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La extraña costumbre de dedicar libros

La extraña costumbre de dedicar libros
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A ti, con mucho afecto, de mí. Con ligeras variaciones, la mayoría de las dedicatorias de los libros tienen esta estructura básica. También hay autores muy originales, que se lo curran en cada dedicatoria, pero son los menos.

Admito que yo he dedicado muy pocos libros en mi vida, y cuando lo he hecho me he sentido tremendamente incómodo. La primera vez que lo hice fue la mejor: estaba tan nervioso que escribí algo sin sentido, y luego estuve unos segundos valorando la idea de tacharlo o seguir adelante, en plan excéntrico. Al final lo taché: imaginaos el pastel. La segunda vez también fue memorable: lo escribí todo en mayúsculas por miedo a que fuera ilegible. Ya os podéis imaginar cómo me iba el pulso.

¿De dónde surgió la costumbre de dedicar libros? Lo cierto es que se ignora, pero durante siglos fue una práctica restringida al ámbito familiar o al círculo más íntimo de amigos. Como debería ser.

Hasta hace poco, incluso, la gente no tenía posibilidad de hacer cola para conseguir una firmita del autor, encerrado en una caseta de feria, dándole a la pluma como si estuviera trabajando en una cadena de montaje: la única forma de conseguir una dedicatoria del autor era ser su amigo o bien hacerle llegar un ejemplar confiando en que lo devolvería firmado. Aunque había autores que eran muy poco generosos en ese sentido, tal y como señala Jesús Marchamalo:

Se cuenta una divertida anécdota de Yeats quien, invitado en casa de Thomas Hardy, mostró su curiosidad respecto a cómo dedicaba los libros a las personas a las que no conocía. Hardy le invitó a seguirle al piso de arriba, donde, sin decir palabra, le mostró una habitación abarrotada con decenas, tal vez centenares de sus propios libros que había ido recibiendo a lo largo de los años y que, evidentemente, no se había preocupado siquiera de devolver.

Ramón Gómez de la Serna dedicaba sus libros con letras grandes y tinta roja. Pío Baroja lo hacía con caligrafía pequeña y discreta.

En todo caso, las dedicatorias siempre suponen un valor añadido que incrementa el precio del libro. Aunque todavía no ocurre como en otros países, donde existen librerías especializadas en manuscritos y libros dedicados, en España es un mercado que empieza a ser valorado por los bibliófilos o los simples curiosos, a veces por encima de la rareza, la encuadernación o la conservación del ejemplar.

A pesar de que hoy en día lo de dedicar libros se ha convertido en un acto en serie y repetitivo que el autor debe incluir en su trabajo de promoción, hay autores que, como dije, todavía le ponen empeño, o al menos se preocupan de no poner siempre lo mismo, como uno de mis escritores favoritos (del que, por cierto, no tengo ni un solo libro firmado, aunque los tenga todos y los relea con devoción): Luis Landero:

A mí me resulta muy difícil dedicar libros, porque me gustaría personalizar cada dedicatoria y eso es imposible. En todo caso, prefiero lo previsible a lo ingenioso porque no soy especialmente ocurrente. Así que la mayor parte de las veces termino por preguntar el nombre y recurro a alguna fórmula convencional, algo del estilo: con la gratitud de escritor y la solidaridad del lector, por ejemplo. A veces también hago un dibujo que inventé hace años: un cronopio, o un ratón, cosas así. Y escribo: para fulanito, una nube, tres pájaros y un lobo.

Vía | Las bibliotecas perdidas de Jesús Marchamalo

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