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‘Una imatge no val més que mil paraules’ de Jesús Tusón

‘Una imatge no val més que mil paraules’ de Jesús Tusón
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Jesús Tusón es algo así como una vaca sagrada para los lingüistas en general y para los defensores de la diversidad lingüística en particular. Diversos profesores de lengua y docentes en general me habían recomendado sus ensayos en mi búsqueda de evidencia acerca de lo positivo o lo negativo de que una lengua se extinga.

Lo que me ha ocurrido finalmente es lo mismo que sucede al cinéfilo que aguarda con expectación un estreno cinematográfico que lleva meses esperando, inspirado por el trailer, las bondades de la producción, los actores seleccionados y, en general, el hype originado alrededor del proyecto y, entonces, al poco de empezar la película, descubre que está perdiendo su tiempo. Que ha sido, en cierto modo, estafado.

Con ello no estoy sugiriendo que Jesús Tusón sea un completo ignorante del tema que pretendidamente domina. Tusón lleva treinta años impartiendo clases de lingüística en la Universidad de Barcelona y ha publicado decenas de libros. Lo que estoy sugiriendo es que Tusón no ha vertido todo ese pretendido conocimiento en sus libros, ni en el que es objeto de esta reseña, Una imatge no val més que mil paraules, ni de otros tres que he podido consultar: Quince lliçons sobre el llenguatge y Les llengues del món.

La razón la ignoro por completo. Tal vez Tusón no quería complicar demasiado sus libros, a fin de que cualquier lector lego los disfrutara. Quizá no pretende ilustrar a nadie sino simplemente pulsar teclas emocionales para que los ya convencidos exacerben sus posturas, sobre todo en el ámbito del conflicto catalán/castellano. La cuestión es que si un lector busca razones de por qué la extinción masiva de lenguas en el mundo es una debacle de proporciones cósmicas… no las encontrará aquí.

Tusón huye de cualquier argumento científico: asevera sin matices, solo abrazando las conclusiones (que insisto, no explicita pero afortunadamente he podido leer en otros libros) que apoyan su postura: es decir, que la lengua es una cosmovisión y que eliminar una lengua es eliminar una cultura.

Hasta aquí, Una imatge no val més que mil paraules podría haberme resultado un libro superficial e insípido. El problema es que la cosa no acaba aquí. Tusón no solo simplifica su discurso, sino que tropieza a menudo con su propia lógica: en una misma página he podido leer cómo se quitaba la razón a sí mismo. También comete falacias lógicas en sus versiones más elementales: la ad hominem, la non sequitur, la del hombre de paja, la de autoridad (sobre todo con su colega ideológica Carme Junyent… ella hace lo mismo con él, por cierto), la profecía autocumplida y otras. Todas ellas proliferan especialmente en la segunda mitad del libro, la dedicada específicamente a defender la diversidad lingüística.

Insisto: no estoy desmereciendo el rigor intelectual de Tusón. Pero eso no impide que afirme que Una imatge no val més que mil paraules es un insulto al lector crítico. A no ser que el libro quiera constituirse como ejercicio práctico para detectar defectos de argumentación lógica: entonces os lo recomiendo sin reservas.

Para que no quede todo como un tirar la piedra y esconder la mano, pondré un pequeño ejemplo. En determinado momento, Tusón critica el pragmatismo de quienes aducen que, antes dedicar horas y recursos a aprender un idioma minoritario, prefieren aprender idiomas con mayor proyección, como el inglés o el chino. Tusón, entonces, elabora un extraño argumento que precisamente pone en evidencia toda su defensa de la diversidad lingüística. Arguye que el colegio no está solo para enseñar cosas útiles o prácticas a corto plazo, pues mucho de lo que se aprende en la escuela solo busca incentivar la curiosidad o nuestra capacidad de indagación, y que para conseguir eso todo vale. Es decir, que Tusón, sin advertirlo, está afirmando que los conocimientos que deben impartirse en los colegios podrían escogerse aleatoriamente (porque no argumenta la razón particular de que un idioma minoritario pudiera ser esa clase de conocimiento inútil que más tarde podría incentivar nuestra curiosidad). Añadamos a eso que el tiempo en el colegio es limitado… y que obviamente existe una jerarquía sobre los conocimientos: ojalá pudiéramos estudiarlo todo, pero debemos estudiar aquello que es cierto o resulta más práctico. En otras palabras: es importante dominar las matemáticas, pero resulta más productivo si tales matemáticas se enseñan para resolver problemas cotidianos. Tusón no explica por qué estudiar la lengua local es más importante o igual de importante: solo aduce que el conocimiento es importante per se.

A continuación afirma que el dinero o recursos que deban emplearse en la diversidad lingüística no deben someterse a crítica, al igual que no deben contemplarse en el sistema sanitario o el conocimiento en general. Es decir, partiendo de la base de que tenemos unos recursos infinitos (falso) para dedicarlos sin mesura a todo lo importante y fundamental, Tusón introduce que la lengua materna forma parte de esas cosas importantes. Pero, de nuevo, no explica la razón. Simplemente afirma que si tenemos derecho a la salud, también tenemos derecho a la lengua. Un argumento que podría aplicarse también al fútbol, a la religión o a cualquier otra cosa de nuestro agrado.

Y esto es la punta del iceberg.

En definitiva, Una imatge no val més que mil paraules es un nudo gordiando: pretende ser un texto combatiente contra los tópicos fundamentándose esencialmente en tópicos.

Con todo, si queréis leer una profundización al respecto de mi opinión sobre la diversidad lingüística, podéis hacerlo aquí.

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