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Mario Vargas Llosa homenajea a Solzhenitsyn

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Esperen que tome aire. Sí. Lo estoy flipando en colorines, como diría una preadolescente repipi. He escrito Solzhenitsyn a voleo, y lo he escrito bien, a la primera. Hoy me he levantado con el pie izquierdo (en el buen sentido: soy zurdo). En fin, que Aleksandr Solzhenitsyn es un escritor magnífico, que falleció el pasado 3 de agosto, por vejez y porque su cuerpo seguramente no aguantaba por más tiempo el recuerdo candente de un pasado tan turbulento en la incomodidad de su senilidad. Mucho se ha escrito ya sobre él.

Es curioso que ahora los medios le hayan otorgado tanto protagonismo, cuando la actitud habitual ha sido ignorarle e infravalorarle. Solzhenitsyn ha escrito la que seguramente es la obra más importante de la historia de la literatura rusa: 'Archipiélago Gulag', y no puedo dejar escapar la oportunidad de nombrar su novela corta 'Un día en la vida de Ivan Denisovich', una auténtica bomba de relojería que decapita las bases del comunismo estalinista, que las ahoga desde un ámbito particular, la de la cotidianeidad de un ciudadano normal y corriente que es aplastado por un sistema que definitivamente no funciona. Pero volviendo a 'Archipiélago Gulag', hay que reconocer que no es sólo de literatura de lo que estamos hablando. Es de la ucronía hecha realidad, de la narración cronista y desconsolada. La pesadilla descrita en forma de tres volúmenes, de una forma tan desalentadora como necesaria.

Todo esto venía a que El País es el periódico de tirada nacional donde mejor se escribe. No importa si coincide o no con nuestra ideología política: es un hecho, y hay que reconocerlo. Se me hace imprescindible señalar el espléndido artículo-homenaje que Mario Vargas Llosa, autor versátil donde los haya, dedica a Solzhenitsyn. Se titula 'El hombre que nos describió el infierno', y es de esos textos que hacen que la lectura sea una actividad de evidentísimo placer, de redescubrimiento, de enriquecimiento instantáneo. Es esto, pues un meta-artículo, puesto que no es el autor ruso lo que nos ocupa, sino la manera que tiene Vargas Llosa de enfocar su influencia, su figura literaria. Al peruano le importa más la persona que el escritor. Es un enamorado de la poesía existencial, del lirismo encubierto en lo que a un ciudadano de a pie le puede suceder un lunes por la tarde ordinario. Por eso, se centra en reflexionar sobre la heroicidad del que está predestinado a la disidencia, a la trangresión. En resumidas cuentas, al sentido común.

¿De dónde sacó fuerzas este hombre del común, oscuro matemático, para resistir todo aquello y, una vez salido del infierno, volver a él y dedicar el resto de su vida a reconstruirlo, documentarlo y contarlo con minuciosa prolijidad, sin olvidar una sola vileza, maldad, pequeñez o inmundicia, para que el resto del mundo se enterara de lo que es vivir en el horror

Si yo fuera Solzhenitsyn, saldría de la tumba, buscaría a Mario Vargas Llosa por las cafeterías, le daría un beso en cada mejilla y luego volvería a enterrarme yo mismo para proseguir mi descanso. Pero la cosa no acaba ahí. Lo mejor viene al final, como muchas cosas en la vida. Cuenta el encierro rural del escritor ruso, a lo Salinger, como si fuera parte de una de sus mejores novelas.

Yo nunca lo conocí en persona, pero estuve cerca de él, en Cavendish, el pueblecito del estado de Vermont, en Estados Unidos, donde vivió de 1976 a 1994, en el exilio. "Vale la pena que vayas allá sólo para que veas cómo lo cuidan los vecinos", me había dicho mi amigo Daniel Rondeau, uno de los pocos que consiguió cruzar la casita-fortaleza en que vivía encerrado, escribiendo. Fui, en efecto, y pregunté por él a la primera persona que encontré, una señora que abría a paladas un caminito entre la nieve. "No quiero molestar al señor Solzhenitsin", le dije, "sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?". Sus indicaciones me llevaron al borde de un abismo. Pregunté a tres o cuatro personas más y todas me engañaron y desviaron de la misma manera. Por fin, un bodeguero me confesó la verdad: "Nadie en la vecindad le mostrará la casa del señor Solzhenitsin. Él no quiere que lo molesten y nosotros en el pueblo nos encargamos de que sea así. Lo mejor que puede usted hacer ahora es irse". Estoy seguro que todas las banderas de las casas del bello pueblecito nevado de Cavendish flotan hoy día a media asta.

Para quitarse el sombrero. Esto es un artículo literario en condiciones, un ensalzamiento impecable de la figura de un imprescindible del siglo XX. Los demás no podemos sino observar, desde la distancia de la falta de talento y de una sensibilidad especial, cómo se escribe de verdad, con el corazón y con la maestria que Solzhenitsyn, sin duda, se merece.

Gracias, papá.

En Papel en Blanco | Alexander Solzhenitsyn

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