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¿Cuál es el secreto de que un libro se convierta en Superventas?

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Lo primero que hay que advertir a los ávidos de fórmulas magistrales aplicables a la vida diaria (más compleja y enredada de lo que imaginamos) es que no existe respuesta tal pregunta. Si existiera, las editoriales se transformarían en bancos. Lo que sucede es que la mayoría de nosotros creemos que sí existe explicación (sobre todo a posteriori) para justificar el éxito apoteósico de una obra.

La falacia se parece mucho a la que se instala en nuestra cabeza cuando llevamos dos horas atrapados en un atasco de tráfico: ¿quién es el irresponsable que está provocando este maldito tapón? La respuesta (salvo que se haya producido un accidente que haya obligado a cortar la carretera) es nadie. La respuesta es el propio atasco, el propio sistema: a mayor número de coches, mayor cantidad de microfrenazos. Y ello se va incrementando progresivamente de coche en coche hasta que, sin saber muy bien cómo y gracias a las propiedades casi místicas de la dinámica de fluidos, zas, estamos atascados y encomendándonos a todos los santos del almanaque zaragozano.

Con los duendes que determinan el éxito de ventas de un libro ocurre una cosa parecida. La llamada recursividad consiste en la retroalimentación de un fenómeno mediante un número creciente de bucles; sucesos son la causa de más sucesos iguales pero de mayor entidad. Compramos un libro, básicamente, porque otros lo compran, originándose lo que en marketing se denomina “bola de nieve”. Es como una epidemia. Como una moda. Nuestra intuición se resiste a este comportamiento de la realidad (estamos programados para un entorno con causas y efectos más simples) y nuestra inteligencia y nivel de computación mediante ordenadores es todavía incapaz de decodificar esta mariposa del caos que agita sus alas en Pekín y provoca un tornado en Albacete.

Gracias a estas propiedades que todavía nadie sabe descifrar y mucho menos gobernar, escritores despreciados por sus coetáneos como Edgar Allan Poe o Arthur Rimbaud, ahora son adorados y de consumo obligatorio en muchos colegios. Incluso muchos de esos colegios llevan el nombre de quienes en su día fueron pésimos estudiantes. Así pues, los éxitos de ventas (menos mal) siguen siendo impredecibles en casi todos sus rasgos. Y el que intenta explicar el éxito de Harry Potter o El código da Vinci lo hace hilvanando cuatro o cinco concatenaciones de bajo nivel que ni mucho menos aciertan a explicar que el generador de tanto atasco, tanto claxon y tanta imprecación es algo que ni siquiera podemos imaginarnos en nuestra mente salvo que usemos modelos matemáticos de una complejidad que asusta.

Lo explica mucho mejor que yo Nassim Nicholas Taleb acerca del éxito de la religión católica frente a sus competidoras:

Al parecer, algunos peces gordos asumieron las ideas de un judío aparentemente herético con la suficiente seriedad para pensar que iba a dejar rastro en la posteridad. Sólo disponemos de una única referencia contemporánea a Jesús de Nazaret (en La guerra de los judíos, de Flavio Josefo), que bien pudo haber añadido más tarde algún devoto copista. ¿Y la religión competidora que surgió siete siglos después? ¿Quién predijo que una serie de jinetes iban a extender su imperio y la ley islámica desde el subcontinente indio hasta España en tan sólo unos años? Más que el auge de la cristiandad, el fenómeno que conllevaba mayor impredecibilidad era la expansión del islamismo (la tercera edición, por decirlo de algún modo); a muchos historiadores les ha sorprendido la contundencia del cambio. George Duby, por ejemplo, manifestó su sorpresa por la rapidez con que casi diez siglos de helenismo levantino fueron borrados con un solo golpe de espada. Un posterior titular de la misma cátedra en el College de France, Paul Veyne, comparaba con toda autoridad la difusión de las religiones a los éxitos de ventas, una comparación que indica impredecibilidad. Estos tipos de discontinuidades en la cronología de los acontecimientos no hacían de la historia una profesión fácil: el análisis aplicado y minucioso del pasado no nos dice gran cosa sobre el espíritu de la historia; sólo nos crea la ilusión de que la comprendemos.

De los miles de millones de pequeños sucesos que, unidos, provocan que se produzca un suceso, sólo al final, a toro pasado, captaremos únicamente media docena como relevantes para nuestra comprensión de lo sucedido. Nadie sabe por qué se vende tanto Harry Potter cuando Harry Potter no tiene nada objetivamente especial, y seguramente hay cientos o miles de Harry Potter al menos tan atractivos como el que finalmente ha triunfado. Y mucho menos nadie sabe de qué naturaleza será el próximo superventas. Algo es bastante seguro, ni será sobre magos imberbes ni sobre conspiraciones religiosas... ni tampoco sobre historias de amor descafeinadas (y asexuadas) sobre un chico vampiro y una chica humana.

Más información | El cisne negro

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