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El caso de Misha Defonseca (o la falsa niña-lobo judía)

El caso de Misha Defonseca (o la falsa niña-lobo judía)
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Misha Defonseca llegó a los Estados Unidos en la década de los ochenta procedente de Bélgica. A quienes le preguntaban por su vida les relataba una fantástica peripecia, cómo sus padres habían sido deportados por los nazis cuando sólo tenía nueve años, cómo ella había recorrido 3.000 kilómetros de una Europa en guerra para encontrarlos, cómo había estado en el ghetto de Varsovia, cómo había matado a un soldado alemán, cómo había sobrevivido en el bosque con una manada de lobos. Una editora la oyó contar su historia en una sinagoga y se la compró.

Esa historia se convirtió en Sobreviviendo con lobos, un best-seller mundial publicado en 1997, traducido a once idiomas y transformado recientemente en una superproducción de éxito en los países francófonos. El libro llegó a ser lectura obligatoria en los colegios franceses, a pesar que desde el primer momento le persiguieron las críticas por las incongruencias históricas y argumentales. Pero estas objeciones no eran suficientes como para disuadir a sus lectores, fascinados por una historia demasiado fantástica como para ponerle pegas.

Lástima que no fuera sólo fantástica. También era falsa.

La fachada de Misha Defonseca se ha venido abajo este fin de semana cuando una investigación periodística ha sumado las pruebas en su contra. La autora se llama en realidad Monique De Wael, nunca ha sido judía, no abandonó Bruselas durante la guerra, aunque sus padres - eso sí - fueron detenidos por colaborar con la resistencia y desaparecieron. Lo demás es inventado. No es la verdera realidad, pero es mi realidad - se justifica - Hay momentos en los que me cuesta diferenciar entre la realidad y mi mundo interior.

Me interesa esta historia porque abre una interesante reflexión sobre el concepto de "verdad" en la literatura. Está claro que no es el mismo concepto que la "verdad" en la historia. No es el primer caso de personaje que se erige como representante de una tragedia colectiva (como el Holocausto o el 11-S) y cumple un papel convincente hasta que su impostura se descubre. Es difícil decir porqué gente se comporta así. Incluso se da el caso que no actúen por propio beneficio y que les deba mucho la causa que defienden. Pero no quita que la verdad histórica no tiene dos caras: se ha estado en un campo de concentración o no se ha estado, se estuvo en las Torres o no.

Pero resulta que esta señora escribe una autobiografía fantástica y dice que al fin y al cabo, su verdad histórica y su verdad imaginaria son intercambiables. Porque a la autobiografía le suponemos un compromiso de verdad, pero ¿compromiso con quién? Desde la primera autobiografía moderna, Las Confesiones de Rousseau, sabemos que el compromiso del autor es consigo mismo, no con el lector. La autobiografía es la fábula del yo, y el afán de sinceridad no equivale a objetividad, al contrario. Para la objetividad están las biografías, y eso sólo a veces. De las autobiografías suelen ser mucho más valiosas las mentiras, las omisiones y las tergiversaciones.

Luego está el concepto de mentira útil. Cuando a Rigoberta Menchú se le acusó de haber falseado datos en su autobiografía, ella se defendió diciendo que, si bien no eran cosas que le habían ocurrido a ella, las había incluído para hacer más visibles las atrocidades a las que había sido sometido su pueblo, y que al final cabo a ella le habían dado el Premio Nobel de la Paz y no el de Literatura. ¡Como si el Nobel de los libros no se lo dieran a los fabuladores!

¿Justificamos entonces a Defonseca/De Wael por haberse inventado un pasado y porque este ha servido para educar en el horror del holocausto a los niños? Absolutamente no. Esta mujer hubiera obtenido la misma terapia emocional, el mismo éxito económico y hubiera cumplido la misma función pedagógica presentando su historia como lo que era, una novela, algo en la línea del Niño del pijama a rayas. En realidad le ha hecho un flaco favor a la causa del Holocausto. Cuando las verdades son tan crudas como esta, las mentiras, por mucho que quieran sacarle lustre, están de más.

Parece que en un blog de libros deberíamos tener piedad con una criatura quijotizada, un ser que se creyó su propio personaje y que vivió su propia ficción. Pero hay algo que distingue al afán quijotesco de lo practicado por esta persona, y es que el quijotismo, al igual que la mentira literaria, es desinteresado. Se realiza en sí mismo y con la complicidad de los demás, como juego. Sin necesidad de engañar ni de arrogarse la autoridad moral de las grandes victimas del siglo XIX. En la mentira literaria todo vale, mientras se respeten las reglas del juego.

Vía | Terra

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