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5 mitos comúnmente creídos de la literatura (II)

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Como adelantábamos en la primera entrega de esta serie de artículos, otro problema de las masas es que las masas acuden mucho al cine pero leen pocos libros, de modo que, erróneamente, las masas creen que el color de la piel del monstruo de Frankenstein era verde. Sin embargo, en la novela de Mary Shelley era amarillo.

2. El monstruo de Frankenstein no era verde

En este fragmento podemos comprobarlo:

La piel amarilla apenas le cubría la musculatura y las arterias; el pelo era abundante y de un negro intenso; los dientes de una blancura perlada; sin embargo, estos atributos no hacían más que aumentar el horrible contraste con los ojos acuosos, casi del mismo color que las órbitas blanquecinas en que se encontraban, la piel marchita y los labios rectos y negros.

Es decir, que el monstruo de Frankenstein tampoco tenía la cabeza plana y tornillos en el cuello. Estas ideas surgieron de Jack Pierce, el maquillador de los estudios Universal que participó en la adaptación cinematográfica protagonizada por Boris Karloff. Aunque la película se rodó en blanco y negro, los carteles promocionales lo presentaban de color verde.

Cuando Frankenstein se convirtió en cómic a principios de 1940, el monstruo también aparecía con la piel verde. Y la convención de este color duró hasta mediados de 1960, con la serie “La familia Monster”.

Además, Frankenstein no era grandote, torpe, casi un robot o un zombi ranqueante en la novela de Mary Shelley sino ágil y rápido. Además, podía hablar, y lo hacía de una forma un poco pedante y pomposa, pues se había educado a sí mismo leyendo El paraíso perdido de Milton. Tal y como explica John Lloyd en El nuevo pequeño gran libro de la ignorancia:

Al igual que una parodia trágica de Adán, el primer hombre, se niega a comer carne y vive de “frutos secos y bayas”. El rechazo de Frankenstein y la soledad y la vergüenza que siente por su horrible aspecto lo llevan a buscar venganza y a asesinar. Su último acto es llegar al Polo Norte y quemarse en una pira funeraria, para borrar todo rastro de su existencia.

3. Los zapatos de cristal de La Cenicienta no eran de cristal

De hecho, los zapatos de Cenicienta son de cristal por culpa de una mala traducción.

En el cuento de La Cenicienta de Perrault, el famoso zapato hubiera tenido que ser de “vaire” (un tipo de piel) y no de “verre” (cristal). Así lo aseguró la escritora española Mariasun Landa, Premio Nacional de Literatura Infantil, quien explicó que el mítico cuento del escritor francés Charles Perrault fue mal traducido y en realidad el calzado era de cuero

Pero ¿a que quedan mejor siendo de cristal?

En la siguiente y última entrega de esta serie de artículos desmontaremos dos más.

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