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¿Cómo crear la lengua perfecta? (I)

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A rebufo de mi serie de artículos Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura, os quiero referir algunos ejemplos de personas que, en alguna ocasión, intentaron superar nuestras barreras biológicas y lingüísticas para forjar una lengua que realmente fuera perfecta, ajena a las arbitrariedades y ambigüedades de las lenguas que pueblan el mundo (y que posiblemente hacen que el arte sea tan fecundo como lo es).

Desde los tiempos de Hildegarda de Birgen, una mística del siglo XII, muchas personas han intentado construir lenguas más sensatas a partir de cero. Tal vez uno de los esfuerzos más destacables lo realizó John Wilkins (1614-1672), que abordó la preocupación de Platón por la sistematización de las palabras. Por ejemplo, si todos son felinos y se parecen tanto entre sí, ¿por qué las palabras gato, tigre, león, leopardo, jaguar o pantera se parecen tan poco?

En su obra de 1688, An Essay Towards a Real Character and a Philosphical Language, Wilkins intentó crear un léxico sistemático no arbitrario, basándose en que las palabras debían reflejar las relaciones entre las cosas.

Para ello, elaboró una tabla constituida por cuarenta conceptos principales, que abarcaban desde cantidades, tales como magnitud, espacio y medida, hasta cualidades, tales como hábito y enfermedad, y luego dividió y subdividió cada concepto sutilmente. La palabra “de” hacía referencia a los elementos (tierra, aire, fuego y agua); la palabra “deb” hacía referencia al fuego, el primer elemento (en el esquema de Wilkins); “deb”, a una parte del fuego, es decir, una llama; “deba”, a una chispa, y así sucesivamente, de modo que cada palabra estaba estructurada cuidadosamente (y de manera previa).

En la mayoría de lenguas, sin embargo, las palabras nuevas se adquieren por razones azarosas, y nadie se preocupa de que se relacionen lo mejor posible con las ya existentes. Por ejemplo, cuando un hablante oye una palabra poco común cuyo significado desconoce, por ejemplo “ocelote”, ni siquiera tiene un punto de partida para determinar su significado. Muchas otras palabras, si no dominamos a fondo en griego y el latín, tampoco intuiremos sus acepciones si previamente no las leemos en el diccionario.

Es decir, allí donde Wilkins prometía sistematización, nosotros disponemos sólo de etimología, la historia del origen de las palabras.

Tal vez el único intento de creación de una lengua perfecta que ha tenido cierto arraigo sea el caso del esperanto; y también una lengua que cierto sector profesional usa a menudo pero que nadie habla normalmente. De ambas os hablaré en la próxima entrega de esta serie de artículos.

Vía | Kluge de Gary Marcus

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