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'Dune', de Frank Herbert

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Nuestro compañero Luisfer se ha despedido del año como se hace en algunos países, arrojando por la ventana los trastos que estorban, y se ha despachado con dos estupendas listas de libros más sobrevalorados (si aún no las habéis visto, leed y comentad). Resulta que en la infausta recopilación aparece Dune de Frank Herbert, un libro del que llevo tiempo con ganas de hablar, por lo que aprovecharé ahora que me azuzan para que lo defienda un poco.

A grandes rasgos se puede definir Dune como una saga dinástica de ciencia ficción producto de un autor excéntrico y brillante, un personaje cuyos intereses abarcaban desde el misticismo oriental a la ecología renovable pasando por la psicología conductista, todo ello agitado en el efervescente cóctel del utopismo psicotrópico de los sesenta. Es algo a tener en cuenta antes de penetrar en el universo de Dune, que roza con el mismo desparpajo lo sublime que lo ridículo. Tan malo es tomárselo demasiado en serio como despreciarlo de plano.

Y es que mal empezamos cuando la trama trata del control por casas nobiliarias interespaciales de un planeta, Arrakis/Dune, en dónde se produce la sustancia más importante para el universo: la especia, una droga que alarga la vida y otorga la precognición. Entre medias hay conspiraciones alambicadas, complicadas religiones y artes marciales, gadgets imposibles y hasta alusiones a corridas de toros. Toda una prueba de fuego cuya recompensa acaba llegando: los muros de la incredulidad se derrumban, lo absurdo toma formas rotundas y el lector se integra en el fantástico sistema de Herbert.

Es un error dejarse distraer por las subtramas aventurescas esperando encontrar en ellas el sentido del libro. Hay un único verdadero protagonista: el planeta Dune. Su sistema ecológico, su vida, sus habitantes, sus ciclos. Herbert fue un visionario con respecto a las teorías ecológicas más modernas de hoy en día. El mundo que crea es uno de los más ricos y complejos que han surgido en la literatura, poderoso en su consistencia. Política, costumbres y fe se entrelazan con redes tróficas, estaciones y ecosistemas. El universo hombre frente al universo mundo, acompasando sus movimientos hasta producir la revelación del sentido de su existencia. No son palabras vacías e infladas: es lo que ocurre en Dune.

Ciertamente es la incapacidad para reproducir este primer planteamiento y desplazar el argumento hacia tramas aventureras lo que conduce al menor interés de los siguientes tomos (excluiría Dios Emperador de Dune, un ensayo brillante y a la vez delirante sobre el poder que comentaremos si queréis). Y para qué hablar de los horrores perpetrados por su hijo Brian Herbert, que continúa ordeñando la saga sin aparentemente haberla entendido muy bien. Pero estas consideraciones no afectan en nada al valor real de la obra Dune de 1966.

El aspecto en el que más flaquea Dune es en cuánto a estilo. Se ha criticado con fruición los altibajos narrativos de Herbert, capaz de los mayores simplismos (los aristócratas, para demostrar altivez, constantemente se envaran), las elipsis más frustrantes (es casi imposible adivinar sobre qué se está conspirando exactamente en cada momento) y otros pasajes de morosidad un tanto barroca. Si, pueden hacer la obra difícil. Pero el Everest tampoco tiene escaleras mecánicas. Y aquí también hay truco.

Atreides, Atridas. Herbert no sólo quiso trascender el espacio sino el tiempo, quiso la universalidad absoluta de su obra. Sus personajes están emparentados (literalmente) con los héroes homéricos. Y es a la épica clásica a lo que su prosa quiere trasladarnos. SI hoy en día abrimos la Ilíada o la Eneida pensaremos con razón que es un coñazo que nos recuerden constantemente quién es hijo de quién y porqué está ahí. Para sus primeros oyentes, sin embargo, estas repeticiones eran el estribillo de una canción en la que no había ninguna prisa por llegar al final. A los lectores del siglo XXI no tiene porqué funcionarnos; pero tampoco es tan difícil intentarlo.

Dune se toma entero o no se toma. Con sus aciertos y sus fallos. El libro tiene algo de viaje espiritual, y estos no vienen sin obstáculos. Si no se está dispuesto a aceptar sus reglas de juego, entonces de verdad que no vale la pena.

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