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"La reina Isabel II de Borbón es la persona más biografiada de España y la más desconocida". Entrevista a Soledad Galán

"La reina Isabel II de Borbón es la persona más biografiada de España y la más desconocida". Entrevista a Soledad Galán
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Ya os hablé hace un par de semanas de El diablo en el cuerpo, la originalísima novela de Soledad Galán publicada por Grijalbo. En ella toma prestada la voz de Isabel II, una reina desconocida en muchos aspectos, y si la novela me dejó encantada ahora hemos dado un paso más. Hemos hablado con la autora y nos ha contado algún que otro secretillo sobre la Reina, sobre esta particular biografía novelada, sobre la vida de escritora y otras muchas cosas. ¡Todo un placer!

¿Cómo surgió la idea de 'El diablo en el cuerpo’?

La novela se abre con la cita de C. Lévi-Strauss: “El mito es una mentira que dice la verdad”. Porque la reina Isabel II de Borbón es la persona más biografiada de España y, sin embargo, es la más desconocida. En el imaginario común la idea que se tiene de ella es que fue una soberana que no se enteraba de nada y que sólo pensaba en encamarse con unos y con otros. En cambio, lo que nos cuenta Isabel, en primera persona, es que fue una reina a la que no le permitieron gobernar. Quienes la rodearon se empeñaron en que fuera inculta para que no pudiera cuestionar los tejemanejes políticos. La primera que se aprovechó de ella fue su madre, María Cristina, que junto con su segundo esposo, Fernando Muñoz, participó en gran parte de los negocios espurios del país hasta llevarlo a la bancarrota.

Es Isabel quien, por primera vez, toma también la palabra para contarnos su descubrimiento del placer y, a partir de ahí, la búsqueda de nuevos aprendizajes eróticos hasta comprobar que había un ámbito en el que sí podía gobernar: el de la intimidad. Isabel vivió el placer, y del placer. Es más, se opone a que el rasero sea tan diferente para hombres y mujeres que disfrutan abiertamente de su sexualidad. Ya en el exilio, le reprocha al marqués de Molins que ella haya tenido que abandonar España por tener amantes y, sin embargo, su hijo sea ahora el rey, viva en su palacio Real, “teniendo éstas y las otras”. Haciendo lo mismo. Su conclusión es brutal: “las hembras se encaman en los reales sitios y los varones en pisitos de la cuesta de Santo Domingo o en palacetes como el sito entre las calles de Alcalá y Jorge Juan. Hombres. Me han hecho pasar las de Caín, con haberlos amado tanto”. Yo me pregunto si, respecto de estos asuntos, hay diferencias entre el siglo XIX y el XXI. La respuesta unánime de las lectoras de “El diablo en el cuerpo” es un no requetegordo.

La reina Isabel tiene aquí una de las voces más originales de la novela actual ¿fue algo consciente o se impuso su propia personalidad?

Tan consciente que lo complicado fue encontrar el tono justo, de retranca castiza. Ese modo de Isabel de “decir verdades como puños”. “De armarlas bien gordas”. De reírse de sí misma y de quienes la rodeaban. Creo que casi todo, con el poso oportuno, puede ser contado desde el humor. Así vivió ella una vida trágica, desde la risa. También desde el exceso y la contradicción. Pasaba de la risa al llanto con la misma facilidad que del encame al confesionario. No olvidemos, además, que se plantea la evolución de un personaje desde niña locuela y caprichosa de 16 años, casada con quien no puede satisfacerla en modo alguno, a mujer que ha aprendido del desamor, de la pasión, de la vida. Del pecado y de la culpa. Y que llega a adquirir una suerte de inteligencia emocional. “Todos decían que era tonta verdadera o tonta fingida. Pero que era tonta lo tenían por seguro”. Y es que a veces es mejor no saber que saber. O hacer como que no sabes, nos dice.

Luego estaba la cuestión del lenguaje, opté por uno coloquial, de frases muy cortas. Un lenguaje a caballo entre el XIX y el XXI, con una parte de rigor histórico y una parte de invención. Nada moderado en su forma de conducirse, pues estamos ante una reina excesiva que reniega de moderaciones. Una reina galdosiana, popular, inculta, que se ríe con Narváez de sus faltas de ortografía y de su escaso vocabulario. Una reina de coplillas y chismes. Pero una reina también certera en sus sentencias.

Se percibe que has estudiado a fondo la época ¿qué te ha servido de inspiración?

Durante dos años y medio estudié todo tipo de archivos sobre la mujer y la reina; entre ellos, las cartas que escribió o que le escribieron, cartes de visite, fotografías, dibujos de niña… Y comprendí que era hora de que ella misma contara su historia. Así pues “El diablo en el cuerpo” no es una novela histórica; es la venganza humorística, libertina y sensual de Isabel II frente a todos los que han escrito sobre ella. Es su propia voz, cáustica, carnal. Rotunda.

Como escritora ¿has sufrido el pánico a la hoja en blanco?

Escribir es como adentrarse en una relación sexual: siempre es diferente. Te asusta desconocer hasta qué punto te abandonarás al placer y qué descubrirás sobre ti misma a través de ese abandono. Porque en nosotros habita el miedo a lo desconocido. Pero asusta más no entregarse al goce erótico; el miedo real es el de no saber abandonarse hasta el final. Y ese miedo lo he vivido en la escritura, antes de dar por terminada una obra. Yo misma torpedeo el curso de la fluidez de la historia poniéndole freno, por ejemplo, a la voz narrativa. Antes de terminar "El diablo en el cuerpo" hube de viajar a París para impartir un curso sobre personajes femeninos en la literatura. No pude escribir nada. Ya en casa, dos semanas después, era como si la reina doña Isabel II se hubiera desdibujado ante mis ojos, sin darme cuenta. No conseguía dar con su voz popular, de retranca castiza. Con ese tono satírico, desvergonzado y libre que la caracterizaba. Lo que hice fue darme tiempo: escribir, escribir y escribir, sin prisa, jugando a que ella me contaba sucesos de su vida que nada tenían que ver con mi novela. Así hasta que su voz volvió a sonar insolente, deslenguada, poderosa. La voz de una mujer que no se traicionó a si misma y que, al final de sus días, aceptó la traición de quienes la rodeaban, con humor. “Todo se ha incendiado a mi alrededor. Pero yo sigo en pie”.

¿Cuales son los autores que más te han influido?

Me siento abrumada porque se me está comparando con Valle-Inclán y Anaïs Nin. Dicen que tengo “la expresión erótica de Nin y la irreverente pirotecnia verbal de Valle”. Si tuviera que quedarme con dos autores, además de Valle-Inclán por supuesto, serían Juan Rulfo y Marguerite Duras, que escribieron "pese a la desesperación. No. Con desesperación”.

Recuerde a quien recuerde, me quedo con lo que ha escrito Carlos Mínguez, de la Agencia EFE, sobre mí: “Una voz narrativa distinta, única para conducir al lector por este viaje apasionante”.

¿Qué consejos darías a los escritores que están empezando?

El primer día de clase (en mis talleres de escritura creativa) les pido a mis alumnos que escriban dos frases, para iniciar su cuaderno de ejercicios de creación literaria: La escritura es un viaje de mil millas que empieza por un paso y el lector sólo lee lo que está escrito. También les digo que nadie les va a enseñar a escribir; a escribir se aprende leyendo y escribiendo, sin descanso. A partir de ahí empezamos a estudiar, de forma muy divertida, los diferentes recursos narrativos, las patas, el asiento y el respaldo de la silla que diría Saramago.

¿Y la publicación? La escritura es una forma de vida, un modo de conducirse por el mundo. No es que tu obra sea publicada lo que te define como escritor, es esa manera distinta de mirar lo que te rodea. Y la necesidad de contarlo. A menudo encuentro escritores preocupados en exceso por publicar; y, lo que es peor, por vender. Y la escritura, como forma de vida, nada tiene que ver con ello.

Por último... ¿alguna pista sobre los próximos proyectos?

Estoy embarcada en dos libros: uno de ficción y otro de no ficción. Y el que está imponiéndose es el de ficción. Se trata del descubrimiento de otro personaje femenino de la historia, injustamente olvidado. De hecho sus méritos y hallazgos se atribuyen, hoy en día, a los hombres que rodearon a esta mujer excepcional. Y es que la historia la han escrito los hombres; ya es hora de que la reescribamos las mujeres. Por eso apuesto por personajes que tienen "el diablo en el cuerpo", la expresión con que se definía en el siglo XIX a aquellas mujeres inquietas, que no se plegaban a los dictados masculinos. A aquellas mujeres que se rebelaban contra el cliché que pretendía reducirlas a ser el "ángel del hogar”.

En Papel en Blanco | 'El diablo en el cuerpo' de Soledad Galán

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