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‘Si és dolent t´ho recomano’ de Steven Johnson

‘Si és dolent t´ho recomano’ de Steven Johnson
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Si és dolent t´ho recomano, com la cultura de masses ens fa més intel.ligents (Si es malo lo recomiendo, cómo la cultura de masas nos hace más inteligentes) del divulgador científico Steven Johnson tiene un planteamiento tan subversivo y brillante que no he podido evitar reseñarlo aquí incluso antes de que la obra se traduzca al español (curiosamente, ha aparecido antes en lengua catalana y no tengo noticias todavía de que cuándo lo hará en lengua española, aunque estad muy, muy atentos).

Éste es un ensayo científico dirigido a todas aquellas mentes esquemáticas que han acogido con servidumbre una serie de dogmas sobre la cultura y cómo ésta se adquiere y, sobre todo, está dirigido a los padres que censuran que sus hijos se dediquen cada vez más horas a los videojuegos, la televisión, los juegos de rol o Internet. Cuando menos, tras su lectura, muchos de los lectores de este libro harán un serio examen de sus creencias más arraigadas.

La tesis principal de Johnson parte de lo que él llama “la curva del dormilón”, que asume que la cultura de masas está aumentando de complejidad progresivamente a causa de tres factores interrelacionados: los apetitos naturales del cerebro, el sistema económico de la industria cultural y las plataformas tecnológicas en evolución.

Por ejemplo, el caso de la televisión. El autor demuestra cómo las series de televisión, mayormente anglosajonas, han incrementado sus líneas narrativas, sus sutilezas y su complejidad estructural desde que en los años 1980 apareciera la primera serie que abrió la veda: Canción triste de Hill Street.

Aunque suene delirante, Johnson plantea que, todavía mejor que las teleseries, están los reality shows como Gran Hermano (atención, no defiende la profundidad de ideas de estos programas o su moralidad, sino los efectos neurológicos y emocionales que producen en el espectador).

La idea de que la televisión es una caja tonta es un tópico que Johson, recurriendo a la neurociencia, derriba con tanta facilidad que uno se pregunta cómo no había llegado jamás a sus conclusiones. Los cerebros, sobre todo los infantiles, están construidos para ser constantes adictos a la información y la resolución de problemas. No existen los cerebros vagos o que tienden a la vaguedad, salvo excepciones. Si una televisión, pues, concita hasta tal extremo la atención de los niños, por ejemplo, no es porque la televisión los convierta en zombies o porque los niños se sientan más a gusto desconectando sus cerebros. La televisión es un estimulante cognitivo, y el telespectador está epistémicamente hambriento.

Los niños son absorbidos por la televisión porque ese aparato constituye la mayor fuente de información, actividad y complejidad que hay en toda la casa. (No se defiende aquí que la tele sea igual de positiva que un libro, sino que ejercita áreas cerebrales que a las que el libro no alcanza y viceversa: no hay que dejar de leer libros o de resolver problemas matemáticos, pero tampoco hay que dejar de ver la televisión sencillamente porque creamos que es nociva).

Unos argumentos similares son empleados para defender los videojuegos (incluso los violentos), el Messenger o Internet en general.

Un juego de rol como Dragones y mazmorras construye elaborados relatos fantásticos surgidos a partir de la tirada de un dado poliédrico de 20 caras y de la consulta de unas tablas complejísimas que recogen un increíble número de variables; los tres manuales principales para jugar tienen más de 500 páginas con centenares de tablas que los jugadores consultan como si leyeran la Biblia. Todo ello, es evidente, estimula cognitivamente el cerebro de tal modo que sus efectos no pueden pasarse por alto.

Éste es el panorama de “la curva del dormilón”. Juegos que obligan al tanteo y al análisis de futuribles. Programas televisivos que provocan que nuestra mente deba completar los vacíos de información o que nos obligan a ejercitar nuestra inteligencia emocional. Software que nos mantiene en tensión y atentos a la pantalla en vez de tumbados en el sofá pensando en las musarañas. En definitiva, todo un abanico de oferta cultural masiva que alimenta cognitivamente los cerebros de la gente hasta niveles jamás vistos en toda la historia.

En ese sentido, esclarecedores son los resultados que Johnson muestra acerca de los test de Coeficiente Intelectual (aquéllos que se centran en el pensamiento abstracto y resolución de problemas, no los de competencia lingüística o matemática). Incluso asumiendo que los tests no sirvan realmente para medir la inteligencia completa de una persona, las diferencias en los resultados apuntan que en las últimas décadas la gente se está volviendo cada vez más inteligente, en general. Cualquier persona de los años 50 que ahora participara en uno de esos tests sería catalogada casi de idiota. (Hablamos, claro está, de personas corrientes, no de intelectuales, cuyo aumento de CI apenas es perceptible a los largo de las últimas décadas).

Esta curva intelectual ascendente nos obliga a repensar la idea que todos tenemos acerca de la cultura de masas y a borrar esos escenarios postapocalípticos que nos ofrecían obras como Un mundo feliz, en el que grandes corporaciones mediáticas suministran paraísos artificiales exclusivamente para sacar un beneficio económico y sin preocuparse del desarrollo mental de sus consumidores.

En efecto, las corporaciones mediáticas no buscan estimular el cerebro de nadie, pero por una serie de motivos que Jonhson plantea con indiscutible brillantez, no pueden evitarlo: la única manera, por ejemplo, de que en un mundo en el que los beneficios de una película se obtienen de la venta de DVD o de las retransmisiones en la televisión, las producciones deben ofrecer mayor complejidad para que soporten el nuevo visionado una y otra vez, o para que se conviertan en fetiches que la gente desea poseer.

Os lo garantizo. Todas las objeciones que podáis plantear a las teorías de Jonhson están replicadas con maestría en este libro (se percibe a la legua que ha chequeado sus ideas con toda clase de personas que no creían en ellas). Así que dadle una oportunidad a Si és dolent t´ho recomano y, luego, sacad vuestras propias conclusiones.

Tal vez dentro de poco la gente verá telebasura sin menos pudor, los padres permitirán que sus hijos dediquen una parte ostensible de su tiempo a los videojuegos o a Internet, y en general todos nos beneficiaremos de este entorno tecnológico que cada vez más alimenta nuestros cerebros con nuevas e imprevisibles capacidades de análisis, abstracción e inteligencia emocional.

Y no sentiremos tanta nostalgia por esos cuentos simplones, lineales y sherezadescos de moralina periclitada que los padres deben leer cada noche a los hijos a fin de que estos acaben siendo personas como Dios manda. O algo así.

Edicions La Campana, 2009
Obertures, 25
272 págs.
ISBN 978-84-96735-25-5

Sitio Oficial | Ficha en Edicions La Campana

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