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Lectura para el día del orgullo friki: 'El fin de la infancia' de Arthur C. Clarke

Lectura para el día del orgullo friki: 'El fin de la infancia' de Arthur C. Clarke
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No es mala idea aprovechar la corriente de desinhibición y entusiasmo por los mundos imaginarios que nos visita este fin de semana para recuperar alguno de los pilares de la ciencia-ficción y de paso homenajear a la descomunal figura recientemente desaparecida de Arthur C. Clarke. Precisamente la colección Clásicos Minotauro reedita El fin de la infancia de 1953, una novela que prefigura todos los grandes elementos del género aunándo al mismo tiempo las reflexiones humanistas sobre religión, mito y ciencia que son la marca de la literatura de Clarke.

Así, ambientándonos en una hipotética mitad del siglo XX, contemplamos como la carrera espacial entre los bloques americano y soviético es interrumpida cuando unas gigantescas naves descienden del espacio para gravitar encima de las principales ciudades de la humanidad. A bordo viaja la raza que los humanos conocerán como "superseñores" (traducción más que discutible del inglés overlords). Provistos de una inteligencia y técnica insondables, los superseñores instauran un control absoluto y benévolo sobre el planeta mediante el cuál, sin trauma alguno, erradican la pobreza, la crueldad, los conflictos y las divisiones humanas.

Esto no ocurre sin resistencias, sin embargo. Algunos humanos no están dispuestos a aceptar este poder superior, por beneficioso que sea, aferrándose a principios religiosos o nacionalistas. E incluso los que colaboran con los superseñores, encabezados por el Secretario de las Naciones Unidas, único intermediario directo, no pueden reprimir ciertas aprensiones. ¿Cuál es el verdadero objetivo de estos seres al tomar bajo su cuidado la Tierra? ¿Hacia dónde se dirige la especie humana, desprovista ahora de la responsabilidad de su subsistencia? Y un problema realmente inquietante: ¿Porqué los superseñores se niegan a mostrar su verdadera forma a los hombres?

Hay algunos reproches en el plano literario que se le pueden hacer a Clarke. Uno es la falta de profundidad de la mayoría de sus personajes, por lo menos los humanos. Salvo aquellos llamados a tener un protagonismo consistente, los demás apenas sirven para dar vida a unas cuantas escenas y después caen en el olvido. Clarke parece haber funcionado con una lógica de relatos cortos ambientados en la misma realidad más que con la idea de una novela en si, ya que sólo la presencia de los superseñores garantiza la continuidad entre los diversos momentos de una historia que se prolonga por siglo y medio.

Pero no hay razón para pensar que esto no sea completamente intencional por parte del autor. Los individuos humanos están llamados a jugar un papel secundario en el gran plan cósmico del que forman parte los superseñores. Obsesionarse con la individualidad desde la perspectiva de un universo infinito es un error, esa es una de las tesis del libro. Además, los superseñores son los verdaderos protagonistas. Ellos son la clave para descifrar la tragedia que supone ser una sóla conciencia, una sola vida, enfrentada a la ingotable multiplicidad del cosmos.

Clarke es senciallmente genial en otros aspectos. Uno de ellos es en la creación de suspense. El misterio del aspecto de los superseñores está llevado con una habilidad tal que, cuando finalmente se resuelve, lo que podría haber sido ridículo resulta en cambio convincente. Es sorprendente el grado de verosimilitud e ingenio que logra transmitir Clarke a este mundo fantástico en el que interaccionan hombres y alienígenas con un pie en lo religioso. El autor salta con facilidad de la ciencia al mito sin caer en lo arbitrario, con lo que es difícil no acabar coincidiendo, por muy escépticos que seamos, con la tercera regla de Clarke: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Y no revelo aquí la manera, sencillamente magistral, que tienen los superseñores para erradicar la crueldad hacia los animales. Sólo deciros que sus atenciones se centran en la manía que tenemos de ensartar toros en España y en qué consideración tendríamos a la "fiesta nacional" si nos metieran en la piel del sacrificado.

No hay mucha acción ni aventuras en El fin de la infancia, aunque no faltan peripecias. Es una lectura medida y constante que atrapa en una acumulación de revelaciones cada vez más amplias. Cuánto más fantástico es lo que vamos descubriendo, más pesimista se vuelve nuestra concepción del ser humano hasta culminar en el apoteósico final, mezcla de esperanza y amargura sobre nuestro destino como especie. La compasión y la ternura que se establece entre el hombre y el ser presuntamente supremo cuando las limitaciones de ambos quedan al descubierto es sin duda la mejor creación de esta novela, y una manera diferente de hacernos desear no estar sólos en el universo.

En Papel en Blanco | Arthur C. Clarke

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