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¿De dónde salen las ideas originales? Los monos infinitos (I)

¿De dónde salen las ideas originales? Los monos infinitos (I)
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Los misterios de la creatividad. Los monos que, por casualidad, escriben una obra de Shakespeare. La negación del autor.

Indagar sobre los fundamentos del arte, sobre todo de la literatura, siempre me ha parecido fascinante. ¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? ¿Por qué la selección natural ha conservado esta característica que tanta inversión de recursos precisa?

Sin embargo, una de las preguntas que más me he formulado a lo largo de estos años es otra: ¿De dónde salen las ideas? Las ideas originales. Las que provocan genuflexiones y ovaciones en el lector.

Responder a esta pregunta con rigor, empleando de forma multidisciplinar todos los conocimientos que atesoramos sobre neurociencia, biología y hasta física, implica suspender la creencia sobre muchas cosas que creíamos ciertas. Cosas que la gente, con cierto aire romántico (y analfabeto) ha mantenido durante siglos, incluso a día de hoy.

Es más, a día de hoy creo que en mi vida (salvo una excepción, Jonathan Lethem, y quizá José Antonio Marina) he leído una entrevista a un escritor que roce siquiera de puntillas estos enfoque riguroso, propio de las ciencias duras. Los escritores acostumbran a hablar de su trabajo de forma abstracta, visceral, intuitiva, casi mágica, como si lo que hicieran fuera un misterio o una actividad que queda fuera de los límites del conocimiento empírico. Los escritores, en esta sociedad dual de letras/ciencias, dominan el huerto de su parcelita y se pierden más allá.

En general no existen escritores renacentistas, alfanuméricos.

Como paralelismo, ¿os imagináis a un reputado cocinero que no sólo ignorara cómo funciona el aparato digestivo sino que, además, desdeñara este conocimiento y elaborara teorías románticas sobre la razón de que un ser humano necesite alimentarse? “Se come para conectar tus sentimientos con los sabores”, por ejemplo, “y el magisterio de la ciencia no tiene nada que decir al respecto”.

Pero lo cierto es que la ciencia empírica, cada vez más, está desnudando todas estas mitologías e imprecisiones periclitadas. Y no dudo que ello acabará por desmontar los fundamentos de muchas cosas que creíamos ciertas. Por ejemplo, que el autor, como ente individual, no existe, o que el arte tampoco es posible sin el concurso del plagio más o menos soterrado (lo cual implica, a su vez, una profunda revisión sobre el funcionamiento de los derechos de autor).

Tranquilos, no voy a desgranaros ahora en qué se basa la ciencia para llevar a cabo afirmaciones tan contraintuitivas. Para eso existen ensayos que lo explicarían mejor que yo, y que profundizarían lo suficiente como para que el lector lego no malinterprete la tesis. (Sin embargo, si queréis abrir boca, os invito a visitar de nuevo el artículo que escribí aquí hace algún tiempo por aquí: Los escritores sólo escriben a cambio de sexo (I) y (II).

Lo que sí voy a hacer es hablaros de un experimento. Un experimento con monos. Esperad a la próxima entrega.

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