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Ser español, según Unamuno

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A mi hay polémicas que, por mucho que se pongan de moda de repente, me parecen viejas como el mundo. Y es que si te piden un día, así de bote pronto, que te sientas muy orgulloso de ser lo que eres, la primera pregunta (Primera Pregunta, efectivamente) es la de ¿entonces quién soy?, y ahí entramos en la filosofía y olvídate. Y es que si intentas ir más allá de asociaciones simbólicas fáciles como banderas e himnos (con o sin letra) caes el peligro de verte arrastrado por el abismo.

Le sucedió a Don Miguel de Unamuno, el único pensador que se haya entregado en cuerpo y alma a la definición de lo que es ser español, en la filosofía, la ficción y la poesía. Tres vías que agotó sin frutos tangibles y tras las que se le fue la vida, vencido sin convencer, y hasta con un punto de ironía haciéndose decir en su obra maestra Niebla:

¡Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios un Dios, el de Nuestro Señor Don Quijote, un dios que piensa en español y en español dijo: ¡sea la luz!, y su verbo fue verbo español...!

Ser español es una obra de voluntad y de fe en dos dioses. El primero, el Cristo de Velázquez, eterno novillo redentor y víctima propiciatoria de la única sociedad occidental que aún celebra el sacrificio de la bestia:

¡Y podemos decir, en cambio, que la más alta expresión artística católica, por lo menos española, es en el arte más material, tangible y permanente – pues a los sonidos se los lleva el aire – de la escultura y la pintura, en el Cristo de Velázquez, ¡en ese Cristo que está siempre muriéndose sin acabar nunca de morirse, para darnos la vida!

El segundo, el Cristo de Cervantes, Don Quijote, la figura que subyuga la razón a la fe, ser que transforma el mundo y lo vuelve del revés mediante la voluntad, el también sacrificado en aras del ridículo:

Y tú y yo estamos de acuerdo en que hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad y no de mentirijillas. Loco, y no tonto.

El día de la Fiesta Nacional habrá a quién todo esto le sobre y habrá quien se quede en la cama igual, como Brassens. Pero me ha parecido meritorio recordar al pensador que trató de asir algo más espeso que una bandera.

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