Compartir
Publicidad

La máquina de generar literatura (I)

La máquina de generar literatura (I)
Guardar
2 Comentarios
Publicidad
Publicidad

Quienes rechazan de plano la capacidad de una máquina para componer una obra literaria quizá deberían revisar algunos libros de neurología: nuestro cerebro, en suma, no deja de ser un computador muy complejo.

La romántica inspiración de los escritores no es más que una recombinación de elementos registrados previamente por los sentidos. Oculta en el interior de nuestro cráneo, nos puede resultar que la intuición es algo casi mágico. Pero no lo es en absoluto. La intuición un proceso mecánico, y las ideas originales son fruto de un sistema combinatorio complejo que recicla ideas ya existentes.

Los propios escritores ya han imaginado sistemas artificiales para generar literatura, como la descrita por Umberto Eco en su novela La isla del día antes: una máquina aristotélica de metáforas. El cuentista Roald Dahl también imaginó una en su The Great Automatic Grammatisator.

En el mundo real, y con un poco de mala leche, aquí tenéis el primer generador de novelas de Dan Brown.

RACTER es acrónimo de un programa de ordenador que es capaz de construir historias y poemas simplemente eligiendo palabras sucesivas al azar de su diccionario. Si la palabra escogida se adecua gramaticalmente, RACTER la deja y pasa a la siguiente palabra de la oración. Pero si no se adecua, entonces RACTER elimina la palabra y busca otra.

Las frases que producía el programa eran desatinos sin significado, pero un lector humano con suficiente imaginación podía extraer de ellas significados recónditos. Hasta el punto de que el libro recibió comentarios positivos en los periódicos de mayor tirada.

Obviamente, estamos tan lejos de conocer el profundidad el funcionamiento de este proceso mental como lo estamos de construir una máquina realmente capaz de imitarlo, al menos de forma eficiente. Así que de momento deberemos llamar a las musas a la antigua usanza, tal y como lo hacía, Hemingway, por ejemplo: escribía a lápiz, sobre papel de cebolla, y controlaba sus progresos anotando escrupulosamente el número de palabras que escribía a diario.

O Goethe, que escribía de pie, con pluma, porque le desconcentraba el sonido del lápiz arañando el papel.

O Robert Graves, que escribía en su casa de Mallorca, en una habitación donde todo estaba hecho a mano (exceptuando los interruptores de la luz). Decía que estar rodeado de cosas construidas de forma artesanal era importante para su actividad creativa.

Pero cada vez estamos más cerca de que seamos capaces de construir un generador de libros. Así pues, ¿qué sucedera cuando dicha máquina exista? ¿Cómo se verá transformada la literatura? Lo veremos en la próxima entrega de este artículo.

Temas
Publicidad
Comentarios cerrados
Publicidad
Publicidad
Inicio