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Hugo Claus y la renuncia a la vida

Hugo Claus y la renuncia a la vida
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Es un obituario que ha pasado prácticamente desapercibido al lado del de Arthur C. Clarke, quizás por tratarse de una figura de trascendencia más local frente a una universal. Este miércoles falleció el escritor belga Hugo Claus, varias veces candidato al Nobel y Premio Europeo de Literatura (1998). Claus solicitó la eutanasia, tal y cómo permiten las leyes belgas, al habérsele diagnosticado Alzheimer hace un año. Sus allegados, de los que se despidió la noche anterior a que se le provocara la muerte, coinciden en que prefirió marcharse ahora antes que seguir perdiendo sus recuerdos.

Hugo Claus es uno de los principales autores en lengua flamenca que ha dado Bélgica. Narrador, poeta, cineasta, pintor, encarnó la vitalidad contestataria y culturalmente inquieta de la Europa de la posguerra. Gran autodidacta (huyó del hogar paterno y se ganó la vida como albañil), formó parte de la breve vanguardia artística reunída bajo el grupo CoBrA (artistas de Copenague, Bruselas y Ámsterdam). A partir de los años sesenta empezó a ganar notoriedad como defensor radical de la emancipación de los poderes políticos y morales. Su matrimono con la actriz Sylvia Kristel, protagonista de Emmanuelle, le transformó también en un personaje de moda.

El reconocimiento literario internacional no le llegó hasta la década de los ochenta, sin embargo, cuando publicó Le chagrin des Belges (La pena de los Belgas). En esta novela reconstruye el ambiente de una pequeña comunidad flamenca con el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial, retratando la belleza de su tierra natal con un estilo que ha sido comparado al de los maestros pictóricos del XVII, y contraponiéndola a una descripción demoledora de sus paisanos así como de un modo de vida anclado en las tradiciones, las pequeñas miserias y el conformismo. El objetivo del escritor era, según él, mantener las costumbres y los éxtasis de la tribu.

Es la segunda noticia que tenemos de un pensador que prefiere, en el ocaso de su vida, renunciar a la vida antes que tener que enfrentarse al sufrimiento, el abandono y el olvido. Ya hablamos el pasado otoño del suicidio junto a su esposa del filósofo André Gorz a los 84 años. Claus murió para no perder sus recuerdos, Gorz para no seguir viendo sufrir a su mujer. El valor de la renuncia socrática a la vida nos causa siempre la misma impresión sobrecogedora. No entraré en discutir quién es más valiente o más libre, el que renuncia a la vida o el que persiste en vivir a pesar del dolor. Pero recuerdo que Montaigne decía que la filosofía nos enseña a morir bien. Me confieso ignorante sobre el tema, pero no dejo de tener una intuición, y es que la buena muerte no es otra cosa que el producto de la sabiduría.

Via | Yahoo! Noticias, El Pais

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