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¿Cuanto más aburrido, más interesante?

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De todos es conocida esa ecuación que postula que cuanto más soporífero y enrevesado es un libro mayor es su grado de profundidad. También ocurre a la inversa: cuanto más entretenida y adictiva es una lectura, mayor es su grado de superficialidad. La mayoría de nosotros estamos en contra de esta idea, sabemos que diversión o frivolidad no son sinónimos de superficialidad, y que ampulosidad tampoco es sinónimo de pensamiento más potente, como ya demostró genialmente Alan Sokal y Jean Bricmont en Imposturas intelectuales. Sin embargo, pese a que todos lo repetimos una y otra vez, seguimos sintiéndonos succionados por la afectación de un libro y no por su contenido. La cáscara es la que sirve para llamar la atención, no el fruto.

Valga esta reflexión como un grano de arena más en esa montaña que todo el mundo conoce pero que, en la práctica, se obstina en no mirar. Un grano de arena, espero, que moleste como un guijarro en el zapato.

A pesar de que escaseen los ejemplos, la sabiduría y la erudición no precisan de un vocabulario o una sintaxis especializados. Todo se puede explicar con palabras llanas y construcciones asequibles, aunque ello necesite de mayor inversión de energía y conocimiento por parte del autor. Energía que no se ve recompensada, pues es más fácil alcanzar la gloria escribiendo raro y difícil que haciéndolo digerible para la mayoría. Luego está el esnobismo de sentir que uno puede entender lo que la mayoría no entiende, claro. Y por último, tampoco debemos olvidarlo, existen personas que disfrutan de lo críptico, se solazan en la búsqueda del sentido, en la confusión, en la poética de lo inexpugnable. Aunque son menos personas de lo que parece.

Tampoco hay que considerar meritoria la impaciencia del lector: sería aburrido escribir sólo papilla digerible por toda clase de estómagos. Lo que hay que recordar es que, en muchas ocasiones, en muchas más de lo que creemos, el aburrimiento que nos suscita un libro puede servir de indicador del mérito del propio libro. No perder la paciencia jamás en determinada lectura, por muchos parabienes que haya recibido por parte de la crítica oficial, constituye un sufrimiento parejo al de buscar el dolor en la enfermedad. Todo autor puede inyectarle al texto unos miligramos de novocaína o cualquier otro anestésico local, así que exijámoslo.

Pero si nos topamos con un libro aburrido o complicado, ¿quién tiene la culpa? ¿El autor, por su falta de claridad expositiva o aires de grandeza, o nosotros, por ser poco cultos? Es una disyuntiva difícil. La inercia nos hace pensar que nosotros somos los ineptos. Montaigne decía que, por norma, deberíamos echar la culpa al autor: una prosa incomprensible suele ser fruto de la pereza antes que de la inteligencia, y que lo que se lee con facilidad pocas veces ha sido fácil de escribir.

La dificultad es una moneda que emplean los sabios, como los prestidigitadores, para no descubrir la vanidad de su arte, y con la cual la necedad humana se deja engañar fácilmente.

Si un libro intimida, parece que entonces haya que profesarle cierta reverencia. Si recelamos de él, entonces se pone en entredicho nuestra inteligencia, como si evitar el invertir nuestro precioso tiempo en textos ininteligibles (como la frase más larga de Proust) fuera signo de estupidez. Quizá la verdadera inteligencia resida en tomarse en serio, a priori, cualquier libro, independientemente de su índice ventas, su complejidad o su aceptación popular o académica.

Esta pretensión, lo sé, resulta utópica. Seguiremos siendo succionados por el poder irresistible de los adjetivos altisonantes, del polvo que acumulan las páginas, del inextricable sentido de oraciones sin freno, de las ideas poco claras, de los marchamos que indiquen academicismo y esnobismo, de los análisis meta-metatextuales, de los latinajos, de las citas de citas, de los intocables so pena de parecer poco leído, etcétera. Seguiremos así, yo incluido, pedante entre los pedantes, porque forma parte de nuestra naturaleza ser así. Pero es divertido y sano, y frívolo (que no superficial), reírse un poco de ello, aunque poco o nada se pueda cambiar.

Más información | Cómo cambiar tu vida con Proust

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