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Los clichés en literatura (y II)

Los clichés en literatura (y II)
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“El cielo parece estar en llamas a la puesta del sol.”

Esa imagen, aunque empleada con frecuencia, es totalmente acertada. ¿No son los clichés buenas ideas que han terminado por ser lógicamente populares? El problema estriba en que si ésta es la imagen que siempre escribimos o leemos sobre el atardecer, da la impresión de que ya nada nuevo se pueda decir sobre el atardecer. Si la literatura se conformara con adoptar una buena idea para siempre, entonces la literatura se estancaría. Y el arte paralizado o repetitivo no es arte sino la cadena de montaje de una fábrica.

Cualquier cosa que se exprese nunca debe ser la última cosa que se pueda decir, agotando así para siempre los infinitos cauces de la originalidad.

Un símil nuevo y original tendrá sus virtudes y defectos, pero será una genuina impresión del autor, una forma más honda y honesta de transmitir lo que verdaderamente siente. Mejorar las imágenes ya dichas (hasta que la nuestra, paradójicamente, se acabe convirtiendo en cliché) constituye una de las misiones del que quiere escribir, huyendo en lo posible de las convenciones. Porque las convenciones ya existen, no es necesario que las volvamos a escribir.

Aunque el deseo de expresarse como los demás es tan tentador… ahorra trabajo, por lo pronto. Y permite, claro, que te lea más gente. Más gente aquejada de la misma pereza que tú.

Marcel Proust lo expresaba así:

Todo escritor está obligado a crear su propio lenguaje, tal como todo violinista está obligado a crear su propia “tonalidad” (…). No quiero decir con esto que me agraden los escritores originales que escriben con incorrecciones. Prefiero, y puede que sea una debilidad, a los que escriben bien. Sin embargo, comienzan a escribir bien solamente con la condición de que sean originales, de que sepan crear su propio lenguaje. La corrección, la perfección de estilo no existen si no es al lado contrario de la originalidad, después de haber pasado por todas las faltas, y no a su lado. A este lado –“discreta emoción”, “bondad natura sonriente”, “el más abominable de los años pasados”- no existen. La única forma de defender el lenguaje, madame Straus, es atacarlo.

Pero en fin, que cada palo aguante su vela (ahí va otro cliché), Pablo Cohelo puede seguir escribiendo descafeinado y soso y cogiéndosela con papel de fumar, como también puede seguir apareciendo en la tele, vocinglera y rural, Belén Esteban. El abajo firmante (y ahí va otro), sin embargo, seguirá aplaudiendo a quienes transitan caminos que aún no conocía. Porque les leen menos personas. Porque lo que lea mucha gente yo ya lo he leído, probablemente. Y lo que a la mayoría de gente le gustaría leer de mí ya lo he escrito, cuando tenía veinte tacos de almanaque.

¿Por qué no te haces ladrón de bancos? Ganarías más dinero, tronco.

Más información | La guerra contra el cliché, de Martin Amis

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