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Los libros que me enseñaron a mirar

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En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marinero, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir, dijo Arturo Pérez-Reverte.

Los libros, entre otras cosas, te enseñan a ser buen marinero. Los libros son como mapas. Los libros son como lupas, monóculos, antiparras, microscopios, telescopios e incluso estetoscopios. A pesar de su forma paralelepípeda son todo eso. Formas de mirar.

No lo sé con seguridad. Al menos, me gustaría creer que es así. Hablo de mis libros. De que me han enseñado a mirar, de algún modo. Como si mirara las cosas a través de una lupa holmesiana. O un microscopio einsteiniano. O incluso un telescopio galileoliano.

Como si mirara a través de un aparato de rayos X. Que nunca se queda en la superficie de las cosas.

Puede que el don me viniera de serie, sí, codificado genéticamente, pero al contemplar mis anaqueles de libros, de pasadizos a otros mundos llenos de personas, situaciones y reflexiones, creo que hay algo que debo de haber adquirido después de tantos días, meses y años.

A veces, sin embargo, se infiltra la sospecha de que no estamos en un mundo para personas con gafotas de pasta sobre la nariz y libros bajo el brazo. O que ver tanto es nocivo: acaso la lucidez sea una forma de vulnerabilidad que te deja deslumbrado, mesmeriado, expuesto a la infelicidad, la barbarie y el frío desolador de ahí afuera. Como si los libros te condenaran al ostracismo porque te han permitido comer de la manzana prohibida. O algo así.

Otras veces, afortunadamente, sé que mirar también te permite disfrutar más intensamente de las cosas que suelen pasar desapercibidas para la mayoría, de nimiedades espectaculares, de la épica de lo cotidiano. Saber mirar lo próximo, pero también lo lejano.

Por eso, los que no saben mirar se dirigen como borregos al redil del chiringuito en una playa atestada de cuerpos tostados al sol con el último éxito de Georgie Dan resonando en la radio. Porque no tienen ni repajolera idea de que hay alternativas. Ni tampoco necesitan tenerla. Por eso existen las discotecas. Y todas están llenísimas los fines de semana. Por eso, también, existe Pablo Coelho y se vende a cascoporro.

Saber mirar te permite apartarte de los caminos mil veces transitados por los demás con la misma naturalidad con la que periódicamente te zambulles en los nuevos mundos que se esconden tras las cubiertas de los libros. La práctica, ya se sabe.

Hoy apenas me quedan anaqueles en casa (mudanzas, conversión tecnológica, acumulación peligrosa de polvo, la misma necesidad de buscar alternativas que se salgan de la norma), pero aún recuerdo los más de mil lomos que se divisaban desde mi cama, como un carrusel de colores y títulos que, en un golpe de ojo, historiaban mi equipaje mental.

Libros perdidos (que no olvidados) que me han enseñado a sufrir de formas más intensas y retorcidas, hasta el punto de que uno ya no teme a las trompetas del Juicio; incluso las ha invocado, no sin antes pasar por las armas a quien yo me sé.

También esos libros me borraron la expresión cenutria de la cara, y me desvelaron facetas de la felicidad y la plenitud que trascienden la del simple brinco de discotequi o la del rebuzno bakala. A carcajearme de esa forma un tanto locuela, a veces, y otras de una manera que parece que no estoy riendo. Pero me río. De vosotros y de mi. Aquí no se salva ni el apuntador.

Porque los libros pueden servir, a veces, para ser más conscientes de la impostura propia y ajena. Y ser gilipollas sabiendo que lo eres te libera de muchas ataduras. Por ejemplo: te permite jugar sabiendo las reglas del juego; y saber dónde te encuentras en el momento de morir.

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