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¿Es la diversidad lingüística una ventaja en sí misma? ¿Debemos evitar la extinción de las lenguas? (y IV)

¿Es la diversidad lingüística una ventaja en sí misma? ¿Debemos evitar la extinción de las lenguas? (y IV)
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Como indicaba en la anterior entrega de este artículo, quiero detenerme en la cuestión crucial, la que sustenta todo este edificio argumentativo: que una lengua es una cosmovisión, una especie de compendio de toda la sabiduría o manera de ver de todo un colectivo. Es decir, que una lengua no sería como el sistema operativo de nuestro ordenador (no importa el que instales para hacer correr cualquier programa) sino que constituye todo el programarlo instalado en el ordenador, todo el software, e incluso el hardware.

Como ya he ido adelantando, hay dos posturas desde la lingüística más científica a propósito de este dilema. Y, finalmente, resolver qué postura es la correcta podría aclarar de una vez por todas toda esta maraña de especulaciones.

La más moderna es la que se basa en los principios de la gramática generativa, establecidos por Noam Chomsky entre 1950 y 1960, reaccionando contra las ideas conductistas que regían gran parte de la filosofía y la psicología de la época. En pocas palabras, los seres humanos estamos predispuestos biológicamente a producir lenguaje, y todo el lenguaje que producimos, en esencia, es muy similar: comparte rasgos de gramática, estructuras, etc. Es decir, que las personas usamos un lenguaje base que, a tenor de las experiencias y el entorno en el que se desarrolla, acaba adquiriendo unos u otros rasgos superficiales. En otras palabras: si los inuit tienen un gran vocabulario para referirse al color blanco porque viven en un entorno esencialmente compuesto de nieve, obligar a los inuit que aprendan inglés, a la larga, provocará que dicho inglés vaya incorporando neologismos para referirse a tonalidades del blanco. Los inuit, pues, no habrán cambiado su manera de pensar, sino la forma que tienen de expresar lo que piensan.

Es decir, que los inuit no perderían su patrimonio cultural sino la forma de acceder a él. O: el lenguaje no crea el pensamiento, es el pensamiento el que acaba configurando el lenguaje.

El filósofo José Antonio Marina se fija en una palabra para demostrar cuántas semejanzas hay entre las lenguas. La palabra escogida es la “pupila” del ojo. Al menos un tercio de los idiomas que existen en el mundo usan palabras que significan “personitas o figuras infantiles”.

Pupila es uno de esos casos, que en castellano se refuerza con “niña” (“Los ojos pequeños tienen niñas y los grandes mozas”, escribió Quevedo).

Especialistas en semántica como Anna Wierzbicka apoyan esta tesis, así como la mayoría de psicólogos cognitivos que he consultado.

La otra hipótesis, la que propone que en realidad la lengua crea el pensamiento y que eliminando una lengua estamos eliminando también una forma de pensar, fue propuesta entre 1930 y 1950 por Benjamin Lee Whorf y su gran mentor Edward Sapir. Dicha postura, si bien contraviene los últimos descubrimientos en inteligencia artificial y computación, y también el parecer de la mayoría de neurólogos, psicólogos, lingüistas y filósofos, tiene aún sus propios seguidores. Se argumenta que dicha hipótesis es, en esencia, incorrecta, pero que contiene algunas partes que aún son interesantes y que no le otorgan tanto poder a la hipótesis de Chomsky.

La cuestión, pues, aún no está resuelta: aunque al término del siglo XXI, confío en que una mayor comprensión del funcionamiento del cerebro y de la adquisición del lenguaje, aclarará el dilema al fin. De este modo, a estas alturas de la película, defender la diversidad lingüística resulta tan aventurado o irresponsable como atacarla: quizá si eliminamos 5.995 lenguas del mundo acabaremos con una diversidad mental sumamente interesante, aunque no tenga ninguna función práctica. Pero perpetuar la diversidad también podría estar frenando el intercambio de ideas global a gran escala que, finalmente, tornaría el mundo un lugar más rico intelectualmente (cuantos más intercambios de ideas diferentes en una misma lengua, más probabilidades de alumbrarse nuevas ideas). Ambas posturas son peligrosas si las llevamos a cabo sin conocer sus efectos secundarios. Más, si cabe, si los que deben procurar informar sobre las ventajas e inconvenientes sobre tales posturas se basan en argumentos ilógicos o escasamente fundamentados científicamente.

En cualquier caso, hablar un único idioma mundial con suficiente solvencia resulta quimérico en un mundo tan gigantesco con semejante número de habitantes (si ya resulta fácil que en una pequeña región se originen dialectos, imaginad si contemplamos el mundo globalmente). La gente que vive en Groelandia inventará términos en la nueva lengua que no entenderemos, o que nos obligará a memorizar un vocabulario inabarcable: el de todos los pueblos o regiones del globo. Es decir, que preservar la diversidad lingüística, de ser cierta la hipótesis de Chomsky, sería como llover sobre mojado: la diversidad se preservará por sí misma, hablemos el idioma que hablemos, porque el cerebro está diseñado para ello. Porque las interacciones sociales generan lenguas o variantes. Porque, a pesar de que anhelamos la uniformidad, también queremos ser mejores que el vecino, diferenciarnos de él.

¿Mi idea al respecto? Tal vez dejar de actuar artificialmente en la preservación o la destrucción de la diversidad lingüística, y empezar pensar que quizá no deberíamos condenar a nuestros hijos a nuestra particular manera de ver el mundo (o de hablar): al igual que exigimos que ahora se enseñe la teoría darwinista en vez del creacionismo, quizá deberíamos aspirar que se enseñara chino en vez de inuit. Eso y retomar la idea del esperanto: tal vez la única forma de que, al menos taquigráficamente, todos podamos hablar con todos.

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