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Comparando las primeras frases de dos célebres novelas para entender la naturaleza humana (I)

Comparando las primeras frases de dos célebres novelas para entender la naturaleza humana (I)
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A veces, fijar la atención en cosas nimias, incluso cotidianas, permite extraer conclusiones que en absoluto resultan nimias ni cotidianas. Así que sigamos el consejo, y fijémonos en un rasgo nimio en una novela: la primera frase. La primera frase de una novela puede hacer muchas cosas: puede instigarnos a continuar la lectura, o puede desalentarnos.

También puede definir el tono del libro que nos espera.

Leamos la primera frase de la novela de Charles Dickens David Copperfield:

Si resultara que soy el héroe de mi propia vida, o si ese puesto lo ocupara otra persona, estas páginas lo dirán.

Leamos ahora la primera frase de la novela de J. D. Salinger El guardián entre el centeno:

Si de verdad le interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no me apetece contarles nada de eso.

Ambos principios de novela no podrían ser más contrapuestos. Parece que Dickens abogara por la importancia del medio, de la cultura, de lo que nos rodea, a fin de explicar cómo uno acaba siendo una cosa u otra.

Salinger, por el contrario, parece defender la idea de que nacemos como nacemos, somos como somos desde el principio, y poco o nada importa lo que nos rodea para cambiar eso.

Es el típico debate ambientalismo-natalismo, educación-herencia genética. Un debate que ni mucho menos ha concluido aún entre la comunidad científica (de hecho, la postura más adecuada, a la luz de lo que sabemos sobre el ser humano, es una mezcla entre ambiente y genes, entre lo que somos y lo que podemos ser).

En ese sentido, podríamos interpretar los libros de Dickens y Salinger desde un punto de vista biológico, técnico.

Dickens y Salinger emplean en sus páginas más o menos los mismos miles de palabras. Pero hay palabras que Dickens usa pero que Salinger no usa, y viceversa. Por ejemplo, Dickens usa palabras como “redaño” y “displicente”. Salinger usa palabras como “ascensor” y “mierda

Pero, a pesar de las diferencias, entre la obra de Dickens y la obra de Salinger hay una concordancia léxica de al menos un 90 %. Asombra cómo se pueden decir cosas tan diferentes, incluso antagónicas, empleando recetas casi idénticas. Extrapolado al ámbito gastronómico sería como cocinar dos platos totalmente distintos sólo cambiando un par de ingredientes.

Pero si volvemos al ámbito biológico, genético, las recetas, en suma, que nos hacen como somos en gran parte, entonces las concomitancias son más asombrosas. La diferencia entre los dos libros de Dickens y Salinger no reside en el uso de un conjunto de palabras distintas sino en el patrón y el orden en que se emplean.

Del mismo modo, la diferencia genética (es decir, el libro de la vida, escrito con un alfabeto de cuatro letras, ACTG) entre un ser humano y un chimpancé no reside en los genes en sí, de los cuales compartimos la mayoría, sino que este conjunto de 30.000 genes se usa según un orden y un patrón distintos.

La eterna dicotomía entre cultura y biología (o moldeable e innato) no sólo produjo obras distintas con elementos muy parecidos sino que incluso concibió a dos autores de la misma sangre pero distinto cerebro.

Dos autores de los que os hablaré en la siguiente entrega de este artículo.

Vía | Qué nos hace humanos de Matt Ridley

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