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De cómo un libro acaba siendo más prestigioso que otro

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Hoy voy a hablaros del prestigio. Pero no voy a hablar del factor más obvio que refuerza el prestigio: el tiempo, las arrugas valetudinarias, el pátina de polvo; sí, puede que mi afirmación sea propia de mi bisoñez o de mi incultura. Irónicamente, cuando lleve muchos años muerto, a ser posible unos cuantos siglos, es probable que se me tome un poco más en serio. O mejor todavía: usemos a un tipo ya muerto y prestigioso que diga lo que yo pienso y santas pascuas: En mi país de Gascuña consideran gracioso verme impreso. Cuanto más lejos de mi guarida llega el conocimiento que de mí se tiene, más valgo. El tipo es Montaigne, por cierto.

Pero, como ya he señalado, no voy a hablar del tiempo como coadyuvante del prestigio sino de un factor un poco más sutil: la ventaja acumulativa.

Quienes recibieron un fuerte empuje al inicio de sus carreras literarias o académicas, por ejemplo, seguirán gozando de constantes ventajas acumulativas a lo largo de su vida. Estos mecanismos de selección azarosa y destrucción de autores potencialmente brillantes es inherente a la naturaleza humana; es lo que se llama, en sociología, “ventaja acumulativa”.

Es decir, que de nuevo el prestigio parece que no surge de simple mérito o del esfuerzo, sino de una suerte de maridaje entre arbitrio e injusta selección darwiniana.

Esta tendencia se observa más fácilmente en un género literario donde precisamente debería imperar menos: el ensayo, el libro de filosofía, el texto de un pensador, la divulgación científica, etc. Digo lo de imperar menos porque se supone que esos libros son fuentes de sabiduría, y los conocimientos deberían valorarse por su peso intrínseco y no por devaneos sociológicos.

Supongamos que en un artículo científico cualquiera, independientemente de la materia a la que se refiera, se citan a X individuos que han trabajado en el tema. La mayoría de los individuos citados en el artículo poseen unos méritos académicos y unos niveles de popularidad semejantes. Entonces, otro investigador que se propone escribir otro artículo acerca del mismo tema, tras leer este primer artículo, tomará citas aleatorias de un puñado de estos individuos de referencia para su bibliografía. Esto no es tan extraño: muchos articulistas e investigadores citan referencias sin haber leído la obra original, sólo extraen lo que les interesan de lo ya extraído por el artículo consultado.

De esta forma, un tercer articulista que lea el segundo trabajo (a su vez un digest bibliográfico del primero), tomará citas de las citas de los autores ya previamente seleccionados por azar en el segundo artículo. De forma imprevista, el puñado de autores seleccionados en primer lugar empezará a despuntar, recibiendo mayor atención por nuevos articulistas y estudiosos, ya que se citarán en cada vez más textos.

Y ahora, gracias a esta fama llovida del cielo, estos académicos de referencia, además, podrán seguir escribiendo artículos y más artículos y les será más fácil publicar su obra, llegando también a más público. Este hecho alimentará recursivamente su propio éxito. (Por ello, los ya famosos pueden llegar a ser todavía más famosos que los que empiezan desde cero empleando el mismo grado de esfuerzo que estos últimos).

Esta especie de endogamia o arbitraria carrera darwiniana, finalmente, provoca que los autores que no son citados a menudo por motivos totalmente ajenos a la calidad de su obra, se vean obligados a abandonar para ponerse a trabajar para el Estado, por ejemplo, perdiendo por el camino mucho de su ímpetu visionario inicial: recordemos que los eruditos se consideran como tal sobre todo por el número de veces que su obra es citada en las obras de otros autores (sin contar que se suelen originar citas por compromiso: si él me ha citado, yo le citaré a él).

Nada podemos hacer por corregir estos mecanismos psicológicos y sociológicos subyacentes en toda actividad humana, sólo podemos aspirar a paliarlos y a lamentarnos de todas las mentes que han quedado silenciadas por los inextricables e indomables devaneos psicosociales que determinan el éxito, el poder, la fama y el mérito, como carambolas cósmicas. De ello depende no sólo que lleguen a la cúspide los que verdaderamente se lo merecen sino que los conocimientos que planean en la sociedad sea finalmente los más interesantes o brillantes y no los que recibieron un mejor enchufe.

Vía | El Cisne Negro de Nassim Nicholas Taleb

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