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'Juego de tronos', de George R. R. Martin

'Juego de tronos', de George R. R. Martin
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Después de un siglo sirviendo de entretenimiento de masas, el género de la fantasía heroica de aventuras ha llegado a un punto sin retorno. Algo parecido a los cómics de superhéroes, que salvaron su crisis reinventándose en los ochenta y nuevamente a principios de siglo. A la fantasía heroica le ocurrió algo mucho peor: Harry Potter. No cómo producto, en sí de lo mejor que ha dado el género, sino como fenómeno.

Vivimos una carrera desenfrenada por dar el nuevo pelotazo en donde los tópicos ya resecos (niño + profecía + elfo + hechizo fireball de nivel seis + nombres rimbombates que suenan a gaélico) se ordeñan sin el menor respeto intelectual hacia el lector, no digamos ya literario. Así estamos que a este género ya ni le pido calidad, sólo un poco de originalidad. En este sentido la nueva obra de moda entre los fans, Juego de Tronos, ha supuesto una agradable sorpresa. No sólo reiventa, no sólo sorprende, sino que se desprende de las fanfarrias para acudir al nervio del asunto: contar una buena historia.

Cómo sugiere el título, se trata de una intriga dinástica en un mundo distópico que, pese a ser el clásico de inspiración medieval, no deja de recordar a la saga Dune de Frank Herbert sin sus elevadas proyecciones místicas. Comparte este mundo con Dune la peculiaridad de su clima: si allí se trataba de un planeta desértico, aquí es un mundo con dos únicas estaciones, verano e invierno, las cuales duran varios años. Y la cosa tiene más enjundia de lo que parece.

El gran acierto de George R. R. Martin en esta novela es, en mi opinión, tomar el género desde una distancia crítica, con un punto de parodia. Es cómo si retomáramos la lectura del Señor de los Anillos treinta años después. ¿Qué habría sucedido entonces? Que el flamante nuevo rey se habría convertido en un tripón incompetente, que las ambiciones habrían corrompido los ideales de antaño, que los hechizos y dragones serían reliquias olvidadas en los desvanes y que los antiguos guerreros descubrirían que el heroismo se desvanece el día después de la batalla, y que dirigir un reino es un asunto sucio.

Juego de Tronos despliega la galería de carácteres que pide de por sí el género, desde los nobles tan honorables que le hinchan a uno el corazón a los villanos tan depravados que le revuelven la bilis. Ninguno de ellos, sin embargo, está fuera de lugar. Son los grandes tipos psicológicos de la tragedia necesarios para ajustarse a sus temas, sin menoscabar ninguno. La violencia, la crueldad, la sexualidad perversa, el infanticidio se alternan con algunos pasajes de novela juvenil un tanto ñoños, del tipo un gran poder conlleva una gran responsabilidad... El resultado final es sin embargo satisfactorio, y uno disfruta malvadamente al reconocer a Shakespeare cuando un asesino se acerca con un cuchillo desenvainado al lecho de un niño postrado...

La única pega a la obra: la publicidad la anuncia como la mayor novela-río jamás escrita, y parece tener razón literalmente. Los numerosos tomos de la saga (los últimos aún por traducir) no son obras independientes, y se interrumpen abruptamente como un folletín. En cuanto al hilo argumental, parece capaz de continuar fácilmente ad infinitum. Por lo tanto, es lectura recomendada sólo para atletas de maratón con la paciencia bien entrenada.

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