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Dime a quién persigues y te diré quién eres (I)

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Allá donde se queman libros, pronto se quemarán personas.

  -Heinrich Heine. Poeta alemán

Quizá la mejor muestra del poder que esconde la literatura está en que todo estado dictatorial o totalitario persigue y encarcela a escritores cuya ideología es contraria a la que quieren imponer. Los métodos para acallar su voz van desde el desprestigio social hasta el encarcelamiento, la tortura y la muerte, dejando como únicas alternativas posibles arrodillarse o el exilio.

Esta triste realidad se ha repetido una y otra vez a lo largo de la Historia en todos los rincones del planeta. Hoy en día no son pocos los países que persiguen, encarcelan y ejecutan a escritores y periodistas cuyo único delito es pensar diferente y no callarse lo que tienen que decir. Cuando un escritor deja de hacer sólo literatura y adopta una postura crítica, se expone al ataque de los lobbies dominantes, y no sólo en el plano político, pues sexo y religión también suelen ser “materia de represión”.

Diversas asociaciones o instituciones internacionales velan por la situación de las personas perseguidas pero desgraciadamente poco pueden hacer en la práctica. En el mundo periodístico cuentan con Reporteros sin fronteras, fundada en 1985 y cuya máxima es No espere a que le priven de la información para defenderla; esta institución se ha granjeado su fama y actualmente tiene cierta capacidad de influencia, suele hacer mucho ruido y ha conseguido algunos logros importantes gracias a la presión social; lamentablemente, al final manda la jurisprudencia y los países que cometen estos delitos suelen ser los menos respetuosos con los derechos humanos y la legalidad internacional, así que su éxito es relativo (es decir: hacen todo lo que pueden).

Si nos atenemos únicamente a los escritores, dejando a un lado a los periodistas, aunque sus realidades son paralelas, las organizaciones que más y mejor velan por los autores perseguidos son el PEN Club Internacional y Writers in Prison. El PEN Club publica cada cierto tiempo una lista actualizada que recoge todos los casos de escritores encarcelados o represaliados que a priori me pareció muy acertada y detallada, pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que incluían a varios periodistas de Egin que, si bien no habrán empuñado un arma en su vida, la justicia española ha demostrado que son culpables de financiamiento ilegal al grupo terrorista ETA; con lo cual ya no sé qué pensar sobre la corrección de los datos que maneja el PEN Club.

La historia de la represión es tan antigua como la literatura misma. El famoso Marco Tulio Cicerón no se cortaba un pelo a la hora de difamar sobre los poetas más escandalosos o subversivos de la época (y de Catón ya ni hablemos…). El nazismo, mientras perseguía a judíos, gitanos, homosexuales y demás peligros para la raza aria, también dedicó sus esfuerzos a cazar a artistas disidentes. Joseph Roth, Thomas Mann, Bertolt Brecht, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Stefan Zweig... son sólo algunos de los literatos que tuvieron que huir del régimen hitleriano, mediante el exilio e incluso el suicidio.

En la URSS cerca de 3.000 escritores fueron represaliados de un modo u otro y, aproximadamente, la mitad pereció en los campos de concentración o, sencillamente, fusilados. Y el fascismo español no fue menos: Antonio Machado, Luis Cernuda, Max Aub, Alfonso D. Castelao, Miguel Hernández, Federico García Lorca... por citar unos pocos; la lista es tan grande como lo fue la sinrazón franquista.

Uno de los casos más famosos de los últimos tiempos es el de Salman Rushdie (actual presidente del PEN Club). En 1988 publicó Los versos satánicos donde comete los supuestos pecados de tratar la figura del profeta Mahoma con irreverencia y declarar su no creencia en el Islam. El libro fue prohibido en la India, Sudáfrica, Pakistán, Arabia Saudí, Egipto, Somalia, Bangladesh, Sudán, Malasia, Indonesia y Qatar, mientras que en Irán la locura llegó a un límite insospechado: el ayatolá Ruhollah Jomeiní publicó una fatwa (edicto religioso) que rezaba, nunca mejor dicho, así:

Llamo a todos los musulmanes del mundo a ejecutar rápidamente al autor y los editores del libro (‘Los versos satánicos’) en cualquier parte del planeta con el fin de que nadie nunca más ose profanar los valores del Islam.

La recompensa ofrecida por llevar a cabo el asesinato de Rushdie fueron tres millones de dólares. Sin embargo, el novelista logró ser acogido y ocultado por el Gobierno británico, pero otros pagaron con su vida el apoyo al escritor nacido en Bombay. Hitoshi Igarashi, traductor de la obra al japonés, fue asesinado en Tokio y el traductor italiano fue golpeado y apuñalado en Milán; William Nygaard, editor noruego de Rushdie, fue tiroteado frente a su casa en Oslo, resultando gravemente herido, y en las manifestaciones contra Aziz Nesin, traductor turco de la obra, 37 personas murieron quemadas en un hotel en Sivas (Turquía). En 1998 el gobierno iraní acordó con el Reino Unido no seguir persiguiendo la muerte de Rushdie, pero para los sectores más radicales del Islam la fatwa todavía tiene vigencia.

En el próximo post hablaremos sobre la situación actual, atendiendo a algunos de los casos más representativos en China, Rusia, Cuba, Italia e incluso España.

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