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‘El temor de un hombre sabio’ de Patrick Rothfuss: la segunda parte de ‘El nombre del viento’ ya está aquí

‘El temor de un hombre sabio’ de Patrick Rothfuss: la segunda parte de ‘El nombre del viento’ ya está aquí
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Redoble de tambores. Por fin ha llegado la segunda entrega de la trilogía que ha cautivado tanto a lectores de fantasía como a ajenos al género: Crónica del asesino de reyes, de Patrick Rothfuss. Iniciada con El nombre del viento, una primera novela que, a pesar de sus altibajos, resultaba tan redonda que parecía la obra de un autor consumado y lleno de arrugas en los ojos, ahora, dos años después, nos llega El temor del hombre sabio, más grande, más ambiciosa y, en algunos aspectos, incluso mejor.

En El nombre del viento descubrimos que un humilde posadero, apagado y triste, como si aguardara mansamente su final, había decido contar su pasado. La historia de su niñez en una troupe itinerante que constaba historias. La muerte salvaje de sus padres a manos de los misteriosos Chandrian. Su profunda tristeza, su vida de vagabundo, la forma en que aprendió a tocar el laúd mejor que nadie, su obsesión por ingresar en la Universidad de magia antes de tiempo, sencillamente para acceder a su biblioteca y aprender más de los esquivos Chandrian. Los prolegómenos, en definitiva, de la leyenda en la que se convirtió su vida.

Tranquilos, sé que la mayoría de vosotros hace mucho tiempo que ya leísteis la primera entrega de las aventuras de Kvothe. Pero no es necesario que refresquéis la memoria: el autor aprovecha los primeros capítulos de esta segunda parte para irnos recordando las claves de El nombre del viento. Lo hace de forma sutil, sin que parezca que está repitiendo lo ya dicho. Y lo hace tan bien que, incluso, podríais leer El temor de un hombre sabio sin haber leído antes El nombre del viento.

Eso os reconfortará. Pero lo hará mucho más el saber que Rothfuss, a pesar de la larga espera, continúa escribiendo como siempre, como si entre la primera y la segunda entrega no hubieran transcurrido más que unas horas.

Lo primero que me llamó la atención de la obra de Rothfuss es que no sólo narraba aventuras, magia y batallas sino, sobre todo, hechos cotidianos que conseguían que nos identificáramos enseguida con los personajes: cocinar pan, mantener limpia una taberna, conseguir dinero para la matrícula de la Universidad, hincar los codos para algún examen, etc. De hecho, hay más de cotidaneidad que de épica en toda la obra de Ruthfuss. En las novelas de fantasía el protagonista no suele estar preocupado en ahorrar para comprar ropa nueva, en ésta sí.

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Y es que el argumento de El nombre del viento, así como el de El temor de un hombre sabio, importa relativamente poco. Lo relevante es la ambientación, lo que sientes al leer los pensamientos del protagonista, lo fácilmente que empatizas con desvelos de los personajes. Estamos, pues, frente a una obra de fantasía donde prevalece cualquier cosa que no sea fantástica. Cuando leía las vicisitudes de Kvothe, no me importaba tanto la leyenda de Felurian y el origen de los Chandrian (que también) como si Kvothe conseguiría pagar la matrícula el próximo bimestre o si recuperaría su laúd empeñado, o incluso si se atrevería a abordar a Denna de una vez con las cartas boca arriba.

Sé que insisto mucho en la economía de Kvothe, y no sólo porque Kvothe siempre esté rozando la pobreza, sino porque en la obra de Ruthfuss el dinero es muy importante (como en el mundo real, algo que descuidan muchas obras del género); tanto es así que me encantaría llevar una bolsita de cuero con las monedas de este mundo inventado: un par de talentos, algunas iotas, un puñado de drabines… sin que Ruthfuss explicite nunca qué valor tienen todas las monedas de su mundo, acabamos infiriéndolo a raíz de las innumerables transacciones económicas que se producen. Lo que cual, personalmente, me parece fascinante. Extrañamente verosímil.

Estoy convencido, incluso, que si obviáramos todo el contenido fantástico del libro y la historia estuviera ambientada, no sé, en una ciudad de provincias actual, la historia de Kvothe continuaría siendo esencialmente vibrante.

En ese sentido, quizá algunos lectores de Ruthfuss se sientan un poco decepcionados. Si bien El temor del hombre sabio tiene el doble de páginas que El nombre del viento (1.200, nada menos), los misterios centrales de la obra siguen sin desvelarse. De hecho, apenas se avanza en ellos. Sí, volveremos a ver a los Chandrian. Algo más descubriremos de la intimidad de Denna. Sin embargo, parece que Rothfuss pretenda concentrar la resolución de todos esos misterios en la tercera y última parte de la saga. ¿No quedará todo demasiado apresurado? Si en dos mil páginas apenas se nos ha contado nada, ¿resultará que en la tercera entrega descubriremos que no importa saberlo?

Con todo, no os rasguéis las vestiduras: en este volumen descubriremos en profanidad quién era la legendaria Felurian y por qué Kvothe sobrevive cuerdo a su influjo. También descubriremos por qué la reputación de Kvothe se hizo tan importante. Y se nos desvelará una criatura que, sin duda, es la más peligrosa y extraña de toda la obra, y que ofrecerá pistas del tipo de crónica que estamos leyendo: probablemente triste, dramática y nada ejemplarizante. (Pero no quiero desvelar mucho al respecto, y Ruthfuss sólo insinúa, así que esperaremos a la tercera entrega antes de afirmar nada).

También, como sucedía en El nombre del viento, lo mejor de la novela es el Kvothe universitario. Y, afortunadamente, casi la mitad del libro transcurre en la universidad. Sin embargo, para ser un verdadero sabio también hay trasponer los confines académicos por muy confortables que parezcan, perseguir el viento, acabalar experiencias no curriculares. Entonces la obra cambia de ritmo y casi de tono, pero, si bien al principio quizá echaréis de menos la rutina de las clases de magia, pronto os dejaréis embargar por la emoción del viaje sucio y muy físico, sobre todo una vez superado el fragmento de las intrigas palaciegas en Vintas, a mi juicio el segmento más tedioso del libro (entiéndase tedioso como un poco menos hipnotizador que el resto: las páginas de Rothfuss nunca desprenden cloroformo, garantizado).

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Es entonces cuando descubrimos también que Rothfuss repite uno de los trucos que tan bien le funcionaron antes. En las aventuras de Kvothe, sobre todo en su curiosa forma de ir asimilando lo que le sucede día a día, inculca en el lector la idea de autosuperación continua. Las campanas de Rocky, su primer día de entrenamiento, después de engullir huevos crudos. Los duelos verbales de 8 millas, venciendo al contrario primero venciéndose a uno mismo. Los maratonianos estudios en la facultad de Derecho de Vida de este estudiante, siempre intentando congraciarse con el impermeable profesor. El debate a vida o muerte de Frost contra Nixon, básicamente para demostrar al mundo que uno no es un panoli. El juicio de Algunos hombres buenos, con truco dialéctico final: derribar a los que tienen poder es fácil porque dependen demasiado de su ego. La soledad numantina del protagonista de Doce hombres sin piedad, del que cree tener razón frente a la sinrazón reinante.

Todas las penurias que ocurren en las obras mencionadas, y también en la obra de Rothfuss, te permiten aprender, fortalecerte, ganar experiencia, afilar la inteligencia, cultivar los músculos, volverte más mañoso, curtido y de vuelta de todo; en suma, ser un tipo más interesante. No sé a vosotros, pero mientras leía la novela, las cosas negativas que me iban saliendo al paso en mi vida las interpretaba como una oportunidad para obtener todo eso, aunque suene a libro de autoayuda barato.

Para que me entendáis un poco más, quizá sirva como ilustración una anécdota histórica dada a conocer por Plutarco: relató que el griego Demóstenes soñaba con convertirse en un gran orador, si bien sus cualidades para ello eran mínimas (falta de voz, torpeza expresiva, tartamudez e incluso fobia a hablar en público). Todo el mundo desaconsejó a Demóstenes que intentara convertirse en orador. Pero Demóstenes se hizo construir un estudio subterráneo y se encerró en él para practicar día y noche. Incluso se afeitó la cabeza para que su aspecto fuese tan grotesco que le impidiera salir a la calle, y así no caer en la tentación de rendirse. Durante meses practicó y practicó, incluso con piedras en la boca. Y Demóstenes se convirtió en uno de los grandes oradores de la antigua Grecia.

Tampoco estoy descubriendo la Coca Cola: es una obviedad que lo que te ocurre en la vida te modela, y que la tenacidad te permite llegar muy lejos; pero el leer la biografía Kvothe me ha mostrado esa verdad esencial de una forma más intensa y emocional. Ésa es la extraña magia de la prosa de Patrick Rothfuss, en apariencia simple y lineal, pero que oculta una minuciosidad de orfebre. Como la intrincada circuitería que hay bajo las líneas sobrias y limpias de un iPhone, por ponernos modernos.

Sí, Kvothe es un tipo tan brillante y sumamente interesante, pero también posee tantos defectos, que la identificación resulta inevitable: todos somos en parte como él. Particularmente, tanto me metí en el pellejo de Kvothe que, tras consumir 50 o 100 páginas seguidas, volvía a mi vida con la necesidad de imitarle en alguna de sus reacciones o pensamientos; incluso parecía que podía ver con sus ojos algunas de las cosas que me rodeaban.

También me nacía muy de dentro la necesidad de ajustarme una capa, coger un laúd y un macuto con una hogaza de pan, y empezar a abrir camino por algún bosque, pero eso no lo diré muy alto para no parecer impresionable.

Ahora, tras haber finiquitado El temor de un hombre sabio y ya con la angustia de la espera de la tercera parte, me queda el consuelo de llevar prendido en mi macuto una reproducción del camarillo que ofrecen en el Eolio a los buenos músicos. Aunque suene ingenuo y un poco infantil, eso me ayuda a no olvidar cómo era Kvothe, qué haría en determinada situación y, en definitiva, dilatar un poquito más la sensación de que estoy protagonizando la leyenda cotidiana del ambicioso, imperfecto, soñador, envidioso, ladrón, vagabundo, músico, mentiroso, estoico y mago con ínfulas llamado Kvothe, el gran contador de historias.

Para comentarios más personales, mi twitter: @SergioParra_

Sitio Oficial | Página del libro El temor del hombre sabio

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