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¿Hay demasiados libros?

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Ya en el año 1600, un escritor inglés llamado Barnaby Rich se quejaba amargamente de la abundancia de libros y la incapacidad de las personas por leerlos todos. Decía: “Una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo es la proliferación de libros que abruman a un mundo incapaz de digerir la abundancia de materias ociosas que todos los días se dan a la imprenta.”

28 años después, otro escritor inglés rezongaba sobre lo mismo: “vasto caos y la confusión de los libros (…) su peso nos oprime, nos duele la vista de leerlos, y los dedos de pasar sus páginas”. Se trata de Robert Burton, y escribió estas palabras en su Anatomía de la melancolía.

Es decir, que la cantinela de que hay demasiados libros en el mercado (sobre todo de los malos) es algo que viene de lejos.

En España, por ejemplo, se editan unos 100.000 títulos al año.

Desde un punto de vista meramente económico, menos títulos publicados cubriendo el mismo mercado significarían más ventas unitarias acarreando un menor coste de producción industrial y más margen industrial. Pero aquí lo importante es el punto de vista del lector: a mayor cantidad de libros, mayores posibilidades de encontrar uno que se ajusta a sus preferencias.

Y más aún: si cada vez es más difícil repartir el pastel en pocos títulos, los libros escogidos para ser editados también tratarán de cubrir audiencias más pequeñas y selectivas, dado que un lanzamiento a gran escala es progresivamente menos rentable. O dicho desde el punto de vista musical: se editarán menos Bisbales para buscar nichos más concretos.

Las vidas de los libros, de este modo, son más efímeras: las novedades de hoy destronan a las novedades de la semana pasada. Sin embargo, supongo que es preferible la existencia de millones de libros efímeros que cuatro intocables entronizados por el mínimo común denominador del paladar colectivo.

En cualquier caso, debemos acostumbrarnos a esa situación porque no hay marcha atrás. La edición cada vez será más asequible; gracias al abaratamiento de la distribución se podrá llegar a lectores de manera selectiva; cada vez se publicarán más libros que las editoriales tradicionales no quisieron o no pudieron publicar para evitar riesgos económicos o de otro tipo.

Cada vez habrá menos Ken Follet y menos Dan Brown. Y si lo hay, no será tanto porque en toda librería ostentarán los lugares más visibles. Si todavía quedan autores mayoritarios será por la predisposición de nuestra mente a generar iconos o para participar en conversaciones del tipo ¿qué libro estás leyendo? y no parecer un marciano cuando digas el tuyo.

En cualquier caso, para equilibrar la balanza ideológica de este artículo, os transcribo un fragmento de la obra de Gabriel Zaid, Los demasiados libros, que aporta un punto de vista un poco más romántico del asunto (o quizá sólo repite lo que ya dijeron otros hace 400 años):

Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores, en proporción aritmética. De no frenarse la pasión de publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores [...] la mayor parte de los libros que se publican no interesan a 30.000 personas ni regalados. [...] Hoy, en una encuesta de lectura, Sócrates quedaría en los niveles bajos. Su baja escolaridad, su falta de títulos académicos, de idiomas, de currículo, de obra publicada, no le permitirían concursar para un puesto importante en la burocracia cultural. Lo cual confirmaría su crítica de la letra: las credenciales del saber han llegado a pesar más que el saber. [...]El problema del libro no está en los millones de pobres que apenas sabe leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. [...] Tu libro es una brizna de papel que se arremolina en las calles, que contamina las ciudades, que se acumula en los basureros del planeta. Es celulosa, y en celulosa se convertirá. [...] Solo hay dos soluciones para un servicio perfecto [en una librería]: o tener todos los libros o tener un adivino. [...] Como esto es imposible, en la práctica se intenta medio tener de todo y medio adivinar, con resultados lamentables para el lector y el librero: lo que hay no se pide, lo que se pide no hay.
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