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¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (I)

¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (I)
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Leer mucho implica, generalmente, acumular muchos libros. El buen lector acostumbra a ser también un coleccionista de volúmenes y más volúmenes. Nos cuesta desprendernos de los libros que hemos consumido, por romanticismo, por apego, por lo que sea. Y eso lleva aparejados una serie de inconvenientes: el polvo, por ejemplo, es uno que me atañe a mí particularmente. Pero uno de los problemas más ubicuos es el del espacio.

En el libro Pensar/ Clasificar, Georges Perec plantea la idea de construirse una biblioteca casera con exactamente 361 libros (regalando uno si se incorpora otro). De este modo, nos ahorraríamos muchos problemas. Algo así como el Top10. Bueno, Top361.

Sin embargo, Perec también cuesta sus dificultades para organizar un número tan manejable de libros. Primero lo intenta por volúmenes:

aflorando el problema de autores con Obras completas en 1 volumen y otros con varios volúmenes, lo cual le obligó a fijar mejor 361 autores, pero novelas de caballería y diversos anónimos hicieron desistir de este criterio. Pasó entonces a considerar 361 temas encontrando nuevas dificultades.

Alguien que de verdad tuvo dificultades para almacenar sus libros fue un tal Karl Menger, el que fuera el alma matemática del Círculo de Viena. A Menger le abandonó su mujer seguramente por su obsesión de acumular libros, algo así como un Síndrome de Diógenes Cultureta.

Cuando ya los libros habían agotado todos los espacios razonables en las paredes, Menger empezó a hacer montones en los suelos, siguiendo determinados criterios de apilamiento. Y los diferentes montones de libros fueron ocupando gran parte de la casa dejando, por supuesto, unos pasillos entre ellos por los cuales poder desplazarse en el interior. Este gran matemático inventor, entre otras muchas cosas, de la teoría de la dimensión, había logrado dar ”dimensión tres” a su biblioteca particular.

Cuando mi biblioteca llegó a tener más de 1.000 volúmenes y, debido a mi alergia al polvo, no dejaba de estornudar, tomé una decisión. Una decisión que fue espoleada también a causa de una mudanza que se me venía encima. Mi decisión fue que mi biblioteca sería la biblioteca de mi barrio, y que leer ya no tendría que estar asociado necesariamente a poseer. Sí, conservaría determinados libros por su valor sentimental, pero me desharía del 80 % restante. Si quería volver a alguno de ellos, confiaba en que, en un futuro, Google acabaría digitalizando todas las obras. Era una cuestión de supervivencia.

Sin embargo, también empecé a hacer otra cosa, que curiosamente tiene mucho que ver con la figura de Erasmo de Rotterdam. Pero eso os lo explicaré en la próxima entrega de este artículo.

Vía | El club de la hipotenusa de Claudi Alsina

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