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¿Cómo la tecnología está cambiando la literatura y nuestra forma de leer… a peor?

¿Cómo la tecnología está cambiando la literatura y nuestra forma de leer… a peor?
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Como lo prometido es deuda, aquí os presento un análisis de cómo la tecnología está modificando inadvertidamente la literatura contemporánea. Así que, siguiendo la línea abierta en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), vamos allá.

Aunque nadie cree que los libros impresos vayan a desaparecer en un futuro cercano, lo cierto es que los libros electrónicos son cada vez más cómodos y útiles: sólo consumen energía cuando pasamos la página, no hay retroiluminación que canse la vista, la definición es equivalente a la de un papel impreso, podemos transportar miles de libros es sólo unos gramos de peso, etc.

Es decir: los libros electrónicos están introduciéndose en nuestros hábitos lectores de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que producen. Pero como ya profetizó Mcluhan: un cambio en el medio implica un cambio en el contenido.

El principal problema de los libros electrónicos es que inevitablemente cada vez se parecen más a los ordenadores: tienen conexión a Internet, posibilidad de incluir hipervínculos, sonido, animaciones, vídeos, redes sociales, bloc de notas, diccionario. Finalmente, leer en un libro electrónico, salvo por la comodidad, se parece bastante a leer en una pantalla de ordenador con conexión a Internet. Y, como ya os expliqué en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), ello influye en nuestra capacidad de leer textos profundos con una cuota de atención sostenida.

En pocas palabras, y tal y como señala el psicólogo Steven Johnson, la inmersión absoluta en otro mundo creado por el autor podría verse comprometido. El e-book nos aboca a terminar leyendo libros tal y como leemos revistas y periódicos: picoteando de aquí y de allá. Incluso leyendo a la inversa: yo mismo empiezo a leer siempre el periódico por la última página.

Veamos cómo Christine Rose, del Centro de Ética y Política Pública de Washington, narra la experiencia de leer Nicholas Nickleby de Charles Dickens en un Kindle, el e-book de Amazon:

Aunque al principio me despisté un poco, enseguida me adapté a la pantalla y me hice con los mandos de navegación y paso de página. Pero se me cansaban los ojos y la vista se me iba de un lado a otro, como me pasa siempre que leo algo largo en el ordenador. Me distraía mucho. Busqué Dickens en la Wikipedia y me metí en el típico jardín de Internet al pinchar en un vínculo que llevaba a un cuento de Dickens: “El cruce de Mugby”. Veinte minutos más tarde aún no había vuelto a mi lectura de Nicholas Nickleby en el Kindle.

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Nuestra forma de leer libros está cambiando a medida que leemos libros electrónicos. Y, por supuesto, eso también acabará afectando a los tipos de libros que publicarán las editoriales: si cada vez se huye más de las lecturas farragosas y se apuesta por la “lectura de autobús”, imaginaos lo que nos espera en la era digital, en la que todos llevaremos completos dispositivos tecnológicos en el bolsillo.

Japón ya presenta un llamativo ejemplo de este proceso: en 2001 varias jóvenes japonesas empezaron a componer relatos en sus teléfonos móviles, bajo la forma de mensajes textuales que cargaban en una página web, Maho no i-rando, donde otras personas los leían y comentaban. Estas historias se expandieron como seriales o “novelas telefónicas” de popularidad creciente. Algunas de estas novelas tuvieron millones de lectores “online”. Los editores tomaron nota y empezaron a sacarlas como libros impresos. A finales de la década estas novelas de teléfono móvil habían pasado a dominar las listas de los libros más vendidos del país.

Otros cambios se producirán de forma más sutil. Por ejemplo, a medida que los lectores accedan a las novedades bibliográficas a través de búsquedas en Internet, los autores se verán cada vez más presionados para emplear determinadas palabras con más probabilidades de ser escogidas en esas búsquedas. Es lo que ya hacen los blogueros.

Steven Johnson apunta algunas probables consecuencias:

Los escritores y editores empezarán a preocuparse por cómo determinadas páginas o capítulos vayan a aparecer en los resultados de Google, y diseñarán las secciones específicamente con la esperanza de que atraigan esa corriente constante de visitantes llegados mediante una búsqueda. Los párrafos iniciales llevarán marcadores descriptivos que orienten a los potenciales buscadores; y se probarán distintos títulos de capítulos para determinar su visibilidad para las búsquedas.

Es decir, que el lenguaje mismo se verá alterado, incluso degradado. Es algo parecido a lo que ya ocurrió cuando se pasó de una cultura oral a una cultura escrita: cuando el autor supo que existía un lector atento y comprometido tanto intelectual como emocionalmente con su texto, modificó su manera de expresarse por escrito hasta que se separó totalmente de la forma de expresarse oralmente: explorando la riqueza del lenguaje. Una riqueza que sólo podía asimilarse a través de la página impresa.: nadie habla por la calle con la ampulosidad con la que Góngora escribía, por ejemplo.

Con la lectura digital está pasando justo lo contrario: ya no se expandirá el vocabulario, ni se ensancharán los límites de la sintaxis, ni tampoco se aumentará la flexibilidad y la expresividad del lenguaje en general. Lo que ocurrirá es que la literatura tenderá a ser accesible a fin de que el lector no pierda el hilo. Puede que incluso la literatura se acabe volviendo más accesible y sencilla que la propia expresión oral.

Crucemos los dedos para que no pase.

Por de pronto, un grupo de catedráticos de la Universidad de Northwestern ya dejó escrito en 2005 para la Annual Review of Sociology, que “la era de la lectura masiva ha sido una breve anomalía de nuestra historia intelectual (...). Estamos viendo cómo ese tipo de lectura vuelve a su antigua base social: una minoría que se perpetúa a sí misma, lo que podríamos llamar la clase leyente.” La cuestión pendiente de resolver es si esta clase leyente tendrá “el poder y el prestigio asociados a una forma cada vez más rara de capital cultural” o se les verá como a gente rara adepta a “una afición cada vez más arcana”.

Tras estas consideraciones un tanto apocalípticas (aunque pertinentes a fin de gestionar mejor lo que se nos viene encima), sólo me queda agradecer la paciencia y la resistencia numantina a los cambios tecnológicos a todo aquél que haya conseguido llegar hasta estas alturas del artículo. Si es que ha llegado alguien.

Vía | Superficiales de Nicholas Carr

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