó en todas y cada una de sus decisiones, y simple y llanamente es el único responsable del que el juicio del 11-M saliera bien. Y no es que no me crea este último extremo. Es que las alabanzas del juez son cantadas con el rigor y la distancia de una fan de catorce años escribiendo a su ídolo del rock.

Porque Beni es una fan de Bermúdez, no lo niega en ningún momento. Llega incluso a reprocharnos a los que lo "descubrimos" en el juicio del 11-M que no estuvieramos atentos a sus anteriores e igualmente estelares actuaciones, tales como el proceso a colaboradores del 11-S en 2005. Y en ello consiste la otra mitad del libro: en una venganza contra los otros magistrados, periodistas, políticos y hasta internautas que han menospreciado o atacado a Bermúdez. Estos pasajes les encantarán a aquellos que piensan que España funciona por un sistema de favores, rivalidades y odios personales. Ciertamente el libro no hace nada para acabar con esta concepción.

Realmente es esta una obra paradójica. Por un lado Beni ensalza al juez que fue capaz de mantenerse incólume entre la vorágine política y perodística que le cercaba, "como un maestro Zen", y no se ahorra reproches y lecciones sobre la intromisión de fuerzas externas en la judicatura. Pero al mismo tiempo desgrana con evidente deleite la transformación del juez en una estrella y los muchos y diferentes elogios que ha recibido. Llega incluso al extremo de reproducir columnas de articulistas que, inspirados en la figura de Bermúdez, realizan encendidas defensas de la calvicie.

Podría reprochársele que pase por alto algunos episodios del juicio en los que Bermúdez sale peor parado, pero despúes de lo expuesto no tendría mucho sentido. Los aficionados al mundo judicial y los buscadores de escándalos pueden encontrar algún pasaje de interés (la descripción de las innovaciones logísticas que se instauraron en el juicio para los primeros, los tejemanejes internos de la Audiencia Nacional para los otros), pero para ello deberán soportar con paciencia que prácticamente cualquier anécdota tenga por fin el que Bermúdez aparezca con la toga al viento para salvar el día.

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