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¿Cómo crear la lengua perfecta? (y III)

¿Cómo crear la lengua perfecta? (y III)
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Pascal, C, Fortran, LISP y otros tantos son lenguajes perfectos, regidos por la lógica más férrea, pero se emplean exclusivamente en el ámbito informático. Estos ejemplos de lenguajes ponen de manifiesto que, para comunicarse, no es necesario que las lenguas presenten tantas complejidades como las que usamos en el día a día.

Con un programa bien construido, ningún ordenador vacila jamás sobre cuál ha de ser su siguiente tarea. Seguramente estos lenguajes se quedan un poco cojos a la hora de componer poesía o metáforas, pero sin duda resultan mucho más efectivos que los nuestros a la hora de ser claros, sin ambigüedades ni otras flaquezas de la claridad expositiva.

Sin embargo, por claros que sean los lenguajes informáticos, nadie habla en C, en Pascal o en LISP. Puede que Java sea la lengua franca actual del mundo de la informática, pero yo desde luego no la emplearía para hablar del tiempo. Los ingenieros de software dependen de procesadores de textos especiales que marcan, colorean y siguen el rastro a sus palabras y paréntesis, precisamente porque la estructura de los lenguajes informáticos resulta poco natural para la mente humana.

Al parecer, la rigidez es rechazada por nuestra mente, todavía demasiado conectada con las partes antiguas de nuestra mente reptiliana. Esa mezcla de razón y sinrazón es indudablemente el motor de la literatura y la poesía. No es que decidamos hablar así para resultar más connotativos, sino que no nos queda otra alternativa.

O dicho con palabras más agresivas: si nunca hubiéramos creado la literatura y la poesía, probablemente la comunicación con el prójimo hubiera traído aparejados muchas menos dificultades. ¿Qué mundo es mejor? ¿Uno poético y ligeramente caótico que causa conflictos continuos entre los individuos? ¿O uno frío que minimiza el conflicto y glorifica el orden? No importa cuál prefriráis: vuestro cerebro sólo está cableado para escoger una de las alternativas. Y, en consecuencia, para defenderla a capa y espada, aunque sea con argumentos más viscerales que racionales.

Sin embargo, han existido individuos que intentaron generar lenguajes tan matemáticamente perfectos como los lenguajes informáticos, a fin de que fueran hablados por las personas. El intento más conocido, y seguramente el único, pertenece a James Cooke Brown, en la década de 1950.

Su lenguaje se llamó loglan. Además del vocabulario sistemático que ya presentaba la lengua inventada por Wilkins, incluye 112 palabras que rigen la lógica y la estructura.

Muchas de estas palabritas tienen equivalentes en las lenguas naturales (tui, “en genenral”); tue, “además”; tai “sobre todo”), pero las palabras realmente cruciales corresponden a cosas como los paréntesis (ausentes en la mayoría de lenguas) y herramientas técnicas para designar a individuos concretos mencionados anteriormente en el discurso. El pronombre “él”, por ejemplo, se traduciría como “da” si se refiere al primer antecedente singular de un discurso, “de” si se refiere al segundo; “di” si se refiere al tercero; “do” si se refiere al cuarto; y “du” si se refiere al quinto. Por poco natural que esto pueda parecernos, dicho sistema eliminaría un considerable nivel de confusión en torno a los antecedentes de los pronombres.

Con todo, el loglan ha tenido mucho menos éxito que el esperanto. A pesar de su origen científico, carece de hablantes nativos. Sencillamente, nuestra mente no sabe adaptarse a la lógica y la matemática. Se adapta con mucha más fluidez a lenguas llenas de parches y ambigüedades como el inglés.

De modo que hablamos como hablamos no porque sea la mejor manera de comunicarnos, sino porque es lo máximo que da de sí nuestro cerebro, adaptado más bien a otros problemas más perentorios, como la búsqueda de alimento o la supervivencia en la sabana, antes que a las discusiones de altos vuelos con el prójimo.

Vía | Kluge de Gary Marcus

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