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Escribiendo a cuatro manos

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A veces cuando decidimos escribir para los demás no nos damos cuenta de que estamos escribiendo un libro paralelo que trata sobre uno mismo.

El oficio de la literatura tiene dos vertientes. Cuando uno se decide a afrontar un hoja en blanco para mancharlo de salpicaduras de tinta más o menos ordenadas (o de ceros y unos, en el caso de los autores más geeks), consciente o inconscientemente (dependiendo del autor) también se emprende la escritura de otra historia que no va a ser publicada, que no podrá ser leída exclusivamente por ojos sino a través del filtro de otros sentidos.

Escribir cualquier cosa conlleva escribir una autbiografía que acompañará por siempre toda nuestra producción. Una autobiografía falseada, llena de exageraciones, mentiras, claroscuros e imposturas, que va a ser la imagen como autor que pretendemos (o no) dar a los demás.

Y creedme cuando os digo que esa autobiografía puede ser más importante de lo que parece. Incluso más importante de todo cuanto escribáis explícitamente.

Al teclear estas líneas yo mismo soy más o menos consciente de esas líneas invisibles que también voy dejando por todos los sitios y que me describen de alguna forma. Vosotros, máquinas cotillas por naturaleza, no sólo leéis mis ideas sino que os formáis una juicio de cómo soy yo en base a mis ideas, en un juego de espejos que ni el callejón del Gato de Valle Inclán.

Cuando escribo, pues, intento en lo posible controlar lo que el lector puede pensar de mí. Otras veces sencillamente me importa un comino, y entonces le doy a la tecla visceralmente, sin ataduras. Pero la mayoría de veces tengo sobre mi hombro un disciplinado asesor de imagen.

Algunos autores logran prescindir de estas servidumbres psicoemocionales-metaliterarias. Es el caso de Thomas Pynchon. Otros, sin embargo, se aprovechan de ellas para seducir al lector no tanto por lo que escriben sino por él, por quien lo escribe.

Para ello no es necesario proveerse de transplantes capilares, postizos de silicona o lentillas de colores para lucir bien en la foto de la solapa (aunque ayuda). Los ardides empleados por muchos son todavía más maquiavélicos, y también menos evidentes.

Thomas Chatterton, que hizo pasar sus poemas por los de un monje medieval y terminó quitándose la vida tras ser descubierto.

En 1991, la crítica celebró unánimemente los poemas de un desconocido autor japonés, Araki Yasusada, supuesto superviviente de la bomba de Hiroshima. Más tarde se descubrió que era una invención de Kent Johnson, un humilde profesor de Illinois. Lo mismo ocurrió con un escritor suizo, Benjamín Wilkomirski, que se hizo pasar en 1995 por un hombre que había nacido en un campo de concentración nazi, publicando una obra que conmocionó a los lectores: Fragmentos.

En ocasiones, no importa si uno quiere limitarse a ser un autor y nada más. Los poetas australianos Harold Stewart y James McAuley, a finales de 1940 quisieron ridiculizar la poesía experimental componiendo poesía de la siguiente forma: “con la ayuda de un diccionario de rima, pedazos de Shakespeare y un manual del ejército para el combate de mosquitos”. La crítica se lo acabó tomando en serio y el poeta inventado, Ern Malley, alcanzó la gloria.

Ser escritor es como ser otras cosas. El envoltorio del caramelo cuenta. Como Starbucks, que abre cada vez más franquicias aunque el café que expiden es rematadamente malo. Ser escritor es, ante todo, ser el protagonista de tu novela. Y si no se te da bien, siempre puedes contratar a un actor para que se haga pasar por ti en los actos públicos.

Como aquella ama de casa llamada Laura Albert, que habida cuenta de que sus novelas no parecían seducir a las editoriales, inventó a un autor para ellas: un adolescente chapero de barriada llamado J.T. Leroy que fue adulado por la crítica norteamericana hasta que se descubrió que en realidad él no había escrito ni una sola línea.

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