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Escritores que se negaron a usar signos de puntuación

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Uno de los defectos que con mayor facilidad deja en evidencia las pocas mañas literarias de un escritor es la puntuación incorrecta. Sobre todo a la hora de poner las comas donde toca. Sin embargo, hay autores que, en un arranque de rebeldía, se negaron a puntuar sus textos, aunque ello supusiera asfixiar a un lector que los leyera en voz alta.

Por ejemplo, el escritor polaco Jerzy Andrzejewski (1909-1980) publicó en 1962 una novela escrita por entero con una sola frase, cuyas primeras 40.000 palabras se suceden sin ser interrumpidas por ningún signo de puntuación.

La obra es nada menos que una descripción de una de las Cruzadas Cristianas, la llamada “De los Niños” (1212), en la que miles de chicos alemanes y franceses que formaban parte de los ejércitos cruzados fueron vendidos como esclavos después de llegar a Oriente. La obra desarrolla la tesis de que la verdadera motivación de los cruzados no era tanto el amor cristiano o la atrición como la pederastia.

Gertrude Stein también desdeñó los signos de puntuación, a excepción del punto y aparte, al que consideraba “con vida propia”. Le gustaba repetir, como pone de manifiesto su famosa frase: “una rosa es una rosa es una rosa…” Consideraba “serviles” las comas, y “realmente repugnantes” los signos de interrogación y admiración.

-Marcel Proust también desdeñaba los puntos y se pirraba por las comas, convirtiendo sus descripciones en interminables estructuras jalonadas de subordinadas, sin ningún punto en el que poder recuperar el aliento. Como prueba de ello, la siguiente frase extraída de En busca del tiempo perdido, la frase más larga del autor:

Sofá surgido del sueño entre los sillones nuevos y muy reales, unas sillas pequeñas tapizadas de seda rosa, tapete brochado a juego elevado a la dignidad de persona desde el momento en que, como una persona, tenía un pasado, una memoria, conservando en la sombra fría del salón del Quai Conti el halo de los rayos de sol que entraban por las ventanas de la Rue Motalivet (a la hora que él conocía tan bien como la propia madame Verdurin) y por las encristaldas puertas de La Raspèhere, adonde la habían llevado y desde donde miraba todo el día, más allá del florido jardín, el profundo valle de la mientras llegaba la hora de que Cottard y el violinista jugaran su partida; ramo de violetas y de pensamientos al pastel, regalo de un gran amigo va muerto, único fragmento superviviente de una vida desaparecida sin dejar huella, resumen de un gran talento y de una larga amistad, recuerdo de su mirada atenta y dulce, de su bella mano llena y triste cuando pintaba; un arsenal bonito, desorden de los regalos de los fieles que siguió por doquier a la dueña de la casa y que acabó por adquirir la marca y la fijeza de un rasgo de carácter, de una línea del destino; profusión de ramos de flores, de cajas de bombones que, aquí como allí, sistematizada su expansión con arreglo a un modo de floración idéntico: curiosa interpolación de los objetos singulares y superfluos que aún parece salir de la caja en la que fueron ofrecidos y que siguen siendo toda la vida lo que en su origen fueron, regalos de Año Nuevo, en fin, todos esos objetos que no sabríamos diferenciar de los demás, pero que para Brichot, veterano de las fiestas de los Verdurin, tenían esa pátina, ese aterciopelado de las cosas a las que añade su doble espiritual, dándoles así una especie de profundidad; todo esto, disperso, hacía cantar para él, como teclas sonoras que despertaran en su corazón semejanzas amadas, reminiscencias confusas y que en el salón mismo, muy actual, donde ponían su toque acá y allá, defininían, delimitaban muebles y tapices, como lo hace en un día claro un cuadrado de sol seccionando la atmósfera, los tapices y de un cojín a un jarrón, de un taburete al rastro de un perfume, perseguían con un modo de iluminación en el que predominaban los colores, esculpían, evocaban, espiritualizaban, daban vida a una forma que era como la figura ideal, inmanente en sus viviendas sucesivas, del salón de los Verdurin.

Al menos, los autores sí que separaban las palabras con un pequeño espacio, no como ocurría anteriormente en lo que se llamaba scriptura continua, la escritura temprana en la que no se usaban espacios para separar las palabras.

En los libros de los escribas, las palabras se sucedían ininterrumpidamente en toda línea de toda página. Esta falta de separación reflejaba los orígenes orales del lenguaje escrito: cuando hablamos no hacemos pausas entre dos palabras: las sílabas fluyen continuamente de nuestros labios. Tal y como señala Nicholas Carr:

A los primeros escritores nunca les pasó por la cabeza insertar espacios en blanco entre las palabras. Se limitaban a transcribir el habla, escribían lo que les dictaban sus oídos (hoy, cuando los niños empiezan a escribir, tampoco separan las palabras: como los antiguos escribanos, transcriben lo que oyen). Así pues, los escribas no prestaban mucha atención al orden de las palabras en una frase dada. En el lenguaje hablado el significado siempre se había transmitido principalmente a través de la inflexión, un patrón de los acentos que el hablante pone en determinadas sílabas; y esa tradición oral continuó gobernando el lenguaje escrito.

Este. Es. El. Fin. Del. Artículo.

Vía | El libro de los hechos insólitos de Gregorio Duval | Papel en Blanco

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