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‘Teleshakespeare’ de Jorge Carrión: cuando ver la tele empieza a ser tan importante como leer un libro

‘Teleshakespeare’ de Jorge Carrión: cuando ver la tele empieza a ser tan importante como leer un libro
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Vivimos en tiempos (afortunadamente cada vez menos) en los que parece que para granjearse el aplauso académico o popular hay que confesar que no se tiene televisión en casa (versión Light) o hay que despotricar contra la caja tonta (versión Premium).

Porque la tele embrutece, suspende las actividades cognitivas, induce al gregarismo. Basta con echar a un vistazo a ese niño que está frente al televisor, embobado, zombificado, incluso con un hilo de baba colgándole de la comisura de la boca, cual lobotomizado.

Pero esta imagen tan arquetípica es tremendamente errónea porque incurre en dos falacias diferentes. La primera: confundir contenido y continente: parece que la tele es el Mal porque es la tele, no porque se hayan analizado exhaustivamente todos los programas que emite.

La segunda: post hoc, ergo propter hoc, es decir, literalmente: “Después de esto, luego a causa de esto”. Observamos a una persona enganchada a la televisión y colegimos que está abducida, pero no nos planteamos que quizá esté alimentando su cerebro con una de las herramientas más enriquecedoras que existen en una casa. (¿Acaso somos tan críticos con alguien que está enganchado a un libro?) Colegimos que el televidente no piensa, cuando en realidad la neurociencia indica justo lo contrario (léase al respecto, Cultura basura, cerebros privilegiados, de Steven Johnson). Piensa, y mucho, aunque piense de manera diferente al lector de libros.

Los cerebros, sobre todo los infantiles, están diseñados para ser constantes adictos a la información y la resolución de problemas. No existen los cerebros vagos o que tienden a la vaguedad, salvo excepciones. Si una televisión, pues, concita hasta tal extremo la atención de los niños, no es porque la televisión los convierta en zombies o porque los niños se sientan más a gusto desconectando sus cerebros. La televisión es un estimulante cognitivo, y el telespectador está epistémicamente hambriento.

Los niños son absorbidos por la televisión porque ese aparato constituye la mayor fuente de información, actividad y complejidad que hay en toda la casa. (No se defiende aquí que la tele sea igual de positiva que un libro, sino que ejercita áreas cerebrales a las que el libro no alcanza y viceversa: no hay que dejar de leer libros o de resolver problemas matemáticos, pero tampoco hay que dejar de ver la televisión).

Sin embargo, se tiende a creer casi de forma metonímica que toda clase de entretenimiento es inane, y, por contraposición, que todo aquello que aburre hasta a las ovejas es cultura de la buena, de la importante.

Jorge Carrión quizá desconozca esta clase de ideas, pero sin duda las intuye y las ha plasmado soberbiamente en este Teleshakespeare. Un libro erudito que aspira que alta cultura y baja cultura (sobre todo mass media) converjan sin estridencias, como en su momento intentaron autores como Henry Jenkins o Mark Rowlands. Por tanto, Carrión lleva a cabo una exégesis de las 625 líneas catódicas como si de un clásico de la literatura se tratara, haciendo hincapié en obras maestras de la televisión moderna como son Los Soprano, The Wire, Mad Men, Perdidos, Dexter, Breaking Bad, Treme, The Good Wife o Héroes (aunque un servidor ha echado en falta El ala oeste de la casa blanca o cualquier otra obra del supervitaminado Aaron Sorkin, Firefly, The IT Crowd, Friends, Cómo conocí a vuestra madre, Malcolm, Futurama y otras muchas).

Las series de televisión han llegado para quedarse, así como han impuesto para siempre su nueva sintaxis, como el propio Carrión describe:

Sin duda, el uso desprejuiciado que hacen las teleseries actuales del flashbacks y del flashforward, el número de tramas paralelas que barajan, los laberintos narrativos que construyen o el ritmo que imprimen a su acción no habrían llegado a las pantallas del siglo XXI sin, por ejemplo, el Macguffin de Hitchcock, los hallazgos formales de Scorsese o las estructuras de Tarantino; pero la tradición audiovisual va más allá de la narrativa cinematográfica y se imbrica en las técnicas contemporáneas que han moldeado nuestra forma de leer. El mando a distancia, el zapping, la congelación de la imagen, la viñeta, el rebobinado, la apertura y el cierre de ventanas, el corta y pega, el hipevínculo. Mientras que la velocidad a la que nos obligan a leerlas sintoniza con el espíritu de la época, el profundo desarrollo argumental y psicológico al que nos han acostumbrado conecta con la novela por entregas y con los grandes proyectos narrativos del siglo XIX (La comedia humana y Los episodios nacionales).

En definitiva, estamos ante, también, un ensayo desprejuiciado. Un análisis ampliamente documentado pergeñado por alguien que no sólo ama los libros y la cultura sino que ama la televisión (¿acaso no es oximorónico amar la cultura y odiar la televisión?) Y eso se nota en cada línea del libro: el autor ha mamado series, y disecciona muchos de sus capítulos a fin de enriquecer su discurso. No sólo habla de series, pues, sino que habla de la vida.

No en vano, Carrión, Doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra, viajero recalcitrante (como ya demostró en su destacable Australia. Un Viaje), es también autor de una reciente novela que hibrida el lenguaje literario con el lenguaje de las teleseries norteamericanas: Los muertos.

Errata Naturae
Colección: Fuera de colección
Páginas: 232
ISBN: 978-84-15217-01-5

Sitio Oficial | Ficha en Errata Naturae

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