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Descubre las reliquias de los escritores

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Existen reliquias en todos los ámbitos en los que también existan humanos para adorarlas. En el ámbito religioso podemos encontrar leche de la Virgen, astillas de la cruz donde fue crucificado Jesús e incluso su santo prepucio.

Incluso en el ámbito de la ciencia, tan racional y metódico él, también encontramos reliquias tan absurdas como estas: el último aliento del inventor Thomas Edison (fallecido en 1931 con 1.093 inventos patentados en su haber), que se encuentra en el Museo Henry Ford de Dearborn (Michigan). O el dedo de Galileo, el padre de la astronomía, que se exhibe en el Museo de Historia de la Ciencia de Florencia. El dedo, además, está apuntando al cielo. Como debe ser.

Por supuesto, en una actividad tan romántica como la literatura, las reliquias también han florecido abundantemente:

Se sabe que la editora Beatriz de Moura conserva una de las pipas del inmortal Simenon, que Javier Marías tiene una pitillera que perteneció a Conan Doyle, y que el actor Johnny Deep pagó una pequeña fortuna (casi siete millones de las antiguas pesetas) por una gabardina que había pertenecido a Jack Kerouac. (…) Paul Celan conservó durante toda su vida un guijarro donde René Char había escrito unos versos, y Truman Capote, un pisapapeles que había pertenecido a Colette.

El abrigo de astracán de Proust, los tirantes de Donizetti, una silla desfondada de Paul Léautaud, la pistola con la que Larra se voló la cabeza. Sobre Larra, al respecto, Jesús Marchamalo cuenta una anécdota macabra que acaeció cuando desenterraron los restos del escritor para trasladarlos a la sacramental de San Justo:

Azorín, que acudió a hacer los honores y que anduvo un rato mareando con la calavera, acabó distrayendo uno de los botones de la levita que vestía el cadáver y que guardó de por vida.

Coleccionar esta clase de objetos anodinos puede parecer absurdo. Pero aún lo es más venerarlos como reliquias paganas. ¿Por qué alguien pujó por una colección de gafas de Bertolt Brech: 139 pares, de los que su hija decidió deshacerse al cambiar de domicilio? ¿Por qué estas reliquias adquieren un valor enorme en el mercado?

Incluso, quienes visitan las antiguas casas de escritores, en una visita que tiene mucho de peregrinación, no dudan en llevarse consigo piedrecitas o tierra del lugar, a fin de crear su propio museo mitómano. Basta visitar la casa de la tía de Proust en Illiers, donde mordió su magdalena. Los visitantes empezaron a llevarse tantas magdalenas de allí que se tuvo que poner una campana de cristal para protegerlas.

El escritor Mauricio Wiesenthal, del ya reseñamos por aquí su estupenda El esnobismo de las golondrinas, justifica así estos arrebatos:

Estos recuerdos, estos fetiches tienen un valor simbólico, mágico, poético si se quiere, que los vincula a la persona a la que pertenecieron y que en muchos casos nos descubren algo de ella. Hay una frase del actor Sacha Guitry, coleccionista él también, que lo resume perfectamente: no es la rosa, decía, pero ha vivido con la rosa. Guitry tenía en su colección, entre otras decenas de curiosidades, un tintero de Victor Hugo, unos puños que habían pertenecido a Rousseau y una bata de Flaubert.

Hasta es posible que, como ocurría con la pluma de Dumbo, si un aspirante a escritor tomara una pluma de algún otro escritor consagrado, con la reverencia y respeto de un mitómano, entonces el aspirante a escritor se viera inspirado de algún modo por el consagrado. Así de poderosos son algunos objetos que, como imanes, capturan nuestras emociones.

Vía | Las bibliotecas perdidas de Jesús Marchamalo

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