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Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (y II)

Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (y II)
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Como decíamos en la primera entrega de este artículo, por ejemplo, veamos un ejemplo de mercado en el que no hay demasiada presión de la mercadotecnia: la música clásica. A pesar de que en la música parece que el factor determinante parece ser el talento, lo cierto es que también hay otros factores muy familiares, como argumenta el economista Sherwin Rosen:

El mercado de la música clásica nunca ha sido tan amplio como hoy; sin embargo, el número de instrumentistas profesionales sólo ronda el centenar (y mucho menos si el instrumento es la voz, el violín o el piano). Los músicos de primera fila constituyen un grupo diminuto dentro de estas cifras ya de por sí pequeñas y, por supuesto, ganan mucho dinero. Hay diferencias tremendas entre sus ingresos y los ingresos de los músicos de segunda fila, aunque la mayoría de los consumidores serían incapaces de detectar la más mínima diferencia en una prueba con los ojos vendados.

En resumen, si los expertos, los auténticos connoisseurs, desprecian a Luciano Pavarotti no es porque no tenga talento, sino porque es demasiado “popular”. Todo esto sucede de forma natural, tan natural que poco o nada se puede teledirigir.

Remata Joseph Heath:

Esto no significa que el mercado siempre tenga razón. Los mercados no siempre reflejan las preferencias del consumidor medio, sobre todo en el terreno cultural e intelectual, donde resulta muy difícil ejercer el derecho de propiedad. Pero tampoco significa que el mercado siempre se equivoque. Por otra parte, los críticos tienden a despreciar el gusto popular, porque no les entra en la cabeza que a nadie le pueda gustar “en serio” comer en McDonald´s o escuchar un disco de Celine Dion. Por eso ni se plantean la posibilidad de que la homogeneización venga determinada por las preferencias del consumidor medio.

Es decir, que muchas veces el paladar exquisito se forma mediante la instrucción. Y una manera de averiguar a ojo cubero quién disfruta de esta instrucción es observar sus gustos. Pero este modo de catalogar a la gente es tan impreciso como catalogar la moral de la gente en función de su color de piel: puede que porcentualmente, en algunos contextos, funcione, pero no siempre funciona, y resulta tremendamente fácil fingir que uno ha disfrutado de esa supuesta instrucción de elite: basta con poner cara de interesante, ajustar las gafas de pasta y soltar: sí, Shakespeare es un genio incontestable, y Tolkien es para niñatos con acné.

Si queréis leer un poco más sobre ello, os recomiendo lo que escribí hace pocos días acerca de cuál es la mejor novela de la historia. Si de verdad os interesa descubrir cuántos equívocos hay alrededor de las modas y cómo se forman y el supuesto control del marketing sobre nuestras decisiones, os recomiendo sin reservas el libro de Malcolm Gladwell La clave del éxito, El Cisne negro de Nicholas Taleb Nassim y el propio Rebelarse vende de Joseph Heath. Todos ellos aplican conocimientos recientes sobre neurociencia y psicología, conocimientos de los que seguramente carecían la mayoría de los que años ha despreciaron tan alegremente el gusto común y, sobre todo, el gregarismo.

Vía | Rebelarse vende de Joseph Heath

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