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¿Es la diversidad lingüística una ventaja en sí misma? ¿Debemos evitar la extinción de las lenguas? (III)

¿Es la diversidad lingüística una ventaja en sí misma? ¿Debemos evitar la extinción de las lenguas? (III)
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Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos sobre la diversidad lingüística, la mayoría de opiniones sobre el tema están contaminadas hasta sus cimientos de ideología, política, romanticismo, miedo e ignorancia manifiesta en todas las disciplinas que excedan el campo de competencia del experto en cuestión.

O dicho de otro modo: tal y como han evidenciado ya los neurobiólogos y psicólogos cognitivos, nuestro cerebro está específicamente diseñado para la percepción de pautas inexistentes y para tender a buscar la confirmación más que la refutación de nuestras teorías favoritas. Además, se nos da fatal establecer juicios basados en probabilidades, correlaciones y causación. Y solemos escorarnos peligrosamente hacia la lírica, lo visceral, lo antropomórfico y lo teleológico. En general solemos creer más en lo que suena bien que en lo que es verdad, en resumidas cuentas.

No estar predispuestos como especie animal a la evaluación racional de datos es sumamente peligroso a la hora de establecer leyes, armar códigos morales o incluso destinar recursos, por ejemplo partidas económicas a asuntos más o menos perentorios. Por ejemplo, si no analizamos científicamente cuál es la probabilidad de que una serpiente nos muerda y nos mate o que un rayo nos caiga encima, podríamos acabar legislando ciegamente al respecto o invirtiendo sumas económicas al control de plagas de serpientes o pararrayos superiores a, por ejemplo, el control epidemiológico de la gripe. Que a la mayoría nos dé más miedo viajar en avión que en coche no es motivo suficiente para invertir más recursos en la seguridad aeronáutica que en las carreteras: lo que debería determinar nuestra decisión es una evaluación sosegada del número de víctimas que produce cada medio de transporte en relación al tiempo, el número de kilómetros recorridos y el número de viajeros transportados.

La misma evaluación que exige la cuestión de si debemos invertir tiempo y recursos (y hasta qué cantidad) para preservar la existencia de lenguas minoritarias. No basta con afirmar que una lengua es una faceta de la humanidad o que constituye un patrimonio de valor incalculable. También lo son las hachas de sílex, y ahora tales hachas están expuestas en los museos, a la vez que nosotros usamos otras herramientas más eficaces. Muchas expresiones del castellano de hace 200 años ya no se emplean y permanecen fijadas en libros y tratados, pero parece más importante la pérdida de una lengua aborigen que miles de expresiones del propio idioma. A lo segunda lo llaman evolución (aunque conceptualmente el castellano cada vez se parezca menos al castellano); a lo primero, extinción. Solo porque (y permitidme la simplificación), usamos términos como lengua, dialecto, evolución, involución o extinción de una forma un tanto arbitraria, confusa y, en cualquier caso, poco relevante a la hora de analizar la extinción de lenguas como la pérdidas de facetas culturales insustituibles: muchas de las costumbres de mi abuela no se parecerán en nada a las costumbres de mis hijos, por ejemplo.

Dicho lo cual, después de leer verdaderos mamotretos sobre el tema, apartando todas las ramas de terminología exclusivamente lingüística, llegué al verdadero hueso de la cuestión. Lo que verdaderamente resulta relevante para dirimir este tema. Que una lengua no es una lengua sino que constituye una manera de pensar de determinado colectivo fijado en una geografía. Es decir, que si dejamos que se extinga una lengua o que se deje colonizar lingüísticamente por otra lengua, entonces se perderá para siempre la identidad nacional y cultural de dicho colectivo. Y, con ellos, también se perderá para siempre su manera de interpretar el mundo, su particular cosmovisión, sus experiencias, etc.

Bien, dando por sentado que lengua y cosmovisión son lo mismo (o al menos entidades remotamente parecidas), uno se pregunta entonces para qué sirven los museos y los libros. Ya nadie habla latín, pero el latín no ha desaparecido. Podríamos afirmar, entonces, que la lengua solo está viva si es empleada activamente por sus hablantes. Sin embargo, no encuentro ningún argumento que apoye esta idea: ¿entonces la dimensión cultural del machismo se extinguirá para siempre cuando ya no queden machistas activos en el mundo? ¿Por qué una lengua fosilizada en un libro o un museo es menos lengua que una lengua que es empleada cada día, modificándose con cada generación, alterándose por influencias externas, mutando hasta parecer convertirse en otra lengua?

Si todos nosotros educáramos a nuestros hijos en chino, ¿empezarían a ser totalmente diferentes a nosotros, educados en español? ¿Serán chinos que ya no participarán de las costumbres locales? ¿Modificarán el tejido cultural vigente hasta tornarlo, no sé, vagamente asiático?

En la siguiente entrega de esta serie de artículos, profundizaremos en esta idea y de dónde surge, así como en las teorías vigentes al respecto.

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