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Gutenberg ondeó la bandera pirata o lo de que Lucía Etxeberría no quiere escribir más libros porque gana poco

Gutenberg ondeó la bandera pirata o lo de que Lucía Etxeberría no quiere escribir más libros porque gana poco
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Si echamos un vistazo a los libros de historia comprobaremos que la mayoría de avances tecnológicos provocaron miedo y rechazo al principio, una compungida aceptación más tarde, y una admisión generalizada finalmente (aunque siempre con algunos outsiders que vocean peligros donde no los hay).

No importa a la época que viajemos. Pero sin duda, los avances técnicos que más rechazo han originado son los relacionados con la eliminación de puestos de trabajo: los telares mecánicos aún generan pruritos luditas en el respetable más carpetovetónico.

El libro digital, ahora, parece ser el nuevo telar mecánico. O mejor: el libro digital de ahora no difiere demasiado de la imprenta de entonces: está suscitando miedos idénticos, y también discursos por parte de muchos intelectuales que, personalmente, me hacen desconfiar de la demarcación “intelectual”. Supongo que una persona, por muy leída que sea, no puede leerlo todo, y tampoco puede evitar que ciertos prejuicios o dinámicas mentales le lastren la actividad cognitiva, por ponernos eufemísticos.

A cuento de esto viene la noticia de que Lucía Etxebarría se ha negado a escribir más libros por el momento debido al auge de la piratería. La escritora ha declarado en Facebook: «Dado que que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros»

Bien, vamos allá.

En 1483, 1.025 ejemplares de una nueva traducción de los Diálogos de Platón se generaron en una imprenta de Florencia regentada por monjas del convento de San Jacopo di Ripoli. Por ese trabajo se cobró tres florines. Si tenemos en cuenta que un escribano habría cobrado cerca de un florín por copiar un solo ejemplar, estamos ante un costo de fabricación de los libros nada despreciable.

Me imagino al escribano echando pestes de ese invento infernal, negándole el alma a esas copias, exigiendo compensaciones económicas. Se dice incluso que cuando Johann Fust llevó una gran cantidad de libros impresos a París durante uno de sus primeros viajes de negocios, fue expulsado de la ciudad por los gendarmes, que sospecharon allí había connivencia con el diablo.

Según una estimación, el número de libros producidos en los cincuenta años siguientes a la invención de Gutenberg igualó la producción de los escribas europeos durante los mil años precedentes. Ahora ya no sólo se producían más copias de libros, sino que era más sencillo miniaturizarlas para que los libros entraran en el tejido de la vida cotidiana. Los eruditos y los monjes ya no eran los únicos que se sentaban a leer palabras en tranquilas salas. Incluso un ciudadano de escasos recursos ya podía atesorar una colección de varios volúmenes, por primera vez en la historia.

Eso produjo efectos colaterales, tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:

Se había puesto en marcha un círculo virtuoso: la creciente disponibilidad de libros disparó el deseo de alfabetización, y la expansión de la alfabetización estimuló aún más la demanda de libros. La industria gráfica creció. A finales del siglo XV, cerca de 250 ciudades europeas tenían imprenta, y unos 12 millones de volúmenes ya habían salido de sus prensas. En el siglo XVI la tecnología de Gutenberg saltó de Europa a Asia por Oriente Próximo; y también a las Américas, en 1539, cuando los españoles fundaron una prensa en la Ciudad de México. (…) Aunque a la mayoría de los impresores les movía el ánimo de lucro fácil, su distribución de los textos más antiguos ayudó a dar profundidad intelectual y continuidad histórica a la nueva cultura centrada en el libro.

¿Os suena? Es justo lo que está ocurriendo ahora en Internet. Los únicos que frenan que ocurra más rápidamente son los que quieren mantener intacto su modelo de negocio.

Con el sistema que hasta hace poco funcionaba a las mil maravillas (según Etxebarría) apenas un porcentaje mínimo de autores podía vivir de sus libros. De hecho, lo que un autor ganaba con sus libros era una cifra tan escasa que sé de buena tinta que muchos de ellos prefieren no cobrar nada si con ello consiguen una mejor distribución de las obras. A pesar de que ser escritor era una profesión suicida, cada vez hay más escritores (ya no digamos si nos ponemos a contar los autores de blogs).

La piratería sólo ha sido el síntoma de que el sistema de producción actual ya no funciona habida cuenta del costo casi insignificante que supone digitalizar una obra (como antaño se redujo el coste de copiar una obra con una imprenta).

La piratería, insisto, ha sido sólo el síntoma, no la causa. La causa ha sido otra. La causa ha sido que la gente no quiere pagar por algo que puede obtenerse casi gratis simplemente copiándolo (que no robándolo, porque el original no desaparece). Habida cuenta de ello, el síntoma (la piratería) seguirá existiendo hasta que los afectados cambien su modelo de negocio (básicamente se acabó lo de ganar tanto dinero vendiendo copias físicas de algo que puede copiarse digitalmente: hay muchos otros modelos de negocio, incluso libros enteros con ideas para esos modelos).

Pero aquí lo que importa es lo que opinaba Etxebarría. Si antes, el autor ganaba una mierda, ¿qué pretende con su pataleta? ¿Se puede ganar menos que una mierda? Obviamente, no. Así pues, entiendo que sus pataletas no son para proteger a la mayoría de autores sino a los cuatro privilegiados que realmente ganan dinero con este negocio. Si la piratería, sinceramente, dejara en la indigencia total y absoluta a ese puñado de privilegiados, no cambiaría nada en el mundo de la literatura. Así pues, la noticia de Etxebarría, aunque sea meramente informativa de su vida personal, es un insulto generalizado.

Porque la literatura la forma mucha más gente. Los que cobraban antes una mierda por vender copias, y los que siguen ahora cobrando una mierda. Bueno, corrijo: ahora, por primera vez, los autores empiezan a ganar más que antes. La mayoría de autores. Yo mismo, ahora, gano más al mes con mis obras digitales y gratuitas de lo que ganaba en un año con mis obras físicas y a precio de oro en una librería, avalado por X editorial. Etxebarría no quiere seguir escribiendo hasta que no vuelva a ganar lo que ganaba antes, aunque ello perjudique a la mayoría de literatos del mundo.

Entonces, es de cajón. Me alegro de que no vuelva a escribir.

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