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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (II)

¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (II)
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Como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, la propiedad intelectual ha empezado a adquirir la misma entidad que la propiedad privada o la propiedad física, a pesar de que tecnología está precisamente encaminada a lograr lo contrario: que la propiedad intelectual apenas tenga mérito o sentido.

Hoy en día, plagiar un fragmento de un texto es tan escandaloso como robar una cartera, y a la mayoría de gente le parece algo natural porque desde instancias superiores se ha promovido que esa analogía es legítima. Por ejemplo, hace unos años, Doris Kearns Goodwin había fusilado pasajes de otros historiadores, ¿sabéis que le pasó? Le pidieron que dimitiera del comité del Premio Pulitzer.

Cuando Malcolm Gladwell descubrió que algunos de los pasajes de su artículo formaban parte de una obra de teatro de Broadway, sólo sintió que estaba bien, que así se podrían oír ecos de su artículo en los escenarios de Broadway, algo que de otro modo nunca hubiese ocurrido.

Las palabras pertenecen a quien las escribió. Pocos conceptos éticos más simples, particularmente ahora que la sociedad invierte cada vez más energías y recursos en la creación de propiedad intelectual. En los últimos treinta años, las leyes de propiedad intelectual se han visto reforzadas. Los tribunales se han vuelto más dispuestos a conceder protecciones a la propiedad intelectual. La lucha contra la piratería se ha convertido en una obsesión de Hollywood y la industria discográfica; y en mundos como el académico o el editorial, el plagio ha pasado de ser una demostración de malos modales literarios a algo mucho más cercano a un delito.

Enmascarar un plagio es una tarea poco complicada. Un escritor taimado puede lograrlo con soltura hasta el punto de que jamás lo descubriría nadie, y así llevarse el “beneficio” del autor “original”. Sin embargo, la justicia sólo actúa cuando hay literalidad. Dicho de otro modo, en la actualidad es como si castigáramos a quien roba en un banco si lo hace con violencia o lo hace sin violencia: si lo que se castiga es el robo en sí, el modo de hacerlo no debería eximir la culpa.

Gladwell consideraba aquella obra de teatro una maravilla. Amplificaba su artículo, y también daba un nuevo enfoque a la obra de Lewis. Pero Lewis no podía evitar sentirse ultrajada por ello. La obra de teatro era un éxito, tenía buena crítica, hacía disfrutar al público… pero la demanda de Lewis hizo añicos, en un santiamén, toda la reputación de la dramaturga.

Algo no funcionaba bien.

En el mundo de la música, donde los préstamos musicales son más comunes y forman parte del andamiaje de muchas composiciones, la situación todavía resulta más grotesca (si nos limitamos a hablar de arte y creatividad, aunque no dudo que es muy rentable económicamente para los que comercian con la música).

En 1992 los Beastie Boys sacaron una canción titulada “Pass the Mic”, que empieza con un simple de seis segundos tomado de la composición de 1976 “Choir”, del flautista de jazz James Newton. El simple era un ejercicio de lo que llaman multifonética elemental, donde el flautista “sobresopla” el instrumento a la vez que canta en falsetto. En el caso de “Choir”, Newton tocaba un do con la flauta y luego aullaba un do, un re bemol y otro do; y la distorsión del do sobresoplado combinada con su vocalización creaba un sonido sorprendentemente complejo y tormentoso. En “Pass the Mic”, los Beastie Boys repitieron el simple de Newton más de cuarenta veces. El efecto era fascinante. En el mundo de la música, la obra con derechos de autor entra en dos categorías: la ejecución de una música grabada y la composición base de dicha ejecución. Si usted escribe un rap y quiere samplear los coros de Billy Joel en “Piano Man”, primero necesita el permiso de la discográfica para usar la grabación de “Piano Man” y luego el de Billy Joel (o quien posea su música) para usar la composición subyacente. En el caso de “Pass the Mic”, los Beastie Boys obtuvieron el primer permiso (los derechos para usar la grabación de “Choir”) pero no el segundo. Newton presentó una demanda y perdió; y la razón por la cual perdió sirve como introducción útil a la hora de reflexionar sobre la propiedad intelectual.

Vía | Lo que vio el perro de Malcolm Gladwell

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