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Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (I)

Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (I)
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Mola cantiduvi eso de ir a contracorriente, lo de ser diferente, lo de romper el molde, lo de sentirse identificado con Mafalda cuando afirma compungida que en este mundo hay mucha gente pero pocas personas. El aborregamiento que denunciaba Ortega y Gasset es el peor insulto que te pueden dedicar: que si escuchas música demasiado comercial, que si lees libros que están en el Top10 de centro comercial de fin de semana, que si la pintura que decora tu recibidor ya está muy manida, que tu programa de radio favorito es pura radiofórmula…

En el arte, ser original suele ser un plus (aún cuando la originalidad, admitámoslo, tiene algo de entelequia).

Bien, como de costumbre, voy a tocar varias narices: no, no y no. Y además voy a explicarme sin que esto se parezca a la conversación de dos invitados del extinto programa de Sánchez Dragó hasta arriba de marihuana (o de alcohol, ¿recordáis al tipo de “el milenarismo ha llegado”?).

Allá vamos (prometo que estoy sobrio: sólo un poco de cafeína corre por mis venas): uno de los atractivos de ciertos productos culturales procede de las ventajas derivadas de formar parte de un gran público. Por ejemplo, para comentarlo después con los amigos o compañeros de trabajo (de hecho, debería acuñarse una palabra que describiera el placer de descubrir un producto cultural a un amigo, al estilo del schadenfreude, el regocijo en el dolor ajeno, u otras palabras que os enseñé en Invéntate tu propia palabra).

Como escribe el filósofo Josep Heath:

Una película puede llegar a su “masa crítica” en el momento que tantas personas hablan de ella que los demás se sienten obligados a verla sólo para poder participar en la conversación (o porque quieren saber de qué está hablando todo el mundo). El mercado del libro funciona de la misma manera, lo que explicaría por qué existe una brecha tan gigantesca entre las cifras de ventas de un libro normal y las de un best seller. Precisamente porque los libros se consumen en un “contexto social” y no de forma aislada, sucede que muchas personas a menudo quieran consumir lo mismo que otras.

Esto no nos dice nada sobre la calidad del producto cultural en sí (después de todo, habría mucho que hablar sobre qué es calidad y qué no lo es): por ejemplo, la gente adquirió más VHS en su día en vez de Betamax, a pesar de que Betamax ofrecía mejor calidad de imagen). Lo que nos indica es que somos animales sociales y que, tanto a nivel consciente como inconsciente, decidimos consumir unos u otros productos en base a lo que consumen los demás (no sean propios y/o ajenos). El quid de la cuestión, pues, sería determinar si esto es tan malo como parece o, en todo caso, si se puede evitar (siempre y cuando no hayamos decidido desde ya aislarnos en una atalaya eremítica ad calendas graecas. O algo así).

Los enemigos de la masificación son ideológicamente muy populares (qué contradicción). Si quieres sentirte superior y poseer más personalidad, no lo dudes: huye de la masificación. Lo que sucede es que los rebeldes, los individuales parece que luchan contra un enemigo común: una suerte de Gran Hermano que persigue en Pensamiento Único. Sin embargo, esto no es lo que ocurre realmente. Los rebeldes luchan contra sí mismos, y cuando la mayoría ya ha adoptado la actitud del rebelde, entonces el rebelde se propone conquistar otros finisterres, para no perder la distinción de rebelde; también es lo que ocurre cuando se asocia un producto a una clase alta y la clase media o baja acaba también adoptándolo: deja de ser cool.

Si existen determinados estándares es porque el público ha tomado una serie de decisiones y porque determinados sectores han acordado una serie de pactos. Si bien mola cantiduvi vestir de forma diferente a la mayoría, quizá no lo sea tanto usar programas informáticos incompatibles con los de nuestros compañeros, por ejemplo.

Sí, podéis seguir insistiendo en que los productos mayoritarios son mayoritarios porque hay corporaciones que intentan que lo sean, y hasta cierto punto es así. Pero, por ejemplo, en su día el cultivo de maíz desplazó a la diversidad de muchas tierras, mucho antes de que existieran los medios de comunicación, el capitalismo o la globalización. Todos los granjeros solían escoger el mismo cultivo sin que nadie les hubiera inculcado esa idea. La diferencia fundamental es que antes las ideas se propagaban más lentamente, y ahora pueden hacerlo en cuestión de días, o de segundos.

Todos estamos a favor de la diversidad, pero a menudo son nuestras propias preferencias o nuestras inclinaciones naturales las que fomentan la homegeneización, no una mano negra que todo lo controla. Si ahora el éxito global y veloz de estrellas de Hollywood, libros o películas es inédito en la historia no es porque existan corporaciones detrás, sino porque los medios de comunicación favorecen el contagio de ideas; es como si alguien hubiese dicho por radio, hace siglos, que el maíz era mejor que otro cultivo ya extinto: la transformación hubiese sido tan rápida y apabullante como hoy lo es la adquisición de un iPhone.

Se tiende a otorgar un gran poder de manipulación a los medios de comunicación, se suele creer que el marketing es una ciencia casi exacta, que las modas son tan fáciles de propagar como el virus de la gripe. Pero la realidad es que todos estos factores son más incontrolables de lo que creemos. Las empresas invierten millones de dólares en desentrañar los secretos de la transmisión teledirigida de ideas, pero la mayor parte de sus operaciones fracasan estrepitosamente; sólo un pequeño porcentaje alcanza un éxito apoteósico.

Si todo fuera tan sencillo, detrás de las editoriales estarían los bancos. Los inversores se olvidarían de comprar tierras u oro: apostarían por películas.

En la próxima entrega de este artículo veremos algunos ejemplos.

Vía | Rebelarse vende de Joseph Heath

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