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Los 5 'yippy-ka-yey, motherfucker' de la historia de la literatura.

Los 5 'yippy-ka-yey, motherfucker' de la historia de la literatura.
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Antes de la época de las películas de acción y los videoclips de rap el entretenimiento más viril conocido era la literatura. A los machos del pasado nada les gustaba más que juntarse con un grupo de amigos y desaparecer monte arriba a cazar, o sudar juntos en el gimnasio a base de llaves de lucha y relajarse después en una terma escuchando los cantares de un aedo. Esto tiene dos implicaciones: una, que como siempre he dicho, la Historia es tremendamente gay; dos, que los poetas conocían a su público e introdujeron tipos tan duros con frases tan lapidarias que dejan a John McLane a la altura de Hello Kitty.

1) Diomedes (Ilíada). De todos los héroes de la Guerra de Troya Diomedes pasa relativamente despercibido, y es extraño, porque es uno de los personajes más positivos. Mientras Agamenón berrea con su capa escarlata el viento, Menelao se tira de los pelos pensando en el atracón de Paris que se está dando su mujer, Ayax frunce el ceño intento comprender palabras difíciles y Ulises busca cualquier excusa para no pelear, Diomedes sólo se preocupa por salir al campo de batalla y matar troyanos. Y lo hace realmente bien.

Tanto que cuando Afrodita ve que su protegido Eneas está a punto de ser convertido en carne de kebab por Diomedes, baja ella misma para interponerse. Vale que Venus no es la diosa más temible (sus apariciones son descritas como el desfile de Carnaval de Río entre niebla rosa) pero aún así le ha dado nombre a un tipo de enfermedad, así que cualquiera se andaría con reparos. Diomedes no, y ni corto ni perezoso le clava su lanza.

Tente lejos, tú. hija del dios Zeus / de la guerra y el encarnizamiento; ¿O no es bastante que andes seduciendo / a mujeres, que del vigor carecen?

Sé lo que estáis pensando: Menudo héroe que ataca a una chica. Pero la cosa no acaba ahí. Afrodita corre al Olimpo a chivarse y, como Zeus no quiere romper la regla de no-intervención divina, convence a su amante Ares para que la vengue. Y el dios de la guerra cae sobre la tierra como una tromba de humo y muerte, acompañado de sus demoniácos hijos Phobos y Deimos.

Imaginad la estampa de un dios armado, cubierto de sangre humeante y entrañas, surgiendo de las tinieblas. Todos salen despavoridos; todos menos Diomedes, que ha recibido una "reprobación estimuladora" de Atenea (básicamente le ha susurrado sabiamente al oído: "¿Vas a ser tú igual de nenaza?"). Así que el héroe espera a Ares con pie firme y en cuanto se pone a tiro le arroja su lanza, hiriéndolo y mandándole de vuelta al Olimpo.

Y aquí viene lo que consagra a Diomedes como rey de la fiesta: lo primero que hace el 'temible' Ares al llegar es exactamente lo mismo que Afrodita, quejarse a papá. Lo que Zeus le responde es el equivalente poético a una colleja:

No me vengas ahora, veleidoso, / sentado cabe mi, con gimoteos. Pues para mí eres el más odioso / de los dioses que ocupan el Olimpo.

Nota histórica: Leónidas de Esparta tenía su carpeta escolar forrada con fotos de Diomedes.

2) Lancelot del lago (El caballero de la carreta). Según cuenta el roman medieval de Chrétien de Troyes, también autor de Perceval, la reina Ginebra había sido secuestrada, como es propio de romances de caballerías y videojuegos. Mientras un anciano y confuso Arturo intenta poner en marcha un plan de rescate, un misterioso caballero sale a toda carrera tras los raptores. Se trata de Lancelot, enamorado de Ginebra, tan desesperado por recuperarla que su caballo revienta en la persecución.

En esas estamos cuando aparece un enano conduciendo una carreta. En los romances los enanos y sus primos los jorobados son una especie de sindicato de cabrones: sólo aparecen para hacer todo el mal posible. Lancelot le ruega que lo lleve consigo para continuar la persecución y el enano accede, a condición de que monte en la parte posterior de la carreta. ¿Y qué tiene esto de malo? Pues que en el mundo celta la carreta era dónde se exponía a los criminales para escarnio público. Que un caballero se preste a ello conlleva inmediatamente su humillación y pérdida de honor.

Debido a esta muestra de amor y devoción, Lancelot va a recibir un torrente de desplantes e insultos contínuos que soporta con caballeresca paciencia. Hasta que en un banquete un caballero insolente termina por hacerle saltar las tuercas. Sigue un duelo a espada que Lancelot gana con facilidad. El insolente vencido pide clemencia; lo habitual en estos casos es perdonarle la vida bajo juramento de que nunca volverá a luchar contra uno y que irá a ver a su amada para contar cómo fue vencido. Pero Lancelot tiene otros planes:

Perdonadme la vida señor y haré cuánto queráis. ¿Haréis cuánto sea por conservar la vida? Sí señor, cuánto os plazca. Pues no te pido más que te subas a la carreta.

Gran lección la que nos da Lancelot: si no tienes pelotas para humillarte cuando es necesario, otro se encargará de humillarte a tí. Por supuesto el insolente no tiene redaños (prefiero morir antes) y Lancelot, que es bueno pero no tonto, lo decapita. De repente nadie recuerda ya más el incidente de la carreta y todo queda solucionado, pero surge un problema: con el insolente muerto ¿Quién hablará a Ginebra de su victoria? Así que Lancelot decide colgar su cabeza de la silla de montar para recordar contarle la anécdota en cuanto la haya rescatado.

Ahora imaginaros a Richard Gere haciendo todo eso. Ese es el motivo por el que me da la risa tonta cada vez que me hablan de 'amor caballeresco' aplicado a cartas de amor.

3) Gilgamesh (El poema de Gilgamesh). Este es el poema más antiguo conocido y hay quién opina que está aún por superar. Gilgamesh es el poderoso rey de Uruk, dos tercios dios y uno hombre, pero su pueblo no está muy feliz con él ya que les roba a sus hijos para la guerra y conoce a sus hijas en sus propios lechos. El único capaz de enfrentarse a él es Enkidu, un hombre salvaje que vive con las bestias.

Para atraer a Enkidu la gente de Uruk recurre a la sacedotisa de Ishtar Shamhat ('alegría'), que entre sus atribuciones tiene la de ser prostituta sagrada. Lo cual es muy juicioso, ya que para hacer hombre a un niño salvaje a hechura de los dioses hace falta a la mejor profesional. Y Shamhat no defrauda: ella y Enkidu yacen 40 días y 40 noches, tras lo cual él se muestra mucho más dispuesto a ir a la ciudad ("Y dices que dónde tú vienes hay más de esto?").

Llegados a Uruk Gilgamesh y Enkidu, como los machos alfa que son, entablan inmediatamente batalla. Pese a arrasar media ciudad ninguno consigue vencer al otro, así que terminan haciéndose amigos y decidiendo que ellos dos sólos contra el mundo lo pasarán mucho mejor. Sellan así su amistad reventado las tabernas de Uruk y visitando el templo de Ishtar, que es más o menos lo mismo que ocurrió entre Javier Marías y Arturo Pérez Reverte.

Así que los dos salen en busca de aventuras pertrechados con su mejor regalia, y tan grande se hace su fama que llama la atención de la propia Ishtar. Ni corta ni perezosa, decide que ese hombretón Gilgamesh tiene que ser suyo y se le ofrece como amante. Ahora, algo sobre Ishtar: es la diosa sexual, sí, pero también la de la guerra, del inframundo y la muerte. Lo cual nos dice algo del orden de prioridades de los mesopotámicos. Gilgamesh, a quién Enkidu ha metido sentido común en su cabezota a puñetazos, decide deshacerse de ella como un caballero: tirándole un hueso a la cara y recordándole todos sus amantes precedentes que han acabado mal:

Has tenido tu buena racha de muchachos, es cierto / ¿Pero cuántos de ellos volvieron a por más?

Después de esto Ishtar intenta matarlos con un toro gigante, pero el daño está hecho: no hay autoestima divina que supere eso. Y si todavía dudáis de qué pasta está hecho Gilgamesh, veamos otra de sus aventuras. En esta tiene que permanecer despierto seis días y siete noches, pero se duerme nada más empezar. Pasa dormido siete días y cuando al final le despiertan gruñe:

Apenas acababa de venirme el sueño / que me lo espantáis.

4) Entelo (Eneida). No sé si recordais a Eneas. La última vez que lo vimos fue cuando Afrodita lo sacaba por los pies antes de que Diomedes lo ensartara. Dado que Eneas pertenece a la estirpe de fundadores míticos de Roma, Virgilio relató su historia en la Eneida, y en ella nos encontramos con el episodio de Entelo, el Rocky Balboa del siglo I.

Los troyanos de Eneas han llegado a Sicilia, y deciden celebrar unos juegos entre locales y visitantes. Entre los troyanos está Dares, un fanfarrón campeón de boxeo que provoca a la vieja gloria local, Entelo. Este argumenta que está mayor para seguir luchando, pero el propio rey le convence para hacerlo. Él forma parte de otra generación ; de la de Hércules ni más ni menos. Es más, Entelo todavía conserva los propios cestos de mimbre con los que luchaba Hércules, con vestigios de sangre y huesos rotos. Así que cuando se levanta y deja caer el manto, revelando su montañosa musculatura, Dares lamenta no haberse mordido la lengua.

El boxeo romano era muy similar al nuestro, usando cestos de mimbre en lugar de guantes y con una probabilidad mucho mayor de muerte. Dares es más ágil pero Entelo no le deja abrir hueco y su enorme potencia física acaba imponiéndose. Tanto que Eneas tiene que parar el combate para sacar vivo a Dares. Entelo es declarado vencedor y se le entrega el novillo blanco de la victoria. Pero eso no es suficiente para saciar su despertada sed de sangre. Oh no.

Se afirma enfrente del novillo, / galardón del combate, allí presente; alza la diestra, apunta entre las astas / blande el cesto terrible, y fulminante lo clava en la testuz. Saltan los sesos, / se bambolea el bruto y se derrumba. Erguido sobre el cuerpo, lanza un grito / "¡Erix! ¿No es mejor víctima que Dares? Te lo consagro, y vencedor depongo / juntos ante tu altar mi arte y mi cesto."

5) Caín. (Génesis). Quizás algunos tengáis un reflejo adquirido a base de pellizcos de monja para tomar un partido determinado en esta historia, pero os pido que luchéis contra ello. Adán y Eva tienen dos hijos: Abel, que es pastor, y Caín, que es agricultor. Cuando llega el momento de hacer las ofrendas a Dios, este se muestra complacido con el rico olor a cordero asado que sale de la hoguera de Abel; en cambio, mira con frialdad las berenjenas a la brasa del segundo. Este desplante se le hace insoportable a Caín, que no es precisamente un tipo razonable.

Así que Caín le dice a Abel: Vamos fuera. Lo cual no hace sospechar a Abel, que o bien estaba muy acostumbrado a la brusquedad de su hermano o era algo lento de entendederas. Una vez fuera (de la vista de Dios) Caín lo mata, pero el jardín del Edén sólo está acostumbrado a la sangre de cordero por lo que la humana enciende la alarma divina. Entendemos que Caín sólo tiene tiempo de enterrar el cadáver y de liarse un cigarillo de tabaco de su propia cosecha para calmar los nervios antes de que aparezca Dios.

Y Jehová dijo a Caín: -¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: -No lo sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?

Entendamos el contexto: Caín es el primer hombre que mata a otro de la historia, para colmo su hermano, y le suelta eso a la cara a Dios. Como hemos visto era bastante frecuente encontrarse con dioses en aquella época. Algunos se postran, otros les insultan, otros hasta les atacan. Pero Caín es el único que vacila a un dios. Con su comentario final sólo nos lo podemos imaginar encogiéndose de hombros mientras escupe la primera colilla del primer Marlboro y la aplasta con la primera Doc Martin de la historia.

Además, visto que el castigo para Caín consiste en el exilio, una marca para que nadie pueda herirle y una nueva familia con la que inventará la escritura, la metalurgia y a la larga la civilización, sólo podemos concluir que en el fondo Dios tampoco soportaba a Abel.

Foto | Slate En Papel en Blanco | ¡Esto es Esparta! Nuevos lenguajes de la épica

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