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'Sebastián y el cetro de la vida', de Alejandro Santaella

'Sebastián y el cetro de la vida', de Alejandro Santaella
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Cuando era monitor de tiempo libre solíamos proponerles a los niños un juego para animar las noches en la montaña. Sentados en corro alrededor del lumogás, uno empezaba a contar una historia que improvisaba. Pasado un rato se le interrumpía y continuaba el chaval a su lado. Así pasábamos la velada. Las historias eran casi siempre parecidas: un niño caminaba por un bosque, aparecía un mago, había una profecía, le daba una pócima, aparecía un dragón, entraba otro personaje que decía que, ahora estaban en una ciudad...

Una sensación parecida es la que se tiene al leer Sebastián y el cetro de la vida, de Alejandro Santaella. Alejandro fue una de las noticias del verano por conseguir vender en tres días mil ejemplares de esta novela a través de internet. No parece muy espectacular, pero ya querrían muchos noveles tener un debut así, más aún tratándose de una novela escrita con once años. Enseguida surgieron quinielas que señalaban al nuevo superdotado de la ficción española. En realidad esto no es así ni mucho menos.

Con Alejandro no se juega la carta del niño prodigio, y es de agradecer. Porque no lo es. Es un chico inteligente y perfectamente normal con gusto por las letras que ha tenido la paciencia de escribir un libro con no pocos recursos estilísticos. Algún día saldrá de él un escritor, pero de momento hace lo que le toca: jugar con su fantasía. Por lo tanto no tiene mucho sentido hacer una crítica literaria de este libro: no es novela, es un juego. Y tiene el mérito de invitar a otros niños a jugar con las palabras.

Hay algo que no me cuadra, sin embargo. Y es que de este juego que tantos hemos jugado a la edad de Alejandro resulte un fenómeno editorial. No estamos ante un libro infantil sino ante un libro hecho por un niño, así que la excusa de "también es para adultos" es completamente falsa en este caso, a menos de padecer uno un severo trastorno cognitivo. Me pregunto si esos mil ejemplares realmente estaban destinados a sus lectores naturales, niños de hasta once años. ¿O es que al lector de hoy le vale cualquier cosa con tal de que incluya elfos, dragones y poco esfuerzo?

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