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Lo que se vende gratis genera dinero o la estupidez de pagar por la cultura

Lo que se vende gratis genera dinero o la estupidez de pagar por la cultura
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En Papel en Blanco ya se ha analizado en numerosas ocasiones la conveniencia de aplicar un canon en las bibliotecas. Por primera vez en la historia, gracias a Internet, podemos minimizar los gastos de distribución y copia de la cultura casi a cero. Así pues, no basta con recurrir a la respuesta que siempre se ha esgrimido sobre esta cuestión: "la cultura se paga al igual que se paga cualquier otra cosa". Porque el fuego que mantiene encendida una vela puede encender otras velas sin menoscabo de la vela original, y rentabilizar eso económicamente provocará que muchos de nosotros nos quedemos a oscuras. No resulta una idea fácil de digerir, por supuesto, pues hemos nacido en otro tipo de mundo muy distinto al actual, y nos resistimos a adoptar nuevos esquemas mentales.

Pero si los músicos, y ahora lo escritores, van a tener problemas para ganarse la vida con su trabajo (bueno, siempre los tuvieron, porque los que en verdad sacan tajada son las editoriales, los productores y los distribuidores) quizá deberían buscar otras formas de hacerlo que no sean perpetuar un periclitado modelo de negocio.

Aún recuerdo los días en los que casi nadie admitía que el intercambio de archivos a través de redes de pares era completamente legal (y hasta necesario para oxigenar la cultura). En los primeros y tímidos debates televisivos, por ejemplo, la mayoría de polemistas demonizaban estas actividades, sólo achacables a individuos nacidos del lumpen; incluso el público presente renegaba de los novedosos argumentos de abogados como David Bravo o periodistas como Nacho Escolar.

Las cosas, afortunadamente, están cambiando. En los últimos debates televisados sobre piratería e Internet, las voces que criminalizan el intercambio libre de cultura o la necesidad de la copia privada para el desarrollo social se relacionan con lo carca, con lo inmutable, casi con lo mafioso. Teddy Bautista y Ramoncín (SGAE) han pasado de ser héroes (si alguna vez lo fueron) a convertirse en aburguesados tiburones de las finanzas que sólo intentan salvar un negocio sumamente lucrativo.

Y las cosas están cambiando todavía más cuando se aprueban cánones injustos y desproporcionados que gravan toda clase de objetos susceptibles de facilitar el intercambio o almacenaje de cultura. Prueba de ello es el espléndido artículo de opinión que leía hace algún tiempo en El Periódico, casi a página completa, firmado por Jaume Ribera, profesor del IESE. En él habla del delito de la piratería o el top manta (no confundir con el intercambio de archivos sin ánimo de lucro) y de la injusticia de un canon que minimice las pérdidas económicas de la industria musical.

Extraigo dos fragmentos:

¿Quién aceptaría en una democracia que la penalización por un delito se distribuyera entre todos los ciudadanos en vez de castigar a quien lo comete? Imaginemos que a partir de una estimación del número de conductores que exceden la velocidad límite en las autopistas, se calculara el total de multas a recaudar y se distribuyera esta cantidad a pagar entre todos los conductores con independencia de la velocidad a la que circulan. Se podría incluir en el precio del coche el promedio de multas que debería pagar cada conductor y así podríamos evitarnos la policía de tráfico. ¿Lo aceptarían los ciudadanos? Más o menos esto es lo que hace el canon digital. (...) Hay ya antecedentes de situaciones similares al canon digital. Los grandes almacenes incrementan los precios para compensar los robos de artículos de sus tiendas. La diferencia está en que entre los grandes almacenes hay competencia y como cliente puedo optar por cambiar si uno de ellos me aplica un canon de robo excesivo. Desgraciadamente, con el canon digital no tendré opción de cambio. Para aprovechar lo que ya me habrán cobrado, ¿tendré que convertirme en pirata?

En el otro extremo del debate, y descendiendo a las catacumbas de la oligofrenia y el buenrollista y meándrico discurso del porro, me encuentro con una entrevista realizada a Pau Doné, de Jarabe de Palo, por parte de los lectores de elmundo.es:

Pregunta: “No robes”‚“eres un ladrón”‚ ¿sabe usted que la copia privada no es un delito? Respuesta: No me vengas con rollos.

En este mundo, los cerebros de la gente funcionan a dos velocidades. O a tres, si nos ponemos quisquillosos. Los que funcionan a baja velocidad serían los que se empecinan en promulgar un modelo de negocio cultural basado en la venta de soportes físicos en estanterías físicas y bajo los dictámenes de distribuidores. Cada día están más lejos. Sus pataleos, en la distancia, ya casi parecen paródicos. La distancia también te otorga una visión entre asombrosa y terrible del cambio: vivíamos en una auténtica dictadura económica y social, que hasta comprometía las libertades fundamentales. No exagero.

Luego hay cerebros que funcionan a muchas revoluciones por minuto, que están sincronizados con los vertiginosos cambios que impone la nueva sociedad de información, las redes sociales, las webs 2.0 y tantas otras cosas que seguramente aparecerán en pocos días, o minutos. Chris Anderson, editor jefe de la revista Wired, pertence a este segundo grupo, y así lo demuestra su artículo, que es una anvanzadilla de lo que será su libro Free, que aparecerá a principios de 2009.

Gentileza de Enrique Dans, reproduzco sus impresiones tras la lectura del artículo de marras:

Chris desgrana de manera magistral las razones por las cuales, en una economía como Internet en la que los costes tienden a cero, el futuro de los negocios es el ofrecer productos gratuitos, en cualquiera de las seis versiones de gratuidad que propone en su taxonomía: freemium, publicidad, subsidios cruzados, coste marginal cero, intercambio de mano de obra y economía del regalo. Una taxonomía que va a convertirse en una especie de biblia para todo aquel que tenga un negocio que de alguna manera tenga su base o se extienda en Internet. Podemos discutir los costes inherentes a la actividad, los de almacenamiento, ancho de banda o lo que queramos, pero finalmente todo se reduce a lo mismo: que algo sea gratis no quiere decir que no vaya a generar dinero, de acuerdo con cualquiera de los modelos expuestos en la taxonomía. En el momento en que las actividades de una empresa rozan lo digital o la red, el modelo gratuito pasa a ser ya no una opción, sino la única opción.

Para los que manejen el idioma del Shakespeare, aquí está el artículo original.

Ah, se me olvidaba: el tercer grupo de personas son los que ni siquiera se mueven por sí mismos, no poseen ningún tipo de locomoción, sólo se dejan arrastrar por la marea y se contentan con lo que la misma marea les deja en la orilla. Los nuevos analfabetos funcionales que se creen que la Red sirve para pescar.

En Papel en Blanco | Todas las noticias sobre el canon bibliotecario Más información | Free Culture, de Lawrence Lessig (por supuesto, gratis)

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