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Examinando minuciosamente las letras de un libro (y II)

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En muchos de procesadores de textos podéis usar la tipografía helvética, las letras de los titulares de la mayoría de los periódicos del mundo.

El creador de esta letra fue Max Miedinger, que nació en Zúrich en 1910 y murió en 1980. Miedinger fue un famoso tipógrafo suizo que alcanzó la fama internacional al crear la helvética en 1957, que inicialmente se llamó Neue Hass Grotesk. Su diseño estaba inspirado en una fuente tipográfica anterior llamada Berthold Akzidenz Grotesk, creada en 1896.

La helvética es muy sencilla, pero precisamente en su sencillez reside su gracia y lo que ha conseguido que se convierta en una de las tipografías más usadas de la historia.

Sobre todo se emplea para los titulares grandes y enfáticos de los periódicos o de la publicidad, así como a la hora de crear una identidad corporativa, porque al aumentar su tamaño no se pierde legibilidad, mantiene cierta armonía que permite que su lectura sea especialmente cómoda.

El mundo de la tipografía es fascinante. Tiene sus expertos, los defensores a ultranza de unas tipografías frente a otras, existen guerras internas, falsificaciones, plagios, de todo. Como en una película de espías cuyos protagonistas fueran la A y la B. Como si la historia de la tipografía corriera paralela a la historia de un cónclave de brujos que elaboran secretas pócimas.

No en vano, un tipógrafo puede pasarse hasta 10 años perfilando un tipo de letra, hasta que consigue que encaje entre sí y no se desajuste al cambiarla de tamaño, justificarla y demás contorsionismos. Por eso no es extraño que una buena tipografía, que permanece estable hasta el más mínimo detalle después de maquetarla en un texto de 200 páginas, pueda pagarse a un precio elevado.

Una de las trifulcas más llamativas fue la que desencadenó la inclusión de un nuevo tipo de letra, la Arial, en los ordenadores. Arial es un clon de helvética diseñado en 1990 por Robin Nicholas y Patricia Saunders. Poco después, la compañía Microsoft empezó a incluirla un paquete básico de tipografías para Internet y en el paquete de Office que casi todo el mundo se instalaba en su ordenador.

Y, claro, los apologetas de la pureza de la helvética están a la greña con los tecnológicos que adoran la Arial, definida por muchos pro helvética como la tipografía más fea del mundo, además de ser acusada de pastiche, imitadora e impura.

En ese sentido, para muchos expertos, la Arial sería como la letra redondilla y un poco engarabitada de los cuadernos infantiles de caligrafía; la helvética, por el contrario, representaría las volutas caligráficas de la gótica alemana o la bastardilla. Y es que pocas tipografías como la helvética goza de un cariño tan fiel dispensado por innumerables diseñadores.

Y poco importa lo que esas letras, esa colección de símbolos cuyas formas recuerdan a insectos aplastados, consigan decirnos. Para los que se fijan con atención en ellas, basta en ocasiones con regodearse en sus detalles externos. Y entonces leer jahfklashfmzhjaiwt puede tener tanto sentido emocional como cualquier otra palabra del diccionario.

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