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2007, el año de las necrológicas 2.0

2007, el año de las necrológicas 2.0
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Es tradición repasar al final del año las personalidades que nos han dejado en los últimos doce meses. Nosotros hemos tenido bastante trabajo en el apartado de necrológicas. Entre las más destacadas están las de Ryszard Kapuscinski (74), Kurt Vonnegut (84) y Norman Mailer (84); y en un ámbito más cercano, las de Claudio Guillén (82), Francisco Umbral (72) y Fernando Fernán Gómez (86).

Es natural. En un blog de literatura se escriben muchas necrológicas, tantas como bibliografías. La historia de la vida de un escritor y su literatura son para nosotros, sus lectores, todo un uno. Con una diferencia: si la existencia es una carrera de fondo, la literatura le gana a la vida por aguante. Dice Umberto Eco que el mejor favor que le puede hacer un escritor a su obra es morirse. Por eso una necrológica bibliográfica tiene mucho de victoria, de coronación. Fíjense en Valle-Inclán, que se empeñó en escribir la suya propia.

Con el tiempo surgen las variaciones, sin embargo. En la necrológica digital participamos todos, son necrológicas 2.0. Ya lo comentamos en referencia a la reacción en la web a la muerte de Francisco Umbral. En la necrológica de corte clásico sólo se decían cosas positivas o al menos respetuosas: si eras amigo porque lo eras, si eras enemigo porque habías dejado de serlo. En el medio de expresión subjetivo que es el blog hubo quién se sinceró, recordando al personaje igual de mal que lo había considerado en vida. Se puede discutir si es de buen gusto o no, pero en cualquier caso es lícito en un blog.

Y no es patrimonio exclusivo de los bloggers. Al día siguiente de la muerte de Fernán Gómez, pregunté en un importante medio digital a sus lectores cómo lo recordarían. Hubo quien discutió sobre su carrera, incluso quién sacó a relucir su faceta de literato. Pero me quedé patidifuso al leer frecuentes respuestas del tipo Como actor no le juzgo pero como persona era mala porque era maleducado. Estos individuos juzgaban a la persona de Fernán Gómez con conocimiento: le habían visto en televisión comportándose como un animal con un pobre señor que le pedía una firma. La misma escena que ha hecho berrear ¡A la mierda! a miles de adolescentes, reales o mentales.

La web desmitifica y nivela. Se acabó la elegía funeraria tradicional. Todo el mundo tienen una opinión y esa opinión parece pesar lo mismo: la del especialista, la del compañero artista o la de la persona que lo sabe todo sobre alguien por unos minutos de televisión. Hay quién está preocupado por esta pérdida de las jerarquías. Yo no lo estoy, porque creo que en este marasmo de opiniones las buenas son las que salen a flote, las que valen, las que duran, provengan de quién provenga. Las otras sirven para enviarlas de sms a un programa en el que la gente se grita.

Nos gustaría tener siempre buenas opiniones. Razonadas, argumentadas, bien expuestas y con contenido. Pero también formamos parte de este universo mediático y cargamos con sus latiguillos. En mi necrológica sobre Umbral recordé su incidente televisivo, ese que casi todos los escritores de cierta edad tienen y que les hace reconocibles incluso para el público exclusivo de telebasura. No sé si fue un error, y no sé si volvería hacerlo. Un escritor tiene al menos tres vidas: una pública, mediática, que no es sino un espejo cóncavo; una íntima, humana, que a la mayoría nunca se nos será dado conocer; y una literaria, que dura lo que tarda el autor en ser devorado por sus libros. ¿Cómo se suma todo esto?

Mi propósito para el 2008 es escribir algún día una buena necrológica.

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