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¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (y II)

¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (y II)
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A Erasmo de Rotterdam le gustaba tomar notas en los libros que leía. Así los hacía más suyos. Pero también le permitía fortalecer la memoria de lo que leía.

En su libro De copia, hizo esta conexión entre memoria y lectura cuando instaba a los estudiantes a hacer anotaciones en sus libros, usando “el signo apropiado” para marcar “las apariciones de palabras chocantes, una dicción arcaica o novedosa, brillantes destellos de estilo, adagios, ejemplos y comentarios concisos que merezca la pena memorizar.”

Lo explica así Nicholas Carr:

También sugirió a todos los estudiantes y profesores llevaran un bloc de notas, organizadas por temas, “para que cada vez que (el profesor) señale algo digno de quedar escrito, pueda anotarse en la sección correspondiente”. La transcripción de los fragmentos a mano y su declamación habitual ayudarían a asegurar que se fijaran en la mente. Los pasajes debían verse como flores que, arrancadas a las páginas de los libros, pudieran conservarse entre las de la memoria.

Sentí una especial trepidación al leer lo que aquí cuenta Erasmo porque yo, años ha, también llegué a unas conclusiones similares. Aunque fui un poco más allá. No sólo tomaba nota de lo que me parecía digno de guardar, sino que directamente troceaba el libro, fotocopiaba páginas e incluso las arrancaba para almacenarlas.

Sí, sé que suena sacrílego. Pero eran los libros o yo. Un poco me sentía como Séneca cuando emplea la metáfora de la botánica para describir el papel esencial que desempeña la memoria en la lectura y el pensamiento:

Emulemos a las abejas y mantengamos en compartimentos separados lo que hemos recogido de nuestras diversas lecturas, porque lo que se conserva por separado se conserva mejor. Luego, aplicando con diligencia todos los recursos de nuestro talento innato, mezclemos todos los néctares que hemos probado para convertirlos en una sola sustancia tan dulce que, aun siendo evidente dónde se originó, parece muy diferente de lo que era en su estado original.

Durante en Renacimiento, los estudiantes llevaban siempre encima unos cuadernos donde apuntaban aquello que les parecía digno de recordar o de saber para siempre. Estos cuadernos se llamaban “libros [de lugares] comunes” o simplemente “lugares comunes”.

Francis Bacon observó que “difícilmente puede haber algo más útil” como “sólida ayuda para la memoria” que “una buena y sabia recopilación de lugares comunes”.

Según Naomi Baron, catedrática de Lingüística de la American University, en el siglo XVIII el “libro de lugares comunes de un caballero” servía “de vehículo así como crónica de su desarrollo intelectual”.

Mi cuaderno se llamó Cuaderno Escible. La palabra escible es una palabra en desuso que significa que debe o puede saberse. Pero no sólo garabateo en mi cuaderno, sino que también introduzco en carpesanos fotocopias de todo lo que voy leyendo, o páginas de libros arrancadas (siento ser sacrílego de nuevo).

Recuerdo haber leído que en Alejandría se dividían los libros en retóricos, legisladores, misceláneos, filósofos, historiadores, médicos, poetas épicos, poetas trágicos y poetas cómicos, así que yo también opté por una clasificación un tanto particular de toda esta información. Tras releerlo todo, unirlo, recombinarlo, aplicar diversas reglas heurísticas, experimentar y luego descartar varios métodos de organización que subdividían los apuntes en árboles de infinitas ramificaciones, terminé por agruparlo todo en cuarenta temas. De esta forma podía leer acerca de lo que me apetecía sin verme obligado a bucear en miles de páginas inconexas.

Las materias habituales las consideraban divisiones porosas, demasiado generalistas, y los autores, bien, ningún autor escribía siempre sobre la misma materia ni lo hacía con la misma gracia. Así pues, no tenía ningún inconveniente en aplicar tamaña mutilación sistemática de las obras que leía. Y lo llevo haciendo desde hace veinte años.

Por ejemplo, tengo un rimero de páginas descuajado de una enciclopedia de medicina que fue incorporado a un tratado de neurología (que a su vez ya estaba retocado y mutilado por otras partes). O una página de una novela romántica se halla engomada junto a un fragmento de una tesis sobre el romanticismo decimonónico, otras tres páginas de afecciones neurológicas en el sistema límbico y las primeras líneas de un ejemplar antiquísimo de magia tántrica, líneas que han sido recortadas meticulosamente con unas tijeras, excluyendo toda palabra que no guardase relación con la materia que trataba aquel rompecabezas cultural.

Es un poco como confeccionar palimpsestos temáticos basados en la idiosincrasia de su clasificador. De esta forma, no sólo violo los formatos originales en las que han sido plasmadas las obras, sino que violo la autoría y le saco la lengua a la SGAE, creando una batiburrillo sin ningún autor de verdad, porque cada uno, apócrifamente, interviene con un destello de genialidad aislado en la formación de una obra más magna que sus partes. Y, de añadidura, toda esta guillotina también me sirve para seguir acumulando libros sin que ocupen demasiado espacio de mi casa: acumulo sus esencias, aquello que quiero poseer.

Sí, supongo que pensaréis que, además de ser epistémicamente hambriento, soy un tipo peligroso. Pero ¿no somos un poco así todos nosotros? Cuando ordenamos por orden alfabético, el azar de las letras condena a los autores cuyo apellido comienza por Z al estante más lejano. Cuando clasificamos por materias, ya emitimos un juicio de intenciones por parte del autor. Cuando leemos, hay párrafos que podemos pasarlos por alto, leerlos más rápido y con menos interés o a la inversa. Incluso, si buscamos una información muy concreta, podemos obviar el resto de la obra.

El autor no tiene ninguna potestad para obligarnos a engullir su pensamiento en un bloque hermético. Así pues, si para nosotros la antigüedad, el estado de conservación o su pertenencia a un autor consagrado o desconocido no tiene valor per se, sino que el único valor está en el conocimiento que se transmite, no veo ningún oprobio en armar el rompecabezas de una biblioteca tal y como lo hacemos mentalmente, pero llevado al plano físico; aunque el autor se revuelva en su tumba o en su panteón familiar. Si quería que su pensamiento y sus ideas permanecieran incólumes, que no las hubiera sacado nunca de su cabeza, vamos, digo yo. Las ideas viven por sí misas, no requieren de ninguna cabeza ensambladora para ello, sino del confortable lecho del acervo cultural de toda la humanidad.

Hale.

Puedes leer la primera parte de este artículo aquí.

Vía | Superficiales de Nicholas Carr

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