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Simone de Beauvoir cumple 100 años

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Naci a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles barnizados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail.

Así comienza uno de los libros autobiográfios más importantes del siglo XX: Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir. Hoy se cumplen 100 años de ese día que relata una de las autoras más importantes de la historia intelectual y literaria francesa.

Amada y odiada casi por igual, nadie ha podido, ni puede, sin embargo, poner en duda su aguda capacidad creativa, ni la importancia que tuvo para el desarrollo de corrientes intelectuales como el existencialismo y, sobre todo, el feminismo. Puedes diferir de ella pero no negarla.

En el mismo libro que cito al comienzo, Simone relata con pasmosa claridad el momento de su adolescencia en la que "algo cambió" y en el que ella dejó de ser la que conocía para ser otra, para asumir el mundo de una manera que terminaría siendo totalmente renovadora del pensamiento occidental. Ese paso de la infancia a la adolescencia es todo un documento de autorreflexión que muestra las bases de lo que posteriormente sería su pensamiento.

Lo que relata es la experiencia de una noche en la que, estando en Merygnac, se asomó a la ventana y se dijo a sí misma "Ya no creo en Dios" y agrega en la escritura:

Siempre había pensado que frente al precio de la eternidad este mundo no contaba para nada; contaba puesto que yo lo quería y de pronto el que no pesaba en la balanza era Dios: para eso era necesario que su nombre solo sufriera un espejismo.

La ruptura con Dios vino acompañada por una conciencia muy aguda de lo que significaba ser ella misma y lidar con el mundo burgués y conservador que la circundaba:

Parecía que yo existía de dos maneras: entre lo que yo era para mi y lo que era para los demás, no había ninguna relación.

Esa misma conciencia fue la que la llevó a decretar años después en El segundo sexo, que no se nace mujer sino que llega una a serlo. Una frase que abrió las compuertas a las luchas por las reivindicaciones femeninas. Pero más allá de El segundo sexo, sus memorias, que comienzan con las ya mencionadas Memorias de una joven formal y culminan con La ceremonia del adiós, tienen un lugar destacado en las obras autobiográficas del siglo XX.

Hay más, mucho más, como sus obras literarias entre las cuales destaco La invitada (1943) en la que plasma mucho de lo que fue su relación sentimental con Sartre, Los Mandarines (1954), que le valió el Premio Goncourt y que resulta un retrato irónico y despiadado de la vida intelectual francesa que le tocó vivir y La mujer rota que es, probablemente, una de las de más valor ficcional y que es el retrato de la vida de tres mujeres.

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